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La guindilla

Aquilino Polaino o cómo la dictadura de lo políticamente correcto puede impedir a los científicos expresarse con libertad

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Un sector de la izquierda no deja de incidir en el asunto: que si vamos a crear un nuevo verbo (“Polainear”) para quien diga “cosas incultas y retrógradas movido por una honda nostalgia del Jurásico”; que si el IV Reich encabezado por un psiquiatra español; que si un Zerolo sin argumentos de ciencia refiriéndose a un personaje del siglo XIX… Basta.

Un sector de la izquierda no deja de incidir en el asunto: que si vamos a crear un nuevo verbo (“Polainear”) para quien diga “cosas incultas y retrógradas movido por una honda nostalgia del Jurásico”; que si el IV Reich encabezado por un psiquiatra español; que si un Zerolo sin argumentos de ciencia refiriéndose a un personaje del siglo XIX… Basta. Desde aquí se aportan algunos datos, curiosamente silenciados, que permiten entrar al debate con más conocimiento de causa: La Asociación Americana de Psiquiatría eliminó la homosexualidad de su lista de patologías en 1973 pero no lo hizo de una forma absoluta, sino tras una discusión muy acalorada que concluyó con una solución salomónica: seguir considerando como patológica la homosexualidad egodistónica (cuando el sujeto no se siente bien con sus inclinaciones homosexuales). Más todavía: quien entonces era presidente de la citada asociación psiquiátrica, Robert Spitzer, ha modificado su posicionamiento a lo largo de estos años, hasta el punto de que en 2001, planteó a la misma Asociación de la que ya había dejado de ser presidente, volver a incluir la homosexualidad como neurosis psicosexual. Apoyando esta petición, Spitzer presentó un estudio sobre 200 casos de homosexuales, en el que se demostraba que tras aplicar una psicoterapia de sanación de las heridas psicológicas sufridas en su infancia y pubertad, el 60 % de ellos habían cambiado la condición homosexual por la heterosexual. De esta forma, ha resultado que uno de los más firmes defensores de la revolución gay, no solamente ha cambiado de opinión, sino que ofrece un privilegiado testimonio a quien quiera oírle (concretamente, en http://www.narth.com/docs/spitzer3.html) referente a las presiones que se ejercieron en 1973 para obtener de la Asociación Americana de Psiquiatría la mencionada modificación. Ante el linchamiento “ad hominem” del doctor Polaino, lo mínimo es esperar que quien discrepe deje de jugar a las simples descalificaciones y argumente. Guindilla picante a los huidizos discutidores.