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Eres racista, y lo sabes

El otro día, en un campo de fútbol español de Primera División se lanzaron gritos vejatorios contra un jugador de raza negra. Me pregunto qué estamos haciendo mal, qué genera algo así, cómo es posible que todavía estemos en el paleolítico en cuestiones como estas.

Lo que sucedió fue lo siguiente. El pasado domingo, un sector del público presente en el estadio de El Molinón, en Gijón, comenzó a gritar “¡Uh, uh, uh!”, simulando el chillido de los monos, cuando Iñaki Williams del Athtletic de Bilbao tocaba el balón. El árbitro detuvo el partido, levantó acta y el comité de competición amenaza con sancionar al club.

Parece como si no hubiéramos evolucionado, como si no hubiéramos pasado lo que hemos pasado. Me resulta inconcebible que en pleno siglo XXI, en un país supuestamente culto y desarrollado, pasen cosas como esta.

Pero mi mayor temor es que no estemos ante un caso aislado, protagonizado por dos pirados analfabetos, sino ante algo más grave. Lo temo por otras cosas que están pasando.

Hablo por ejemplo de la polémica del burkini, sobre la que ya me he expresado. Algunos argumentos que se están empleando estos días en Francia para justificar la prohibición del bañador largo son racistas y xenófobos.

Me refiero también al ascenso de partidos radicales como el Frente Nacional, de Marine Le Pen, en Francia; el UKIP, de Nigel Farage, en Reino Unido; Aurora Dorada, en Grecia; o el partido de los Auténticos Finlandeses en los países nórdicos. Todos coinciden en ser beligerantes con la inmigración, también la legal.

En muchos casos se utilizan razonamientos demagógicos y llenos de prejuicios: el extranjero quita trabajo a los nacionales, porque están dispuestos a realizarlo por un salario menor; con menos inmigración disminuirá la criminalidad y el paro...

Todo esto es muy viejo. Tradicionalmente el racismo se ha construido sobre dos lógicas fundamentales: la desigualdad y la diferencia. Se pueden presentar separadas, aunque lo normal es que lo hagan mezcladas en mayor o menor grado.

La lógica de la desigualdad se manifiesta en minusvalorar a un grupo al que se considera inferior. La otra lógica, la de la diferencia, lleva a la concentración y exclusión de una comunidad. Esto se manifiesta en el rechazo de otros grupos culturales en nombre de la defensa de la propia nación. Y aparece reforzado con teorías sobre la superioridad de unas razas respecto a otras.

Se trata, insisto, de un problema de fondo, que no se va a resolver con dos actuaciones de marketing o maquillaje.

No creo por ejemplo en esa estrategia seguida desde hace unos años en algunos estadios europeos: el llamado “fan coaching”. Creo que la iniciativa la puso en marcha en Bélgica el Standard de Lieja.

El programa, que ha sido reproducido en varios países, enfatiza la importancia de respetar al adversario y a los jueces, y de aceptar la derrota sin violencia. Participan en él tanto futbolistas de alto nivel como hooligans reformados, que hablan a los jóvenes sobre cómo la violencia lleva automáticamente a causar heridas o sufrirlas, además de la apertura de expedientes criminales.

Insisto. No me parece suficiente. El racismo y la xenofobia están arraigando en el alma de muchos españoles. No es algo que se arregle con un par de ajustes de chapa y pintura.

Más en twitter: @javierfumero


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Javier Fumero

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