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Política desde la escuela

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La escuela y la política coinciden en su objetivo primordial: Ambas deben crear y formar ciudadanos.

Con frecuencia se escuchan quejas de que la mayoría de nuestra juventud es crecientemente apolítica y que, en ocasiones, su comportamiento social se manifiesta inmaduro e irresponsable. Lamentablemente vemos actitudes y conductas deleznables por parte de algunos jóvenes, lo que puede llevar a suponer un fracaso educativo en valores de convivencia, que evidenciaría una escasa preparación para mejorar la democracia y la participación en nuestra sociedad futura.

Sin entrar en el debate polémico sobre la oportunidad de una asignatura obligatoria como la prevista “Educación para la Ciudadanía”, cabe sugerir metodologías probadas que, más eficazmente que por contenidos, trasmitan mediante el ejemplo y la vivencia en qué consiste la política. Como los adultos aprendemos en la comunidad de vecinos a elegir al presidente por un año, desde edades tempranas de la enseñanza primaria puede procederse a la elección de representantes dentro de cada clase.

Atribuyéndose funciones propias de cada edad, como el cuidado del aula o la delegación en foros superiores como el Consejo Escolar, los escolares aprenden y viven las bases de la democracia. La persona designada lo es sólo temporalmente, sólo para encarnar el sentir de la clase y su labor no es de mando, sino de servicio al colectivo que representa.

Deberíamos reconocer y revalorizar la figura del Delegado de grupo, y de los representantes del alumnado en los OMR (Órganos Máximos de Representación escolar). Para ello, dignifiquemos al máximo el proceso y los resultados de las votaciones internas por grupo y por centro de sus respectivos delegados. Para ello, se podría definir una campaña de presentación de candidaturas y un modelo de campaña electoral como inicio a la participación democrática.

Nos interesa a todos que nuestra escuela sea un aprendizaje efectivo de la vida, que incluye una componente política. Además sabemos que no se puede estudiar separadamente ética y política, a menos que se pretenda no llegar a comprender nunca ni una, ni otra.

La política, como los idiomas o la música, conviene empezar a practicarla en edad temprana, aunque sin confundir la familia o la escuela como organizaciones entre iguales. Los padres y los hijos, los profesores y los alumnos, no tienen las mismas responsabilidades. Pero los alumnos entre sí, sí son iguales y nadie puede imponer su criterio a otros.

Elegir a los delegados de clase es una excelente primera lección de democracia. No olvidemos que la política es la historia que se está haciendo (o deshaciendo), y los menores al acudir a clase y elegir a quienes les representen también están escribiendo su futuro, que es el de todos nosotros.

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