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La voz del lector

Carta a Elisabeth

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Mi pequeña niña austriaca, ¿dónde te escondían, callada, inadvertida?

¿Pasó el frío? ¿Pasará algún día? Me siento una mancha, una intrusa, leyendo sin querer tus titulares. (Esos que ni siquiera elegiste ocupar, esas letras fatales, que parecen hacer eco a tu desgracia, porque nadie nunca te dejó elegir).

Y mis ojos se rebelan, se empaña mi mirada, para que vea tu noticia como lo que es: un cristal borroso del mundo. Estás por todas partes, y a la vez no estás, (esas hojas de papel delgadito jamás podrán siquiera rozar tu fondo). Además es mucho más suculento tu verdugo, esa bestia absurda, casi sin mirada, (cómo nos gusta su fango). Así, nosotros mismos nos admiramos, ilusos, en el espejo, y no nos parecemos tan sucios.

Mi pequeña niña austriaca, no sientas asco, ni tristeza. He vivido dos años menos que tú, pero creo que no me equivoco si te digo que los que damos asco somos nosotros. Mira a tus hijos, cántales, reza con ellos, protege su inocencia para siempre, nadie sabrá hacerlo como tú.

Dime, pequeña niña austriaca ¿te dejarán vivir en paz? ¿Cuántas niñas como tú tendrán que abandonarse al vértigo? ¿Cómo de mugrientos tienen que ser los titulares para que acaben nuestros sesos hechos trizas, o derretidos del todo? ¿Cuántas infancias robadas hacen falta para que nos demos cuenta de que la bestia está en nosotros?