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Tribuna libre

El silencio

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El silencio también permite la reflexión, el conocimiento propio, el trabajo intelectual, o algo tan simple como disfrutar de una buena lectura. Y en lo puramente biológico, el silencio permite divertidas actividades humanas.

El silencio es una bendición. Pero una bendición cada vez más difícil de encontrar. Nuestras ciudades son monstruos ruidosos. Pero su ruido no resulta tan molesto como el estruendo que arma la mala educación. Tres tipos hablando riendo a carcajadas y pegando gritos en los pasillos de un hospital me resultan más cargantes que todas las máquinas de una ciudad juntas, en funcionamiento, y apoyadas al otro lado de la puerta de mi habitación. Dicen que los españoles hablamos demasiado alto. Es una verdad a medias. Lo que sucede es que hablamos demasiado, a secas.

Deberíamos pensar sobre el silencio más a menudo. Cada minuto que pasamos escupiendo palabras, es un minuto menos de reflexión. Cuanto más hablamos, menos pensamos con serenidad en lo que estamos diciendo. Por eso hay gente que consigue decir cada día tonterías más grandes. No me refiero sólo a los políticos. No crean que es sencillo soltar cada día una más gorda. Hay charlatanes con talento. Pero al margen del contenido de nuestras conversaciones, lo preocupante no es tanto lo que decimos, sino lo que no callamos. Hablamos mucho, hablamos demasiado, hablamos todo el día.

Hay gente incapaz de enfrentarse al silencio, porque necesita vivir entre el ruido para evitar el temor de asomarse a su abismo interior. El siglo que vivimos es así. Hay miles de personas corriendo demasiado para nada, para no alcanzar nada realmente importante. Viajando de rutina en rutina. Gente incapaz de comprender el bien preciado que supone el silencio. Están por todas partes. Se sienten más seguros entre el ruido, viviendo como gallos en un corral.

Desconocen estos pollos que cuando uno cierra el pico se sitúa ante la oportunidad de escuchar. Práctica que utilizaban los antiguos homínidos que poblaban la península, que fue desapareciendo a lo largo y ancho de la historia, y que cayó en total desuso con la última revolución tecnológica. Lo de las redes sociales ha sido la generosa contribución del progreso al gallinero nacional. Antaño, escuchar nos permitía conocer al que tenemos enfrente. No necesariamente para aprender de él, como tantas veces se dice. No necesariamente para enriquecernos, aunque pueda suceder. En realidad, merece la pena escuchar siempre, aunque sólo sea para insultar con mayor fundamento.

El silencio también permite la reflexión, el conocimiento propio, el trabajo intelectual, o algo tan simple como disfrutar de una buena lectura. Y en lo puramente biológico, el silencio permite divertidas actividades humanas como dormir, comer y respirar. Aunque por lo visto en el restaurante de abajo esta semana, cada vez hay más gente capaz de engullir, respirar, beber y hablar al mismo tiempo. La verdad es que contemplarlo es un espectáculo prodigioso. Una experiencia única. Prueben. Acudan al zoo del menú especial de 8 euros a las tres de la tarde y lo disfrutarán en primera fila.

Estoy en la recta final del artículo y no consigo llegar al meollo. Creo que es hora de confesar la verdad. Todo lo escrito en los párrafos anteriores, lo bueno y lo malo, es sólo una terapia de relajación y desahogo, para no partirle el portátil en la cabeza al tipo que tengo en la mesa de al lado desde hace tres horas. Me sé la historia de sus bisabuelos, sus abuelos, tíos y hermanos. Ha comentado todas y cada una de las noticias del Marca. Sé que se enriqueció de joven gracias a sus increíbles habilidades para los negocios. Que veinte años después, en su empresa, él sigue siendo el único que vale algo. Me sé la vida entera de su interlocutora. No porque la haya desvelado ella, sino porque él se ha encargado de contársela a su protagonista, por si se le había olvidado algo. Sé que se considera un tipo amable y amigo de sus amigos. Que se quiere mucho, vamos. Que es buen pagador. Que con él no se juega. Y –esto ya entre gritos y golpes en la mesa- que pone lo que imaginan encima de la mesa, si Puri, Carmencita o Manolete encuentran alguna razón para echarle en cara su actitud y valiente criterio en la actual disputa familiar por la herencia del tío Pochito.

Recuérdenme que no vuelva a escribir en este bar.

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