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Chiringuitos carpetovetónicos

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Un apunte sobre el retraso tecnológico: el todopoderoso monopolio de Telefónica que elude la más mínima forma de competencia con el beneplácito administrativo. Un sitio de veraneo alcanza la categoría de semicivilizado cuando se instala la segunda peluquería de señoras, a menos de 3 kilómetros a la redonda. Eso ha sucedido en Mil Palmeras (Pilar de la Horadada, Alicante) tras 18 años de expansión sostenida. Ese leve vestigio de competencia dignifica toda la actividad turística y comercial en una zona con millares habitantes de hecho durante los meses estivales. Resulta encomiable el afán de unas jóvenes que arriesgan su capital en alquilar un local céntrico para satisfacer una demanda existente, pero desatendida. El dinamismo de una microempresa que entra a competir con su rival establecida es el contraejemplo del mercado de las telecomunicaciones en manos de un monopolio absoluto en lo que se refiere a la línea básica de telefonía. Aquí podemos elegir la peluquería, pero Telefónica abusa de su exclusividad. Tratar de conectarse a Internet exige pasar bajo las horcas caudinas del exclusivista. Telefónica exige pagar todo el año el teléfono fijo a menos que sea también suya tu línea habitual, ésa que finalmente lograste redimir. Además factura por motivos inauditos, tal como el número de conectores internos de los que dispongas. Algo así como si el proveedor de agua, además de por la toma y el consumo, gravase el número de grifos disponibles, información que dispone Telefónica sólo porque ya cobró los enchufes en una primera instalación. Un ejemplo real: tras acudir a una "oferta" de alta y cuotas gratis en marzo, al llegar en julio la línea estaba cortada porque se debía 150 ? de gastos de conexión. Dado que es inútil discutir con un monopolio que campa sin control político, sólo cabe pagar sin rechistar en su único banco (Banesto), el único que permite que tengas línea antes de que se acabe el veraneo, por los generosos plazos que se autoatribuyen: una semana para revisar la reclamación (que no han contestado tras 20 días), otra para darse aviso a sus técnicos. Luego viene la batalla del proveedor de Internet. Me quedaba probar con Ya.com en el oligopolio levemente liberalizado. Con un mes de antelación solicito el router wifi y la máxima velocidad posible sin compromiso de permanencia. Total, un ADSL a 512 Kb. Dichosamente el router lo entrega un mensajero con sólo 3 llamadas a móvil, algún despiste y una semana de retraso sobre el mes de plazo. Pero la central, es decir Telefónica, no lo ha conectado. Al final, en 3 días adicionales lo acopla y, por dos felices días, navego a 420 Kb. Luego, coincidiendo con una tormenta la velocidad baja a 80 Kb., e inmediatamente a 50 Kb. Menos de la décima parte de lo contratado, pero la factura de 72 ? por un mes no se ve rebajada en esa proporción. Las llamadas al centro de asistencia no surten ningún efecto, que si son las líneasde Telefónica, que si mida la velocidad y llámenos mañana,... Sólo queda para perder los nervios escuchar la próxima regañina por el retraso tecnológico que el Gobierno de turno dirija a. la ciudadanía. Ahora trataré de enviar esta carta por e-mail, pero si se resiste esta línea tercermundista, a velocidad de módem, creo que iré a cortarme el pelo en alguno de los establecimientos que sí se ven obligados a competir. Ojalá Telefónica recordase lo que le pasó a SEAT, tras décadas de imponer su yugo. Muchos usuarios sólo esperamos cualquier alternativa que nos independice del último monopolio que se carcajea no ya del gobierno español, sino de las más elementales normas europeas de libre mercado.