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PABLO DE LORA es catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid. Entre otras obras, ha publicado ‘Lo sexual es político (y jurídico)’ y ‘El laberinto del género. Sexo, identidad y feminismo’

Pablo de Lora: “Pensar que nacemos machistas es lo más antifeminista”

Apertura De Lora
photo_camera Fotografías: Patricio Sánchez-Jáuregui.

En mitad de una marea legislativamente agresiva, este catedrático de la Autónoma de Madrid le ha dado al stop de lo políticamente correcto, porque no todo lo que luce en un argumentario partidista es justo y sano para una democracia y sus habitantes. Con los recursos de la filosofía y del derecho, De Lora alerta de que los reyes y las reinas del wokismo made in Spain están desnudos y desnudas. Lo hace en sus artículos, en sus libros, en sus columnas, en sus tuits, y allí donde debatir ideas no se entienda como una provocación, sino como un síntoma de libertad sin tumores. Aunque ha investigado sobre cuestiones diversas -constitucionalismo, bioética, el desafío de los derechos humanos o la justicia para los animales- desde hace un tiempo está enfocado en el sexo como arma de guerra en el discurso de la política. Cree que “España es un paraíso en términos de igualdad” y que “sin duda”, se producirá el cambio cultural que “le gusta a una parte de este Gobierno”.  Su propuesta de revolución urgente es “saber vivir como adultos” en un país con acné en el alma del estado de la nación y un pavo jurídico subido que vacila a su Constitución y a sus instituciones.   

Mañana de café en horchatería. El mar está muy lejos de Madrid, pero navegamos mirando a horizontes más o menos estructurales en mitad de este magma líquido social calentito en el que los apóstoles de Bauman montarían una naumaquia gore.

Con el curso ya en lontananza, hemos pedido hora a Pablo de Lora, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid. Creerse contrapoder es agarrarse a la academia políticamente incorrecta para constatar que el sentido común salpica frescura y enriquece el debate, aunque no inunde el mapa de las mayorías.

La politización del sexo está que arde. El relativismo es una orgía. La viruela de los nuevos dogmas se contagia por esporas. La profilaxis está de rebajas. Los orgullos se oyen más que los consensos y la tradición se esfuma por el retrovisor, porque lo moderno es hacer braking news sobre los pilares, que siempre han sido fachas.

Esparto de asfalto en la Villa. Semana de estado de la nación. Las olas superficiales e ideológicas con estractos de desconfianza siguen vomitando esqueletos de esencias de democracia en la playa del Congreso de los Diputados. Intereses ciudadanos varados como ballenas obesas y muertas en las puertas del hemiciclo. Más que rendir cuentas, sus señorías han venido a exponer al sol sus cambalaches sabiendo que la gente ultima sus vacaciones low cost priorizando el aire acondicionado a la televisión.

En el mes en el que las sandías están prohibitivas, destripamos con calma muchos melones abiertos sobre quiénes somos y a dónde nos llevan… Remamos. ¿A contracorriente?

¿Cómo está el clima español para dialogar y debatir ideas?

Depende de donde haya que hablar o debatir ideas. En el Parlamento, que uno pensaría que es el foro privilegiado para debatir ideas, no hay ninguna posibilidad. Está en estado terminal. Es una de las degradaciones institucionales más lacerante, más evidente y más grave. La universidad, y en particular, la universidad pública, sería otro entorno propicio para el diálogo, pero el clima también es difícil. A veces, incluso irrespirable. Existen foros para discutir y debatir en fundaciones y otros lugares de encuentro donde habita una cierta esperanza.

¿Cómo se cura ese ambiente “irrespirable” para el diálogo que observa en la universidad?

La universidad ha tenido momentos en los que la disidencia ha sido o imposible, o muy complicada. Durante cuarenta años había ideas que no se podían ni plantear y la libre opinión podía constarte la cárcel. Otros se han jugado la vida en el País Vasco, como sabemos bien. Muchos han visto rebajada su reputación en la universidad catalana, que condenaba con el ostracismo social. La Universidad debe ser el lugar donde cultivar el matiz y el librepensamiento. Ha habido épocas más luminosas. En los últimos tiempos, con la mal llamada cultura de la cancelación, existen cuestiones que no pueden figurar en la agenda de las discusiones académicas. Eso sucede en la universidad pública de manera particularmente penosa, y no tanto en centros privados, incluso adscritos religiosamente, lo cual no deja de ser llamativo.

 

“La Universidad debe ser el lugar donde cultivar el matiz y el librepensamiento”

¿Cómo llamaría a esa cultura de la cancelación?

Esa expresión es un término mal importado del inglés. Lo llamaría cultura del silenciamiento, de la anulación de la libertad académica. Cancelar hace referencia a que una universidad no convoque o revoque la invitación a una determinada persona por ser quien es, o por el tema que aborda. Por eso no me parece una expresión feliz. Y tampoco me parece feliz llamar a todo “cultura de”.

Leía el otro día que un estudio de la Universidad de Oviedo sobre el terremoto de Lorca de 2011 ha constatado que “los desastres naturales reproducen los estereotipos de género, de forma que los hombres aparecen como protagonistas del salvamento”. Probablemente muchas familias no hayan recibido todavía sus ayudas, mientras la universidad pedalea en un metaverso a 900 kilómetros de distancia.

Es un estudio reciente que leí por morbo y curiosidad, y constituye un ejemplo más de la degeneración académica. En la larga cadena de causas que posibilitan que ese estudio acabe siendo publicado, hay que tener en cuenta que se trata de un proyecto de investigación financiado públicamente -durante el mandato de Mariano Rajoy- y avalado con fondos europeos.

¿Qué temas filosóficos-políticos-sociales-antropológicos le bullen dentro, porque le parecen una locura?

Más que una locura, son temas en los que ando, porque me generan interés para la investigación. Ahora mismo estoy embarcado en un proyecto que espero que sea un libro que se publicará el año que viene, y que tiene que ver con el ideal de los derechos humanos, su uso espurio y su expansión enloquecida. Otro proyecto en el que trabajo tiene que ver con cuestiones relacionadas con la mal llamada memoria democrática.

“Basta leer un tuit de Irene Montero sobre el asunto de Mónica Oltra o el BOE para darse cuenta de que el Ministerio de Igualdad es el rey que está desnudo y nadie se atreve a decirlo”

Ha tocado muchos palos jurídicos -cuestiones bioéticas, derechos de los animales…-. ¿Por qué puso el ojo y la bala en lo sexual como político?

Porque llevaba tiempo escuchando con frecuencia en muchos foros académicos algunas expresiones, sintagmas o mantras que me llamaban la atención, sobre todo porque parecía haber un consenso implícito acerca de lo que significaban e implicaban, como “perspectiva de género” o “enfoque de género”. Empecé a descubrir que, bajo ese concepto prefabricado que se daba por hecho, había una gran confusión. Cuando desbrozaba un poco el camino, me daba cuenta de que, en realidad, o no había nada, o había algo sin mucho sentido. Y cuando tenía sentido, me parecía particularmente incompatible con premisas metodológicas o epistemológicas que muchos asumimos, y con algunos compromisos normativos, como la idea de la justicia como imparcialidad, que se veían claramente erosionadas. Eso, unido a las decisiones judiciales y a casos muy mediatizados en torno a la libertad sexual, como el de la manada, fueron un acicate.

¿Intuía que detrás de esas expresiones y de la conversión ideológica de esos postulados en marco jurídico​ se atentaba contra el sentido común impunemente?

No solo contra el sentido común, sino también contra el modo en el que pensábamos las instituciones, el principio de igualdad, y ese tipo de cuestiones. Todo eso fue lo que me animó a arremangarme y estudiar todo con más detenimiento.

Una vez que se metió en el jardín, ¿qué ha visto?

Muchas cosas. Escribí un libro de trescientas páginas al respecto y me resulta difícil resumirlo ahora en pocas frases. He visto que, en algún sentido, lo sexual es político, pero que el debate no es ese, sino cuán político tiene que ser; hasta dónde estamos dispuestos a llegar en el sacrificio de la neutralidad del Estado y del principio de presunción de inocencia; qué demonios significa el consentimiento en materia sexual… Todo eso es muy complicado, y es lo que escribo en Lo sexual como político (y jurídico).

Si subiera un dron sobre el Ministerio de Igualdad, ¿qué se vería desde arriba?

No hace falta un dron… Esa sensación de que nadie se atreve a decir que el rey está desnudo, aunque todo el mundo lo vea, atraviesa gran parte de lo que he escrito. En el Ministerio de Igualdad todo está al aire. Basta leer un tuit de Irene Montero sobre el asunto de Mónica Oltra o el Boletín Oficial del Estado (BOE), aunque para eso haya que tomarse más molestias, pero es esencial si quieres ir más allá de lo anecdótico. Lo interesante es analizar el fondo del trabajo institucional que se ha hecho en las leyes o proyectos de leyes que salen de ese ministerio.

¿Y qué lee en el BOE?

Una técnica legislativa -por llamarlo de alguna manera- desastrosa, pero no solo en lo concerniente al Ministerio de Igualdad. Leo ritualización y legislación puramente simbólica. Siendo justos, hay que decir que a veces también leo rectificaciones. El primer borrador de la Ley del sí es sí era un delirio, y gracias a la presión académica y del informe del Consejo General del Poder Judicial, ha salido algo menos lesivo, aunque pueda ser casi irrelevante, porque, en líneas generales, lo que recoge ya estaba contemplado en el Código Penal.

¿Todas estas leyes y todos estos gazpachos ideológico-jurídicos tendrán consecuencias sobre el modo en el que vivirán la sexualidad las próximas generaciones?

Sí. El cambio cultural que a una parte de este Gobierno le gusta tanto se va a producir, sin duda. Los medios de comunicación y algunos voceros o lacayos de esas posiciones se encargan de advertírnoslo un día sí, y otro, también. Eso acabará permeando.

“El cambio cultural que a una parte de este Gobierno le gusta tanto se va a producir, sin duda”

¿Por dónde cree que desembocará esa nueva manera de vivir la sexualidad?

Por no ser enteramente injustos y aplicar mínimamente el principio de caridad, hay que señalar que es conveniente y necesario que los individuos que participan en relaciones sexuales sean conscientes de que, en ocasiones, las prácticas que se proponen quizá necesitan de un consentimiento explícito, aunque lo de la expresión verbal del “sí” sea lo de menos. Es conveniente y necesario que quede claro que son, al menos, inicialmente aceptadas y consentidas. Esa consecuencia de la insistencia ministerial no me parece mal, porque estamos en un momento en el que hay prácticas sexuales que no se pueden presumir, sin más. Las costumbres sexuales cambian, y en algunos barrios son muy peculiares. Hay personas que consentidamente realizan prácticas sadomasoquistas, y eso no tiene por qué aceptarlo cualquiera, sin mayor deliberación. Por otra parte, es disparatado pensar que la relación sexual, siendo un tracto -conjunto de actos discretos- necesite del consentimiento afirmativo protocolario en cada instancia.

¿Qué sentido tiene que un Ministerio de Igualdad presuponga que los hombres somos maltratadores y que qué nos pasa, que violamos en grupo?

Esas concepciones suponen afrentar al ideal de igualdad, entendido mínimamente como la igual consideración y respeto a todos los individuos, independientemente de su condición. El feminismo es una expresión del individualismo moral: es la idea de que uno juzga a los individuos por sus hechos, y no por circunstancias que escapan de su control. Yo no controlo mi sexo. He nacido con él. La gran lección del feminismo mejor entendido, el de la vindicación, es que a los individuos no se les pone un sello de maltratador o de incapacitada para conducir, como en Arabia Saudí, por el mero hecho de nacer con una biología determinada. Lo más antifeminista que hay es pensar que uno nace machista, y no que llega a serlo.  

 

"España, en términos de igualdad, es un paraíso".

Se atropella la igualdad ante la ley dejando a los hombres en la cuneta, como si se legislara con recelo y afán de venganza.

Sí, completamente.

Legislar con venganza genera tensión, inseguridad, injusticia, desconfianza, caos…

Es una manera de minar un pilar básico de nuestro modo de convivir y de nuestra civilización, por decirlo de manera un poco campanuda.

Este naufragio de la presunción de inocencia, de la ruptura del concepto de igualdad, y otras frivolidades ideológicas, ¿tiene ya consecuencias sobre la salud democrática?

Sí. Y sobre la salud de los individuos. Pregunte cómo está de salud la expareja de María Sevilla, recientemente indultada…

Dijo Montero que “el indulto a María Sevilla es patrimonio del movimiento feminista de nuestro país”. ¿Qué significa ese presunto homenaje?

Un insulto a lo mejor del feminismo.

Da la impresión de que existe un interés institucional por convertir la sexualidad en arma social. Sobre esto, dice Pedro Herrero, de Extremo Centro, que “como la izquierda no ha sabido encontrar alternativas económicas a la crisis, ha abierto una guerra de sexos”. Y Alberto Olmos, periodista y escritor, que “como la izquierda posmoderna no encuentra sexy la pobreza, lo trans le sirve como un tema novedoso y atractivo”.

La sexualidad se ha convertido en una de las muchas guerras culturales que pueden servir de espantajo, con un rédito político y electoral evidente. En lo demás hay consensos muy básicos entre las llamadas izquierda y derecha, al menos en sus expresiones ideológicas menos radicalizadas. El Partido Popular, que es un partido de derecha o centroderecha, es más socialdemócrata que los demócratas americanos. Es falso que el PP ponga en riesgo el Estado del Bienestar en España. No lo ha puesto en peligro en ninguna comunidad en la que ha gobernado. Podremos discutir el decimal o la prioridad: que dedique más o menos recursos, o que los organice de otra manera, pero en el ideario del PP no leo algo semejante a lo que pudiera postular un libertarian americano que está absolutamente en contra de la sanidad pública o que desconfía de la educación como misión del Estado. Los presidentes autonómicos españoles lo primero que hacen para poder garantizar su continuidad política o para llegar a las instituciones es presumir de cuántos hospitales han hecho o cuántos van a hacer.

“El naufragio de la presunción de inocencia y la ruptura del concepto de igualdad tienen consecuencias sobre la salud democrática y de los individuos. Pregúntele a la expareja de María Sevilla…”

¿Cada vez es más difícil saber quiénes somos? ¿Podemos ser hombres, mujeres y viceversa a la carta, autoidentificándonos el género? Usted sabe de estos laberintos. ¿Qué pasa? ¿Cómo se sale de aquí?

En términos biológicos es muy fácil saber lo que somos. El 99% de la gente sabe cuál es su condición de varón o mujer. Cualquier médico forense que levante un cadáver aquí no tendría ninguna duda en atestiguar si ha muerto un hombre o una mujer. Cualquier antropólogo o arqueólogo que descubre restos humanos, los identifica sin problemas, a pesar del tiempo. Qué seamos en términos de género es más difuso, porque ahí sí que hay un espectro, pero en el sexo, no, salvo en casos muy marginales.

Lo verdaderamente complicado es afirmar binariamente tu género. En términos paradigmáticos y de género, quienes dicen no ser ni hombre ni mujer, tienen razón. Unos asumen algunos roles sociales o culturales como propios de hombres más que otros y hay quien puede tener expresiones de género que no se corresponden con los roles o las presentaciones universales. De todas formas, todo eso es bastante irrelevante. Al menos, yo no sé qué relevancia política tiene, si nos creemos la idea de la igualdad: todos, por el mero hecho de pertenecer a la especie humana, somos iguales en derechos y obligaciones. El Estado y las instituciones nos deben tratar igual, salvo cuando haya diferencias de relevancia moral.

Lo curioso es que avanzan a la vez dos concepciones contradictorias: la lucha por la igualdad y la aparición de guetos sociales relacionados con la identidad sexual. Hay movimientos que cada vez se encapsulan más en sí mismos, autodiferenciándose del resto.

Todo eso, además, se hace en un afán a veces cómico por no dejar a nadie atrás en la enumeración, aunque de acuerdo con el parámetro anteriormente indicado, ya es redundante decir “diversidad sexogenérica”. Hay planteamientos que inundan la opinión pública que son evidentemente grotescos. Si leemos con detenimiento y bisturí el artículo 6.1. del borrador de la Constitución chilena presentado el 4 de julio – “El Estado promueve una sociedad donde mujeres, hombres, diversidades y disidencias sexuales y de género participen en condiciones de igualdad sustantiva, reconociendo que su representación efectiva es un principio y condición mínima para el ejercicio pleno y sustantivo de la democracia y la ciudadanía”- entenderemos que es ridículo, aunque pueda haber muchas cosas importantes en la Constitución chilena y destaquemos que ese proceso constituyente sea necesario. Si leemos ese artículo nos daremos cuenta del estado de la cuestión en estos términos de presentación pública en torno a los clichés admitidos y mainstream sobre la celebración de la diversidad y esos guetos.

¿Cómo se puede enfrentar un adolescente a este laberinto de identidades diseñadas por el poder político?

Los padres deben ser conscientes de que los individuos, en general, nacemos con un sexo que, desde el punto de vista cromosómico, es inmodificable a día de hoy; que hay un reducidísimo grupo de personas que nacen con una sexualidad ambigua, a los que llamamos intersexuales, y que son estadísticamente marginales; que esos individuos tienen derecho -a diferencia de lo que ocurría antes- a decantar su fisiología para desambiguar esa condición, pero que no hace falta que los padres lo hagan de manera temprana, salvo que haya una indicación médica clara. Ese niño o niña con ambigüedades, a pesar de su presentación genital, puede esperar a su adolescencia o juventud para decidir qué quiere ser.

Existe un reducidísimo número de personas que pueden tener incongruencia de género en su preadolescencia, según los criterios médicos y psiquiátricos que correspondan al consenso científico. Obviamente, si se puede, es mejor resolver esa incongruencia de género sin fármacos y sin cirugía. Una persona no tiene que sufrir ninguna incongruencia de género porque en su adolescencia perciba una inclinación hacia la adopción de estereotipos de género del sexo que no le corresponde. No asumir esto es particularmente grave actualmente, porque se está tratando de solucionar el problema típico de la preadolescencia o la adolescencia -o bien te gustan personas de tu mismo sexo, o no te identificas con los roles de género que se atribuyen a tu sexo- por la vía del quirófano, que es el último de los dislates. Ningún tratamiento farmacológico o médico es inocuo, y muchos de ellos son irreversibles. Tenemos un acervo epidemiológico nada desdeñable que demuestra que hay personas que, habiendo pasado por esos tratamientos, quieren revertirlos años después.

Los padres deben ejercer la resistencia de la sensatez. Y la sensatez también es aceptar, incluso contra sus propias creencias, que pueden tener hijos con una orientación sexual que ellos no aprueben. Entiendo que haya padres a los que les cueste asumir que su hijo de siete años quiera vestirse como una niña, pero no veo mayor problema. Sí veo un problema evidente en que el poder público garantice, frente a la opinión de los padres, que un chico o una chica de catorce años se administre tratamientos hormonales. Salvo casos muy puntuales, siempre estaría a favor de los padres que se resisten a la tiranía estatal.

“Se está tratando de solucionar el problema típico de la preadolescencia o la adolescencia por la vía del quirófano. Los padres deben ejercer la resistencia de la sensatez, que también es aceptar que pueden tener hijos con una orientación sexual que ellos no aprueben”

Todas las leyes ideológicas de este estilo que ni siquiera emanan de un Ministerio de Sanidad, ¿mejoran nuestra vida o nos la complican? ¿Cómo mejorará la Ley Trans la vida de las personas que padecen dimorfismo sexual?

Estas leyes solo mejorarán la salud mental de quienes han abogado por una revolución institucional que me parece enormemente problemática, porque se asienta sobre la idea de que uno puedo modificar su sexo simplemente manifestando su voluntad. La lucha habrá llevado a una conquista puramente política, pero no creo, en absoluto, que con esa medida se vayan a paliar los problemas de la comunidad LGTBI que, por otro lado, son problemas de orden transversal que afectan a muchos otros individuos insertos en muchos otros colectivos. Ejemplos normativos como la Ley Trans serán contraproducentes, porque mediante la rebaja de las unidades de incongruencia de género en los hospitales, las personas que sufren verdaderamente de incongruencia de género se van a ver perjudicadas.

¿Cuál es su análisis sobre las políticas contra la violencia de género? ¿Están siendo suficientemente eficaces? ¿Son estructurales?

Algunas de las políticas contra la llamada violencia de género han sido eficaces, porque han atajado un problema que no estaba suficientemente atendido. Hacían falta más recursos. Si el problema se mide en cantidad de víctimas, el número de mujeres, parejas, ex mujeres o ex parejas asesinadas se ha reducido algo. La cifra, en términos comparativos, es bajísima en España, aunque es evidente que detrás de cada una de ellas se esconde una tragedia y un horror. España, en términos de igualdad, es un paraíso. Si el objetivo de las políticas públicas es que no haya ninguna mujer víctima de ningún tipo de violencia, se está contra el principio de realidad. Los seres humanos somos lo que somos. Ha sido un avance evidente que se aumente la dedicación de recursos para mejorar la atención de las mujeres que denuncian violencia de género, o para cualquier tipo de violencia intrafamiliar, en general, como el maltrato infantil, o a personas mayores… El poder público no se puede desentender de esas necesidades.

Tengo la absoluta certeza de que no era necesaria la gran discriminación que introduce en el Código Penal la Ley del 2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. No se quiso calcular bien cómo en la aplicación de las medidas cautelares frente a los hombres, que somos los que más maltratamos estadísticamente -lo cual no implica que todos seamos maltratadores…-, en los procesos de ruptura familiar, la denuncia de violencia de género se ha convertido en un misil que ha generado muchos problemas y muchas injusticias. Para muchos hombres, eso ha supuesto una amenaza constante que no ha permitido canalizar de manera adecuada los procesos de ruptura. No es que las mujeres sean malas cuando existen denuncias falsas, ni mucho menos. Es que muchas de ellas actúan jugando con las cartas de las que disponen, y las injusticias que se generan son terribles. La presunción de que todo el maltrato de un hombre sobre una mujer es siempre machista es una catástrofe intelectual, sencillamente.

“La presunción de que todo el maltrato de un hombre sobre una mujer es siempre machista es una catástrofe intelectual”

¿La revolución de las costumbres sexuales ha sido un engaño?

Se ha exagerado la intrascendencia del sexo, pero tiendo a pensar que muchas de las conquistas que se siguen de aquella revolución sexual han sido emancipatorias para los individuos, especialmente para la mujer.

Quizá, aquella libertad de acción dialogue mal con la dificultad que encontramos hoy para encontrar relaciones sólidas. Nos cuesta encontrar estabilidad emocional y relaciones permanentes. Vivimos en la incertidumbre, también afectiva. Nos cuesta construir proyectos a largo plazo.

No soy sociólogo, pero supongo que sí. La estabilidad es mucho más sana y más genuina. El engaño sería decir que la única vida feliz posible es la emancipación independiente de todo lazo. Aunque también hay paternidades y maternidades que pueden ser muy desdichadas. Lo importante es asumir que las vidas estables de pareja y los proyectos familiares siempre exigen sacrificios, también económicos. Para ese plan de vida debemos estar preparados. La revolución urgente es la de saber vivir como adultos y ser conscientes de que nada es gratis. La soltería con el satisfyer tiene sus consecuencias a los cincuenta años, y la fidelidad a una única mujer durante treinta años y una vida rodeado de hijos con problemas y parejas o ex parejas más o menos neuróticas, también.

“La revolución urgente es la de saber vivir como adultos y ser conscientes de que nada es gratis”

¿Por qué está en contra de la abolición de la prostitución?

La abolición de la prostitución implica un conjunto de medidas que, con mayor o menor intensidad, tratan de penalizar, administrativamente o a través del Código Penal, la actividad de las prostitutas y la demanda de los llamados clientes. Me parece mal por una razón instrumental, porque eso tiende a perjudicar o agravar las condiciones en las que las prostitutas ejercen su actividad. Además, hay una razón de principios: habiendo consentimiento, no veo cuál es el mal en tener relaciones sexuales por dinero. Obviamente, estoy en contra de la prostitución forzada, porque es una manera de agresión sexual. ¿Hay prostitutas que ejercen libremente? No sé cuántas hay, pero existen, y cada una aduce sus razones, a las que yo no entro, siempre que sean fruto de su autonomía moral. Las estadísticas oficiales son fake y están hechas sin evidencias robustas.

¿Qué opina de la pornografía?

En consonancia con lo anterior, no tengo nada que objetar cuando es una actividad que se ejerce libremente entre adultos. Hay formas que me gustan más y otras que me repugnan. Los menores deben ser instruidos para entender que eso es una representación que muchas veces no se compadece con la vida sexual real, como sucede con cualquier ficción. La pornografía es un alivio que nos acompaña desde Babilonia, ahora más recurrente, porque está a un clic en nuestro móvil. Hoy, el problema es de escala, no de naturaleza.

Aborto. Dice Isabel Díaz-Ayuso que debe ser “legal, seguro y poco frecuente”. Dice usted: “No me parece una mala síntesis, la propia de una sociedad diversa en la que el aborto sigue siendo una cuestión sobre la que pende un desacuerdo moral profundo”.

Me reafirmo.

¿Cómo están las tasas de sentido común en el discurso público?

Bajitas...

¿Y de sentido del humor?

Por momentos, también. El wokismo y el discurso políticamente correcto han resentido el sentido del humor. Aconsejo escuchar el último monólogo de Ricky Gervais, porque no creo que se puedan decir las cosas mejor a ese respecto.

“El wokismo y el discurso políticamente correcto han resentido el sentido del humor”

 

La filosofía sale de las aulas, pero escala interés en las redes sociales. ¿Nos hemos cansados de las ideologías?

No. Al revés. Todo está más ideologizado cada día.

¿Cansa más expresarse con libertad y argumentos en la sociedad líquida?

Es más esforzado, pero más divertido.

Raphael, apoteósico en Starlite

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