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Murallas defensivas y necesarias

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La controvertida iniciativa de los Estados Unidos de construir una muralla de cemento en su frontera con México para cortar el flujo de inmigrantes ilegales, se le ha sumado otra muy parecida en China.

La controvertida iniciativa de los Estados Unidos de construir una muralla de cemento en su frontera con México para cortar el flujo de inmigrantes ilegales, se le ha sumado otra muy parecida en China. Es la que se construye aceleradamente para sellar lo más herméticamente posible la línea divisoria con Corea del Norte. Se trata, en este caso, de un imponente muro rodeado de alambradas de unos 1400 kilómetros de extensión, que sigue el curso de los ríos Yalu y Tumen, que separan a ambos países.   Ocurre que los ciudadanos norcoreanos -como también ocurre con los cubanos- procuran escapar de la dictadura comunista del modo que sea posible y asumiendo todos los riesgos. Porque los presuntos paraísos de Fidel Castro o Kim Jong no son tales, sino territorios donde las libertades personales y los derechos humanos han desaparecido. En ambos casos, el ansia de vivir en libertad y con un mínimo de dignidad impulsa, una y otra vez, a decenas de miles de personas a intentar evadirse y la frontera china surge como una de las opciones.   Cuando la crisis provocada por el reciente ensayo nuclear de Corea del Norte, que interrumpió casi una década de moratoria de hecho, sugiere la probabilidad de un incidente militar de proporciones, China desempolvó un proyecto de tres años de antigüedad y lo puso aceleradamente en ejecución. Porque seguramente recuerda cómo a mediados de los 90 varias hambrunas sucesivas (que provocaron la muerte de unos dos millones de norcoreanos) pusieron fuerte presión sobre la frontera común, cuando los habitantes de Corea del Norte procuraban escapar en dirección a China para sobrevivir.   El año último unos nueve mil norcoreanos arriesgaron sus vidas y escaparon de su país, vía China. Para ello sobornaron a los guardias fronterizos y se aventuraron a atravesar esa nación y Laos, para terminar su huida en Corea del Sur o en Tailandia. Además de coraje, el intento hacia la vida en libertad costaría, aparentemente, unos diez mil dólares. La recompensa, no obstante, es siempre tentadora: salir de un país aislado, en el cual un régimen autoritario (al que el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, se acerca intensamente) actúa como el dueño de todo, incluso de las vidas de sus habitantes.