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El decano de CC Sociales de la Carlos III envía una prédica a sus profesores para abroncarles, en la línea Narbona, por no ahorrar energía en sus despachos

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Manuel Abellán es el decano de la Facultad de Ciencias Sociales y Jurídicas de la Universidad Carlos III de Madrid, que dirige Gregorio Peces-Barba. Abellán ha enviado personalmente una circular a sus profesores en la que, siguiendo las directrices de la ministra Cristina Narbona, los reprende por el derroche de luz que hacen.

De luces y sombras”. Así se denomina la prédica que ha difundido el decano de Ciencias Sociales de la Carlos III. Un documento al que El Confidencial Digital ha podido tener acceso. Se trata, como decimos, de una reprimenda a los profesores del centro dirigida a “quienes abandonando el despacho, durante horas o de un día para otro, se muestran incapaces de manipular un simple interruptor (de la luz)”.

El estilo del documento es irónico y sarcástico, tal y como demuestra, por ejemplo, la siguiente frase extraída del mismo: “entre los indicadores de calidad que se usan para medir los méritos de nuestra investigación, está ausente el consumo de kilovatios por hora”.

El decano también acusa a sus profesores de mala educación: “quienes no apagan la luz al salir de sus despachos lo hacen por desidia, vicio, mimo o descortesía, condiciones todas ellas de la mala educación”. Abellán pide también: “por favor, que el último en salir apague la luz”.

ECD les ofrece a continuación el texto íntegro del documento firmado por Manuel Abellán Velasco:

“De luces y sombras”

Imaginaba erróneamente este Decano cuando accedió a tal condición que su función, en lo que respecta al estamento docente y al personal y de administración y servicios, era simplemente la de representar con dignidad y orgullo a sus compañeros en los diferentes eventos universitarios y, si acaso, la de mediar entre los naturales y leves conflictos de quienes dedican su vida al ejercicio de la razón y a la búsqueda del conocimiento. Pero la realidad viene a colocarle, como por otra parte le ocurre a todo mortal, en diferente tesitura de la imaginada. Siendo así que, no pocas veces por no decir las más de las veces, uno descubre que entre las vicisitudes de su ejercicio es función primordial actuar de aquello que, en Castilla, siempre se denominó como de estricta gobernanta y en otros lares como de mayordomo inglés.

Ha comprobado este Decano, con cierto grado de estupefacción y superior de disgusto, la nefanda costumbre de muchos de sus compañeros de no apagar la luz cuando abandonan sus despachos. Y no se hace referencia a aquellos breves momentos producto del natural trasiego de su cotidiana labor o a los modestos paréntesis para reponer fuerzas o aliviar el espíritu al solaz de un buen café o similar elemento reparador. Lo cual siendo una falta no dejaría de ser leve, bastando, por tanto, un fugaz comentario y no una seria filípica para corregir tal conducta. Se hace referencia a quienes abandonando el despacho, durante horas o de un día para otro, se muestran incapaces de manipular un simple interruptor.

Elucubrando en las causas de tan enajenada actuación, ha colegido este Decano en dos posibilidades, toda vez que es improbable, a pesar de la declaración de Juan Belmonte de que tiene que haber gente para todo, que alguien crea que el efecto del fluorescente y el flexo sobre los folios y libros aposentados en un tablero de trabajo va a provocar, en la mente de quien los usa, mayores luces; porque, siendo el uso de metáforas entre razón y luz bien conocido, duda este Decano de que exista en nuestra institución alguien dotado de semejante idiocia. Y si lo hubiera, conviene recodarle que ya Séneca afirmó que "nadie llegó a sabio por casualidad", o que la teoría del nacimiento de la vida por generación espontánea fue rebatida definitivamente por Louis Pasteur en 1862. Ante la ausencia, por consiguiente, de quienes creen que la luz eléctrica luces le han de dar, sólo quedan las dos posibilidades apuntadas: la de quienes engañan o pretenden engañar a todas luces y, por último, la de quienes mal iluminados no reparan en la luz y la importancia de apagarla.

A quienes se encuentran en el primer caso, quisiera decirles que si algún iluso ilusión hiciese de que ilusoriamente se pensase que, por el hecho de estar la luz de un despacho encendida, se presupone que alguien debe estar trabajando afanosamente en su interior –repare el lector en las luces de la gramática que, al permitir usar indistintamente hiciera o hiciese, le ha dado la oportunidad a este escribano de realizar una leve aliteración- que, entre los indicadores de calidad que se usan para medir los méritos de nuestra investigación, está ausente el consumo de kilovatios por hora, y que es bien conocida aquella afirmación de Churchill de que "no se puede engañar todo el tiempo a todo el mundo" remedo de aquello que ya dejara escrito el gran maestro Séneca: "todo lo fingido recobra pronto su naturaleza."

La última posibilidad, tiene su raíz en la condición de mal iluminado, o mal educado que es en puridad exactamente lo mismo, de alguno de nuestros docentes. A tal efecto viene a mi memoria un recuerdo de infancia. Siendo este Decano un tierno impúber –les permito esbozar una ligera sonrisa al imaginarme en tal condición- tenía por costumbre acompañar a su padre a realizar compras en una grata, pequeña y modesta papelería cercana a la Universidad. En ella, el dueño, hombre amable y socarrón, hacía siempre el mismo comentario de quienes al abandonar el establecimiento no cerraban la puerta -lo cual en el duro invierno vallisoletano tenía efectos demoledores- "vaya, otro que vive en el Paseo del Prado de Madrid." Tanto reiteró aquella frase el mercader, que aquel infante, que ahora les escribe, aguzado por la curiosidad, indagó de su padre acerca del motivo de que tanta gente del Paseo del Prado de Madrid comprara en tal papelería. Su padre, después de una sonora carcajada, le explicó que aquella frase era una forma sutil de llamar maleducados a quienes no cerraban la puerta, pues sólo aquellos que tenían criados –casi todos los que vivían en el Paseo del Prado de Madrid- podían despreocuparse de no hacerlo, porque ya se encargaría de ello el doméstico servicio.

Habiendo comprobado este Decano que el personal docente no tiene por costumbre comparecer en la sede universitaria acompañado de mayordomo o ayudante de cámara, y superadas, al menos en esta Universidad, aquellas costumbres medievales que obligaban a los ayudantes a hacerse cargo de toda cuestión cotidiana o banal de sus maestros, ha llegado a la conclusión de que quienes no apagan la luz al salir de sus despachos lo hacen por desidia, vicio, mimo o descortesía, condiciones todas ellas de la mala educación. 

No quisiera este Decano incidir en los males que tal conducta acarrea a nuestra Universidad, ni en el desperdicio de recursos que ello supone. Tampoco parece, por obvio, necesario hablar de la irresponsabilidad, insolidaridad y falta de ética que, en un mundo amenazado por el calentamiento global, supone tan mal uso de la energía, o de la hipocresía de quienes claman contra gobiernos y multinacionales por su falta de conciencia ecológica, para luego quitar hierro y considerar nimios sus derroches y atentados contra nuestro natural entorno.

Simplemente se hace una llamada a la reflexión, que es cualidad de la luz, para que iluminemos nuestro pensamiento. La Universidad en la que vivimos es un centro fundado y dedicado al saber y, si como recordaba Cicerón "para el hombre sabio vivir es pensar", vivamos, pensemos e intentemos alcanzar la sabiduría, pues esa fue, en última instancia, nuestra vocación y nuestra elección. Y, por favor, que el último en salir apague la luz.

Manuel Abellán Velasco Decano de la Facultad de Ciencias Sociales y Jurídicas