Hartura y hartazgo

Varias personas durante los altercados en Torre Pacheco, a 12 de julio de 2025, en Torre Pacheco, Murcia. (Martín C. / Europa Press)

Cierto es que me lo viene pidiendo el cuerpo hace tiempo y, hoy, me lo reclaman estas líneas teñidas de dolor, frustración e incomprensión.

Por otra parte, no es menos cierto que, sobre todo, me lo demanda el hartazgo acumulado por situaciones como la tristemente acontecida al anciano pachequero –que podría ser tu padre o abuelo– la semana pasada o la enésima repetición de otro "caso aislado", como así etiquetan los enterradores de la verdad en una burda manipulación del lenguaje, con tristes protagonistas que, de manera casual, suelen compartir origen.

De ahí, pues, de ese progresivo hartazgo, el resultado: la hartura de asiduos practicantes de la todología con vomitivas y sesgadas interpretaciones en muchos de sus directos y tertulias televisivas, sin perder de vista un pesebre rebosante del condumio y las órdenes de su amo.

Para entender la hipocresía más profunda y falsa de los que se rasgan las vestiduras por lo que se cuece –y reparte– en Torre Pacheco hay que empezar por señalar el origen de unos acontecimientos que han derivado en, como viene pasando en otras capitales y países europeos desde hace años, la comprensible respuesta de ciudadanos cuyos cimientos de seguridad se tambalean al mismo tiempo que crecen desconfianza y miedo en un entorno conocido, el suyo, ese en el que han nacido o crecido, paradójicamente tornado en hostil hasta el punto de, incluso, sentirse extranjeros en su propia tierra, como ocurría en diversas poblaciones suecas a finales de septiembre de 2023 antes de que las autoridades sacaran el ejército a patrullar las calles.

La multiculturalidad y su fallido intento de introducción en el caso que nos ocupa es un fraude desde el momento en el que falta un principio de colaboración o adaptación de una de las partes: el recién llegado o, peor aún, el que no ha hecho nada –salvo beneficiarse de políticas buenistas– desde que pisó nuestro territorio de manera ilegal recientemente o, para más inri, hace años. Haberlos, haylos.

Ni que decir tiene que, para estos últimos, simbiosis y mutualismo son auténticos desconocidos en su vocabulario. No en vano, los "valientes" ejecutores –sin oficio ni beneficio– ya detenidos por su fechoría al anciano no son residentes en la localidad de marras ni, evidentemente, parecen tener arraigo en la misma. Y no es que lo diga yo, sino el censo electoral.

Sin embargo, ya se sabe que para el progre-periodismo, los grupúsculos importados para la siembra de la discordia son los "nazis", no las pobres "víctimas" magrebíes procedentes de un estado, Marruecos, que, para su interés y provecho, se dedica a mecer la cuna de una adormecida parte de la población española incapaz de abrir los ojos ante muestras de "desafío, dominio o supremacismo", como afirma Taleb Alisalem, escritor saharaui nacido en los campamentos de refugiados saharauis.

Y hemos de hacer hincapié en el concepto, de ilegalidad, teniendo en cuenta el modus operandi de acceso inicial a las puertas de esa Europa callada como una puerta ante las masivas irregularidades –además de numerosas corruptelas– que nacen, crecen, se reproducen y...vuelven a nacer a modo de pozo sin fin en lo poco que queda de esta irreconocible y desmoronada España, paciente y sufrido sparring de todo lo que le cae, de todo lo que le echan desde dentro y fuera cual guiñapo que, sin rumbo, merodea las calles.

Lo triste es que no hace falta más que tener dos dedos de frente o tirar de sentido común para confirmar lo evidente aunque algunos hayan preferido obviar cualquiera de esas opciones para sobrevivir en medios subvencionados por una interesada polarización fruto de la discordia.  El procedimiento, muy a nuestro pesar, se ha normalizado con rutas y rutinas –además de apoyos mafiosos en alta mar– que, independientemente de la costa o el momento –ubicación y tiempo–, se han convertido en el pan nuestro de cada día con denominadores comunes como el punto de origen del migrante ilegal, la cada vez más progresiva ausencia de mujeres o adolescentes de verdad, la alarmante e invasora presencia de hombres de edad madura, la permisividad en nuestras fronteras y una sobreexplotación de recursos patrios que debilita nuestro sistema social a pasos agigantados mientras progresivamente socava la moral, ayudas o alternativas de cualquier trabajador nacional o inmigrante regularizado; es decir, el currito de turno que, atónito, no da crédito a tanta muestra de "progreso" cuando trabaja, paga y se cabrea más que en el pasado ante el cúmulo de despropósitos e irregularidades de los gestores y practicantes de la dolce vita hispana.

Como dice el refranero español, "tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe". Y así es, porque la convivencia tiene visos de verse afectada e, incluso, desbordada cuando en ese tercio de los habitantes de Torre Pacheco u otras poblaciones de la propia Murcia, Alicante o Almería aparece una saturación de inmigración irregular con, se mire como se mire, el reflejo y presencia de ilegalidad procedente de, ¡qué casualidad!, el mismo punto de origen a pesar del casi centenar de distintas nacionalidades –97 de acuerdo con las estadísticas– que allí conviven.

Precedentes ha habido en Francia, Alemania, Suecia o Reino Unido y las chispas no van a dejar de saltar una vez que la mecha se haya extendido y su propagación carezca de control, campando a sus anchas con un alarmante déficit de presencia, puntualidad y contundencia de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, esas que, según el "evento" y sus participantes, se han comportado de manera radicalmente opuesta siguiendo las instrucciones de la despiadada voz de la Delegación de Gobierno. Sin ir más lejos, las inmediaciones de Ferraz han sido testigo de ello.

El éxito de toda política migratoria ha de buscar el amparo y colaboración de todas las partes y, si la Unión Europea ha hecho mutis por el foro en cupos o compromisos, España ha de aprender una lección en la que nuestra nación como primera y potencial hospedadora no sea la que sufra los preocupantes síntomas de parasitismo, inseguridad y violencia que nos azotan por el estigma –o cobardía– de no querer nombrar las cosas por su nombre o usar herramientas constitucionales como la deportación inmediata que paulatinamente ha sido casi borrada con sentencias laxas y ajustadas al buenismo imperante.