8M: El declive del circo ideológico de la izquierda radical
Hubo un tiempo en que el 8 de marzo pretendía ser una fecha que unía. Un día de reivindicación -legítima- por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, una lucha que, en países evolucionados, ha dado pasos gigantescos. Sin embargo, lo que una vez fue una causa transversal se ha convertido en un acto político monopolizado por la izquierda radical, que lo ha vaciado de su esencia y ha alejado a una parte cada vez mayor de la sociedad.
El feminismo que luchaba por la igualdad real ha sido secuestrado por quienes han decidido convertirlo en un arma de trincheras. En lugar de buscar consenso y celebrar los logros alcanzados, el 8M se ha transformado en una jornada sectaria, donde las banderas partidistas ondean más alto que los principios de igualdad.
La paradoja es evidente: los mismos que hoy intentan apropiarse del feminismo y dictar quién es “buen” o “mal” feminista son los que esconden casos de abuso y defienden regímenes que pisotean los derechos de las mujeres sin el menor pudor. ¿Cómo se explica que aquellos que organizan marchas con pancartas moradas sean los mismos que cierran los ojos ante casos flagrantes en sus propias filas? ¿Cómo pueden gritar por la igualdad en Occidente mientras justifican o relativizan la misoginia institucionalizada en países que ellos defienden?
Esa incoherencia ha pasado factura. Cada año, el 8M pierde fuerza. Y no porque la igualdad de la mujer no sea una causa justa, sino porque la politización ha alejado a muchas personas que sí creen en la equidad, pero no están dispuestas a participar en un espectáculo ideológico. Han convertido la lucha por la igualdad en un acto identitario, sectario y excluyente.
El problema es que, cuando una causa se contamina de dogmatismo, deja de ser creíble. La gente ya no quiere acudir a manifestaciones donde se les dice qué consignas corear, qué discursos aplaudir y a qué partidos votar. No quieren que les impongan una visión del feminismo que, en lugar de sumar, divide.
La igualdad de derechos entre hombres y mujeres es un objetivo que merece respeto, no instrumentalización. Es un camino que en muchos países ya se ha recorrido en gran medida y que en otros está en proceso, gracias a reformas legales, educativas y culturales. Pero si seguimos dejando que la izquierda radical use el feminismo como su chiringuito ideológico, el 8M seguirá desinflándose hasta quedar reducido a una caricatura de lo que un día fue.
Es hora de recuperar el sentido de la lucha por la igualdad global y de sacarla del agujero político sectario en el que la han metido. La causa lo merece. Y las mujeres también.
Miguel Ángel Rodríguez Caveda es periodista, ganador de tres premios Emmy y presidente de la consultora internacional de comunicación 3AW.