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Deuda histórica

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Nos resulta familiar hace ya algún tiempo oír sin extrañeza el enunciado “Deuda histórica” utilizado sin recato por los políticos desde los nacionalismos sobre todo (a veces también desde algunos regionalismos e izquierdismos perpetuos), cuyo significado todavía muchos españoles no acertamos a comprender bien:  deuda con Galicia, con Cataluña, con Vascongadas; con tal o cual comarca, con tal o cual región; con aquel partido o sindicato, con tales o cuales muertos (nada en contra de esto último, pero que los hubo en todas las familias y de todos colores, y si hay que recuperar recuperemos a todos que a todos se les debe llorar en su inocencia o sacrificio sin clasificación o calificación previa) etc, etc.

 

Se dice, no obstante, de ello sin ponerle coto, sin saber de tiempos históricos ni de topes si es que los hubiere para su prescripción. Sobre todo nadie cita quien es el deudor específico de la susodicha hipoteca. Se supone que el conjunto del estado, que sería, como si dijéramos, una responsabilidad de pago subsidiaria asumida por el hecho mismo de ser éste el todo estructural de la nación. Pero se me ocurre que existe una insinuación subrepticia sobre lo debido que se percibe desde los sitios en los que no se cuestiona nunca la idea de España como unidad, y así: ¿esa deuda sería de Madrid, de Extremadura, de Castilla, de Andalucía..?; mas aún: ¿ no se podría pensar también, por otro lado, y en ocasiones, que es una deuda que se les imputa sugerentemente tan solo a aquellos a los que “se les piensa culpables” de vencer en una contienda tristemente civil.

 

Porque lo que esta claro es que nadie explica quienes son los contrayentes históricos concretos de la reclamada deuda. Nadie se da especialmente por aludido. Si acaso alguno se pregunta ¿por qué? La cosa hasta se cuantifica (en la Galicia de los pírricos triunfos). Y en este punto pues de inquietud por su vencimiento sine die uno se cuestiona que, puestos a reclamar agravios e impagos intemporales, todos, en este rebolutum español devoto de “Frascuelo y de María”, podemos reclamar algo al otro. Los atropellos de la dictadura “ algo lejana” del general franco para con las autonomías agraviadas, que hoy litigan por sus derechos, tiene  su parangón en otros igualmente cometidos, “por ni se sabe quien”, con algunas otras regiones secularmente deprimidas; que por tal hecho, son las que mas fácilmente aportaron mano de obra barata, a veces en condiciones precarias, con sus migraciones; o, en otras circunstancias y para otras empresas, con sus levas y conquistadores, “siempre para  beneficio general” de lo conocido centenariamente por el nombre de España. Las revoluciones industriales y los progresos de Cataluña y Vascongadas no se conciben sin el concurso, en condiciones de miseria y penosidad por generaciones, de braceros manchegos, murcianos, extremeños, andaluces, castellanos, etc.  “Parias” que en busca de su justo pan dejaron tierras y hogares y poblaron los suburbios de las incipientes grandes urbes del final del XIX y de casi todo el XX.  Y no cabe duda de que esto sea igualmente cuantificable si toca reivindicar impagos históricos.

 

Desde este rincón de la España del poniente sabemos mucho de los ingratos silencios de la historia para con nosotros, esos que nos han abocado, para nuestro perjuicio, a cuasi endémicas resignaciones y conformidades, y a darnos por satisfechos tan solo con disponer de  lo más básico y primario, sin reclamaciones hasta ahora de igualdad de trato con el resto de nuestro país.