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Política

Máximo secretismo en el complejo de La Moncloa con las obras que se están realizando en el gran búnker que mandó construir Felipe González en el recinto

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Presidencia de Gobierno está acometiendo reformas en el gran búnker que Felipe González ordenó construir a finales de los años ochenta en el complejo de Moncloa. El secretismo, tanto entonces como ahora, por las obras que se están realizando es máximo.

Poco ha trascendido a la luz pública sobre las características del búnker que existe en el Palacio de la Moncloa y especialmente diseñado para que el Presidente del Gobierno y sus colaboradores más cercanos aborden en su interior situaciones de crisis que afecten a nuestra seguridad nacional. Según ha podido saber El Confidencial Digital, Presidencia está acometiendo en estos momentos algunas reformas en él. El secretismo respecto a estas obras es estricto: el Ejecutivo no quiere que trascienda nada hacia el exterior.

Algunas fuentes de Moncloa aseguran a ECD que se está ampliando el parque de paneles solares que existen en la parte superior del búnker. Estas placas, afirman, se han quedado pequeñas y se está eliminando parte del jardín exterior para añadir más unidades. Otras fuentes advierten que también se está construyendo junto al búnker, en superficie, una especie de pequeño anfiteatro, que podrá albergar algún tipo de acto institucional o privado, y que tendrá cabida para unas cincuenta personas.

Como decimos, Moncloa mantiene un silencio absoluto sobreestas remodelaciones en la zona donde está situado el búnker. Un ‘ocultismo’ que ha existido siempre en lo concerniente a este espacio privado, recuerdan los profesionales del complejo. Y es que el propio Felipe González dio órdenes de que los obreros que se encargaron de levantarlo trabajaran de espaldas para que no pudieran ver lo que albergaba en su interior.

El búnker ha sido visitado por muy pocas personas pero, tal y como informó ECD hace un mes -acceda aquí a la información-, ahora ha llamado la atención de Mariano Rajoy, que contempla utilizarlo como centro neurálgico para responder a catástrofes de alcance nacional si accede a la Presidencia del Gobierno.

Las características del búnker Uno de los pocos privilegiados que han podido acceder al búnker ha sido Alberto Rojas que ha llegado a describir ese espacio cuya construcción comenzó en el año 89 y se terminó a finales de 1991. Utilizado en pocas ocasiones, algunas de las reuniones que se han albergado en su interior han sido con motivo de la guerra de los Balcanes, la tregua de ETA, el Efecto 2000 y los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Rojas asegura que, cuando José María Aznar ganó las elecciones y entró por primera vez en el búnker, quedó sobrecogido con las dimensiones del edificio.

El subterráneo cuenta con una capacidad de 7.500 metros cuadrados. Durante las obras de construcción, los planos fueron vigilados por funcionarios de la presidencia. Todos los trabajadores de Dragados -la empresa adjudicataria-, firmaron un contrato de confidencialidad. Los operarios estaban sometidos a la Ley de Protección de Secretos Oficiales. Oficialmente, las autoridades afirmaron que se estaban construyendo los aparcamientos Puerta de Hierro. Extraoficialmente, González llegó a gastar más de 60 millones de euros en él, asegura Rojas.

El Gobierno adjudicó, además, las obras de electrificación a la compañía CAE, a la que estaba vinculado Francisco Palomino, cuñado de González, por un importe de tres millones de euros. El dinero salió, según declaró entonces el ahora ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, en un 90% de la Dirección General de Patrimonio, y el 10% restante del antiguo Ministerio de Relaciones con las Cortes.

Con tres pisos y una capacidad para 200 personas, el refugio, conocido como proyecto CITA -Centralización de Instalaciones Técnicas Auxiliares-, posee muros de hormigón armado de tres metros de grosor reforzados con acero y titanio. Se cierra herméticamente y está diseñado a prueba de bombas nucleares, terremotos, ‘chernobyles’, aguanta semanas de largo asedio y, por supuesto, resiste ataques con armas químicas. El acceso se encuentra en uno de los edificios administrativos de La Moncloa. De allí parte un pasillo de seguridad dotado de multitud de detectores. Todos los operarios, médicos, guardias y telegrafistas que trabajan en el edificio -unos 40, conocidos como ‘bunkeros’- deben identificarse con una tarjeta personalizada.