La izquierda reformista europea pierde la posición
Hungría acaba de librarse del autoritarismo de Viktor Orban. Peter Magyar tiene mayoría suficiente para sacar adelante las reformas prometidas, pero temo que pronto suscite la decepción del progresismo. Acabará quizá incluido dentro de esa imagen de internacional reaccionaria, que viene a coincidir en el fondo con el mito del antifascismo, ilusión de propaganda creada en Moscú antes de la segunda guerra mundial: lo mostró documentadamente François Furet en su gran libro El pasado de una ilusión.
El pensamiento dialéctico, tan presente en la cultura occidental desde Hegel y Marx, deriva hacia la confrontación política. Más que convencer sobre los propios planteamientos, diseña un enemigo -no hace falta que sea real-, capaz de justificar todo a sensu contrario. Por paradoja, el progresismo llega a unirse con el neoautoritarismo, una gran corriente que ahoga la libertad en el mundo: su modelo más perfecto es el de China, apoyado -como lamenta Edgar Morin con insólita lucidez en un centenario- no sólo en la policía, sino en la informática: reconocimiento facial, control de las comunicaciones electrónicas.
Con Orban la democracia se desmoronaba en Hungría y se alejaba de la UE. Magyar deberá reconstruir el estado de derecho, recuperar las libertades formales frente al iliberalismo. Me parece requisito esencial, que evita reducir la política a economía, aun sin olvidar las aportaciones esenciales de la economía de mercado al desarrollo de los pueblos. Pero la izquierda ha perdido la oportunidad de ser protagonista en esa reconstrucción, obsesionada por el imperativo de destronar a Orban.
Tal vez no se ha comentado suficientemente que las últimas elecciones húngaras han reflejado otra tendencia, común a varios países de la Europa central: la difuminación de la izquierda. No habrá socialdemócratas en el parlamento húngaro, como tampoco en la República checa ni en Bulgaria. Han pasado a la oposición en Eslovenia, y no llegan al 10% en Polonia. No se debe a su origen más o menos comunista, porque han gobernado, después de la caída del Muro, antes de iniciar el declive.
En la crisis política actual de Francia, los grandes perdedores son, a mi entender, el socialismo reformista y el centro derecha. Durante la V República habían venido protagonizando la alternancia en el poder, dentro del peculiar presidencialismo del país vecino. Tanto el partido socialista, como LR (Los Republicanos), tratan de resurgir ahora con voz propia, como alternativa principal dentro de su campo.
Así, el PS acaba de presentar su proyecto político ante la elección presidencial de 2027: un programa con más de seiscientas medidas sintetizadas en 144 páginas, abiertas a enmiendas de los militantes, para configurar el “nuevo socialismo del siglo XXI”. El proyecto lo pilota el equipo del primer secretario del partido, Olivier Faure. A la vez, Boris Vallaud, presidente del grupo socialista en la Asamblea nacional, ha publicado un libro contra la mercantilización de la economía, en intento de superar planteamientos socialdemócratas.
De momento, a través de los resúmenes de prensa, no veo principios innovadores, capaces de suscitar entusiasmos, ni vías de solución reales a las grandes inquietudes de los ciudadanos. Una vez más ilusionan con fines atractivos, pero silencian los medios que los harán posibles: en concreto, como señalaba un editorial de Le Monde, nada dicen de la financiación de la protección social y del sistema de pensiones en un momento en que Francia pasa por un endeudamiento sin precedentes -más de 3.460.000 millones de euros-, el tercer país de la UE con más deuda.
Por otra parte, las más importantes encuestas electorales confirman una tendencia evidente: un proceso de radicalización de la sociedad francesa, reflejo en parte del sistema político mayoritario con balotaje, mucho menos propicio al diálogo y los compromisos que los sistemas proporcionales. La actual dinámica podría dar la puntilla a la V República si se llega en 2027 a algo impensable no hace muchos años: una final entre los extremismos de Jean-Luc Mélenchon y Jordan Bardella.
La democracia presupone un estilo y una cultura, antes del respeto a los principios del estado de derecho. No basta usar el término de progreso, ni autoproclamarse demócrata para fustigar al enemigo. Porque, como sintetizó Francesc de Carreras, a propósito de una reunión reciente en Barcelona, sigue habiendo “farsantes por la democracia”.