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Política

El Gobierno intenta minimizar las consecuencias del accidente en Afganistán y que no se convierta en otro “Yak 42”

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El Gobierno ha afrontado la muerte de diecisiete militares españoles en Afganistán, al estrellarse el helicóptero en el que viajaban, con la psicosis de intentar minimizarlo y, sobre todo, que no se convierta en otro “Yak 42”. Los movimientos y la campaña que hizo entonces el PSOE pueden ahora volverse contra el Ejecutivo, que se enfrenta a la mayor crisis desde que tomó posesión.

El Gobierno ha afrontado la muerte de diecisiete militares españoles en Afganistán, al estrellarse el helicóptero en el que viajaban, con la psicosis de intentar minimizarlo y, sobre todo, que no se convierta en otro “Yak 42”. Los movimientos y la campaña que hizo entonces el PSOE pueden ahora volverse contra el Ejecutivo, que se enfrenta a la mayor crisis desde que tomó posesión. El presidente, Rodríguez Zapatero, interrumpió sus vacaciones en Lanzarote y se trasladó a La Moncloa, donde ofreció por la tarde una declaración institucional, sin preguntas de los periodistas. Lo mismo hizo el ministro Bono, que desde Denia, donde descansaba, viajó a Madrid en helicóptero (por cierto, utilizó el césped del Bernabéu como improvisado lugar de aterrizaje). El Gobierno se esforzó en tomar enseguida las riendas, con una rueda de prensa del ministro de Defensa a las dos y media de la tarde, en la que, frente a las hipótesis manejadas hasta ese momento de que se trataba de un accidente, apuntó que no descartaba un ataque enemigo (aunque poco después afirmó que la zona no era “hostil” para los españoles). La hipótesis del ataque es más conveniente para los intereses del Ejecutivo, puesto que la opción del accidente asemejaría el siniestro a lo ocurrido con el accidente del ”Yakolev 42”. Bono se entretuvo en explicar con todo detalle cómo se iba a realizar la identificación de los cadáveres, en aplicación de una normativa que él mismo aprobó en el mes de enero para evitar lo sucedido en el “Yak”. Y anunció que esa misma tarde partía para Afganistán. El ministro denominó al contingente español “batallón de apoyo electoral”, repitiendo que están en el país para garantizar el desarrollo de las elecciones del 18 de septiembre, bajo mandato de la ISAF. Las reacciones políticas al suceso no han sido demasiado preocupantes para el Gobierno. Mariano Rajoy anunció que el PP no utilizará este suceso como baza política, y los demás partidos —que aprobaron en el Congreso el envío de tropas- no se mostraron beligerantes, salvo Izquierda Unida. Antonio Romero acusó al presidente y al ministro de tener “las manos manchadas de sangre”. Bono usó uno de los aparatos La delegación que acompañó a Bono en la visita a Afganistán, a principios de agosto, viajó en uno de los helicópteros “Cougar” desplazados allá, incluyendo al ministro, cargos del ministerio, diputados y periodistas. No se conoce con exactitud si fue el que se ha estrellado. Los aparatos pertenecen a las FAMET (Fuerzas Aeromóviles del Ejército de Tierra), que, junto con la Brigada Paracaidista y la Legión, es uno de los tres cuerpos escogidos por la OTAN para formar parte de la Fuerza de Acción Rápida. Se trata de militares muy experimentados, algunos de los cuales han estado en Bosnia, Kosovo, Irak y ahora Afganistán. Los helicópteros se transportan a esos destinos desmontados por piezas, en aviones de transporte Antonov, y se montan de nuevo en el lugar donde van a operar. Los “Cougar” no son aparatos de ataque (como los “Tigre” o los “Apache”), sino de transporte de tropas y apoyo logístico, aunque llevan en la dotación dos artilleros con ametralladoras pesadas. Un problema que tienen las FAMET es que son pocos efectivos, y por eso se encuentran casi permanentemente en misión en el extranjero. Uno de los capitanes destinados en Afganistán se quejó a los periodistas de que siempre son los mismos los que tienen que salir, y que pasan seis meses en España, y los seis siguientes en misiones fuera de nuestras fronteras. Mostró cierto cansancio por esa situación.