Por la boca… Liberalismo o socialcomunismo

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente , durante una rueda de prensa tras el Consejo de Ministros, a 29 de julio de 2025, en Madrid. (Eduardo Parra / Europa Press)

Ni derechas ni izquierda que, en todo caso, es una dicotomía que nace de la principal división, entre quienes defienden la libertad individual y quienes quieren para el estado todo el poder de cercenar libertades, coartar iniciativas y mermar derechos.

O sea, liberalismo y socialismo. O, como en el caso de España, socialcomunismo.

Hobbes, Locke o Rousseau, cuando formularon su teoría del contrato social y, aunque desde distintos enfoques, siempre dejaron muy claro que ese contrato entre el individuo y el estado, surgía, se basaba y se desarrollaba, en función de la libertad del ciudadano, que cede parte de esa libertad al propio estado para que organice la vida en común de la sociedad. Y desde los primeros pensadores que formularon y desarrollaron las características de ese contrato, hasta los más recientes -con la lógica excepción de los marxistas siempre han otorgado a la libertad del ser humano el papel esencial que tiene.

La LIBERTAD (con mayúsculas) ni se otorga ni se conquista, la LIBERTAD, es un patrimonio y, si se quiere, un don o un atributo del hombre, intrínseco a su propia naturaleza y algo de su exclusiva propiedad, que nadie puede restar, manipular, cercenar o enajenar, porque el hombre que no es libre pierde toda su esencia.

Precisamente por eso la sociedad y el bien común, están basados en la libertad de cada ser, que cede las parcelas que quiere, al común, para que ese común, pueda organizar la vida colectiva. Y esa cesión de libertades se hace en función y a través de las leyes que todos, libremente, se dan a si mismos, según la fórmula de Alfonso X el Sabio: “Lo que a todos atañe, todos deben decidir”.

Ni derechas ni izquierdas que, en todo caso, es una dicotomía que nace de la principal división, entre quienes defienden la libertad individual y quienes quieren para el estado todo el poder de cercenar libertades, coartar iniciativas y mermar derechos.

O sea, liberalismo y socialismo. O, como en el caso de España, socialcomunismo.

Y en eso está Sánchez que es un “prohibidor” convulsivo, que desde todos los campos y en todas las circunstancias, cercena, con constancia digna de mejor causa, la libertad individual. 

Hoy será el derecho de los padres a educar y formar a sus hijos como les venga en gana; mañana, se cercenará la libertad de los empresarios para gestionar su negocio como mejor lo estimen oportuno; se atacará a la enseñanza privada, ya en universidades o en centros de formación profesional; se reducirán los derechos de los propietarios de pisos, de los conductores a los que se les prohibirá circular solos en su coche; se perseguirá la libertad de información o se intentará mediatizar a los jueces…

Se hurta al individuo su libertad y su derecho a decidir, cómo quiere que transcurra su vida, su formación, su familia, su forma de trabajar, de divertirse o de relacionarse e incluso de hablar, empleando las palabras que le parezcan más apropiadas.

Y Sánchez, se mira en el espejo de una mayoría de escaños y, en el mejor de los casos, en una pretendida democracia a base de papeletas y de mayorías inmorales, de dudoso origen, y dice aquello de: “como mando, prohíbo”.

Naturalmente que la libertad del individuo tiene sus límites, que están bien reflejados en el bien común que Sánchez desprecia, y que se concretan en las leyes; pero las leyes, al igual que la acción del estado, deben favorecer, resguardar y proteger esa libertad y por eso, deben ser, si son justas, cumplidas por todos -entre otros motivos- porque todos se las han dado.

Por eso es tan importante saber cuál es y hasta dónde llega la cesión de libertades que -libremente (valga la redundancia) y sin presiones- el ciudadano ha pactado con el estado, para que las administre en función del bien común y para que, atendiendo al principio de subsidiariedad, complemente las parcelas y las áreas a las que el ciudadano no puede llegar por propia iniciativa

Y ahí es donde intervienen las ideologías que Sánchez -suponiendo que las tenga- pone a contribución en su gestión.

Ideologías, de origen y desarrollo marxista, que inciden directamente en el ciudadano porque, pura y simplemente, atacan sus libertades.

 Y todo bajo la falacia de una pretendida democracia, basada solamente en los resultados de unas votaciones.

No se trata de qué libertades otorga el estado al ciudadano, sino qué parte de sus libertades cede el ciudadano al estado, para que las ponga al servicio del bien común.

Ese es el verdadero contrato social.

La carcajada… Como todo lo que está ocurriendo lo achaca Puente al cambio climático y es tan aficionado incluso a oír la lluvia en sus comparecencias ante el Congreso de los Diputados (“les escucho como el que oye llover”) muchos empiezan a pensar si Puente, e incluso Sánchez, no serán una catástrofe, también consecuencia del cambio climático.