La Europa de los tapones

El presidente de EEUU, Donald Trump.

Los de la Comisión y no digamos nada los parlamentarios europeos, pertenezcan a la formación que pertenezcan, se pasan el ratito, más bien corto, en el que trabajan, dictando normas, poniendo trabas, exigiendo cautelas, defendiendo el medio ambiente, protegiendo la Antártida y legislando a lo tonto para los que tontos -más o menos- los han elegido para que se den la gran vida en Bruselas.

Siempre se dice lo que harían quienes “levantaran la cabeza”. Pero en este caso es difícil aventurar lo que harían los Monnet, Adenauer, De Gasperi, Schuman o Spaak, si resucitaran, con los que viven del cuento en Bruselas y de las prebendas de  Bruselas.

Desde aquella Comunidad Europea del Carbón y del Acero, hasta el más asentado Mercado Común, pasando por las distintas uniones aduaneras, hasta llegar a la “Europa de las Patrias” del General De Gaulle, nunca Europa ha sido menos, ha representado menos y ha decidido menos, en el concierto mundial. La puntilla puede habérsela dado la llegada de Trump con sus locuras proteccionistas o expansionistas -que nunca se sabe- cuando ya estaba más o menos agónica por mor de las políticas de las auténticas potencias y los enfrentamientos con la Rusia de Putin o con la China de Xi Jinping. 

La interlocución, si es que la hay, entre Europa y Trump, entre Europa y Putin y entre Europa y Xi Jinping, es como esas eliminatorias de Copa, a un partido, entre un equipo de campanillas y un tercera división. No hay color. Pero las diferencias son evidentes, porque los jugadores de esos equipos, de categoría inferior, salen al campo ilusionados, con ganas, se dejan la piel, dan de sí todo de lo que pueden y se sienten orgullosos. Además, no viven del fútbol ni de los aficionados, tienen sus trabajos honrados, duros las más de las veces y, tras la jornada laboral, se dedican a hacer deporte.

Todo lo contrario de los políticos que se enchufan y se apoltronan en Europa, no hacen nada o casi nada, se reúnen para nada o para casi nada, redactan directivas que no sirven para nada o para casi nada y además cobran buenos sueldos de los bolsillos de los ciudadanos. Y cuando vienen mal dadas, por una pandemia, una guerra injusta, por una crisis económica o política o por mor de dos dictadores y un aspirante a serlo aunque de forma democrática, su inoperancia se pone de manifiesto de manera alarmante.

Los de la Comisión y no digamos nada los parlamentarios europeos, pertenezcan a la formación que pertenezcan, se pasan el ratito, más bien corto, en el que trabajan, dictando normas, poniendo trabas, exigiendo cautelas, defendiendo el medio ambiente, protegiendo la Antártida y legislando a lo tonto para los -tontos más o menos- que los han elegido les permitan  que se den la gran vida en Bruselas.

Desde las “obispas”, pasando por la protección del lobo, hasta los insecticidas para el los productos agrícolas o las imposiciones de alimentos para los ciudadanos, pasando por las fibras textiles, el papel o los residuos más o menos reciclables, las preocupaciones de dirigentes y parlamentarios son, como mínimo pintorescas y constituyen un índice inequívoco de por dónde y hacia dónde va Europa y la fuerza que puede tener frente a los que pretenden enseñorear el mundo.

Pero el hito que sale de cualquier consideración y que puede marcar un antes y un después en la legislación que de Europa emana para proteger a los ciudadanos es la legislación cobre los tapones en los envases de la leche y otros productos.

Los perjuicios que para la humanidad a corto, medio y largo plazo puede ocasionar un tapón separado del envase son incalculables o, mejor dicho, han sido perfectamente calculados por los legisladores europeos, que con toda diligencia se apresuraron a decretar que, de forma inmediata y mediante los artilugios pertinentes, el tapón debe quedar inseparablemente unido a la totalidad del envase.

Nunca Europa había dado una orden con más sentido común, con más enjundia y sobre todo con más transcendencia para los ciudadanos actuales y para las generaciones futuras.

Que tiemblen, Trump, Putin y Xi Jinping, porque Europa, los políticos europeos, saben lo que hacen y se han puesto manos a la obra para defender los intereses de la Unión frente a lo que sea y en contra de quien sea.

Y el tapón es solamente el principio de una nueva Europa, más fuerte que nunca.

Y ahora, Sánchez, ha decidido que el disfraz para engañar a los españoles es el de “líder europeo” en la oposición a Trump.

Quizás sea oportuno recordar uno de los diálogos emblemáticos de “Casablanca”, cuando Ugarte (Peter Lorre) el golfete desaprensivo, le dice a Rick (Humphrey Bogart:

-“Tú me desprecias ¿verdad Rick?

--Si llegara a pensar en ti, probablemente”.

Sería triste, pero aleccionador, tener que  parafrasear ese diálogo:

-“Tú me desprecias ¿verdad Donald?

-Si llegara a pensar en ti,  probablemente”.

La carcajada… Dicen los de la Comisión Europea, que la Unión protegerá los intereses de los ciudadanos, de los empresarios y de los consumidores, frente a los aranceles, ilegales impuestos por los Estados Unidos.