¿Qué queremos que nuestros hijos saquen de la universidad?
Ya está. Matrícula hecha, correo de confirmación recibido, alojamiento reservado (esperemos… Si no, mal vamos). Después de meses de notas, cálculos, puertas abiertas, visitas, incógnitas, decisiones… empieza la cuenta atrás. Nuestros hijos van a la universidad. Ahora sí. Ya no hay que imaginarlo: va a pasar.
Y con todo decidido, quizá sea buen momento para detenerse un momento -sin agobios- y preguntarnos: ¿qué esperamos, de verdad, de esta etapa?
¿Un título con salidas profesionales? ¿Que hagan amigos? ¿Que piensen por sí mismos? ¿Que se esfuercen, que fallen, que aprendan del error? ¿O simplemente que no se nos queden en casa hasta los 30? Esto último va en broma… Aunque todas las bromas tienen algo de verdad… En fin, cada familia tiene sus propias esperanzas. Y son legítimas.
Hoy me gustaría mirar un poco más allá de los planes de estudio y los créditos. Porque, aunque no lo diga ningún boletín oficial, la universidad es una escuela de vida; y una etapa vital para quien cursa estudios allí. O debería serlo.
Queremos que nuestros hijos salgan bien formados, sí. Pero sobre todo, queremos que salgan siendo mejores personas. Más autónomos. Más responsables. Y con un propósito vital al servicio de la sociedad de la que forman parte. Y eso -digámoslo claro- no depende solo de lo que estudien, sino de dónde y con quién estudien o vivan esos años.
Porque la universidad no se limita al aula. Se aprende en clase, sí. Pero también en los pasillos, en la cocina compartida, en la sala de estudio, en el comedor, en las conversaciones nocturnas, en el respeto por el otro y hasta en el silencio, cuando toca. Por eso importa tanto elegir bien el entorno. No vale cualquier alojamiento.
Seamos serios: no tiene sentido estudiar una carrera exigente, en un campus puntero, y vivir en una casa improvisada, sin horarios ni apoyo, donde se duerme mal y se convive peor. No se puede crecer así. La formación también pasa por el entorno.
Una buena residencia universitaria no es un hostal, ni solo un sitio donde dormir. Es un espacio donde te formas. Donde se crean rutinas sanas. Donde hay acompañamiento, pero también independencia. Donde se crea comunidad. Y eso deja huella.
Por eso, igual que hemos intentado elegir universidad con cabeza, conviene preguntarse si el alojamiento escogido está a la altura. No se trata de lujo ni de postureo. Se trata de que nuestros hijos vivan y convivan estos años en un lugar que les ayude a sacar lo mejor de sí. Que les exija, que les arrope, que les abra horizontes.
No hay máster que enseñe a convivir. Pero hay entornos donde se aprende. Y eso, al final, también forma parte de la educación que queremos darles.
Porque si lo pensamos bien, lo mejor que pueden llevarse de la universidad no es solo un trabajo… es un carácter, un propósito vital… y, con ellos, el deseo de comprometerse y remangarse para construir un mundo mejor.