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La masonería deshumanizadora del Ejecutivo

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Ricardo de la Cierva afirma en su libro ZP, tres años de gobierno masónico, que es segura la pertenencia de María Teresa Fernández de la Vega a la masonería, asociación cuyo fin último es arrancar a la Iglesia y la Religión de la sociedad, además de mostrarse radicalmente hostil a la idea de España por fomentar una visión cristiana de la vida pública.

En opinión de Ricardo De la Cierva, existe una masonería secreta, con extraordinario poder, y que postula a Zapatero como su mejor candidato para las próximas elecciones. Creo yo que el cardenal Cañizares es quien más y mejor ha denunciado el neopaganismo ilustrado del Ejecutivo, el laicismo beligerante que entona en cada una de la promulgación de sus leyes, y que no hace sino producir la deshumanización y la deconstrucción moral de la comunidad.

Si el clericalismo paraliza el diálogo con el mundo, olvidando los medios humanos para su perfección, el laicismo lo que hace es ignorar el origen y destino del mundo y del hombre. Pensar que se puede construir una sociedad humana sólo con medios humanos, sin contar con Dios, origina un evidente desprecio de la dignidad del hombre. 

Una valoración objetiva de las actuaciones recientes del Ejecutivo nos lleva a considerar herida de muerte a la auténtica familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer; una deslealtad sin precedentes en la historia, y perversa cuando después, como dicen que hizo el perro de San Roque, se intenta lamer las llagas producidas ofreciendo un tratamiento de cura por valor de dos mil quinientos euros. 

Esta deslealtad manifiesta escandaliza al cardenal Cañizares, quien en su última entrevista en México lamenta que el presidente del Gobierno se atreva a decir que "ellos apuestan por la familia, que la familia está mejor que nunca y la van a mejorar más, al tiempo que permiten que el matrimonio entre un hombre y una mujer desaparezca del Código Civil". 

Estamos asistiendo en la sociedad española a una polarización de la vida política y cultural en dos posiciones -católica y laicista-, peligrosamente enfrentadas en el plano teórico y práctico. Las fuerzas políticas encaminadas al laicismo, fuerzas masónicas y anticristianas presentes en el Ejecutivo (y en miembros de otros partidos políticos) que aspiran a transformar la mentalidad de la sociedad, dificultan el diálogo entre el Estado y la Iglesia. Por su parte, la misma Iglesia vive en su seno posturas y visiones claramente opuestas, incapaces hasta la fecha de unificar la acción pública y de llevarnos a sentir siquiera la comunión en el seno de la Iglesia.  

Las leyes puestas en marcha por el Ejecutivo, así como el nombramiento de ciertos ministros, van encaminadas a crear más tensiones y a no asegurar la tranquilidad temporal de la sociedad y la justicia a que debe aspirar cualquier promulgación de la ley. Afortunadamente, la ley no garantiza la moralidad auténtica, ni lleva precisamente a la mejora ni perfección del hombre ni de la sociedad.            

Cuando Dios no significa nada en el horizonte del proceder mundano y de las elecciones en que se expresa nuestra voluntad; cuando la fe es un concepto sin contenido en la sociedad, incapaz de crear una praxis concreta, con unos comportamientos determinados; cuando sólo la razón, el consenso y la decisión asumen un valor absoluto en el concierto público, la situación interior y cultural del hombre languidece, y se experimenta la tentación de hacer una ley a la medida del hombre que sustituya a la ley escrita en el corazón.