Ideas & Cooltura

¿Ideas radicales o radicalismo sin ideas?

Tendemos a pensar que la esfera pública virtual es un lugar propicio para la discusión y las ideas, pero en las redes no se dan las condiciones apropiadas para la reflexión ni para cambios sociales relevantes

Foto artic ideas radicales en redes
photo_camera "Si buscan hondura, apaguen el móvil y abran un libro de Aristóteles. No se conformen con sucedáneos. Si quieren cambiar el mundo, dejen de retuitear" (entre comillas).

Las ideas son como el buen vino: necesitan tiempo. Y, como los caldos más exclusivos, son inusuales. Lo que quiero decir es que, si buscan algo denso, profundo, que deje un regusto cálido y afrutado, harían muy mal en ir al supermercado de la esquina, en el que encontrarán tetrabriks de batalla, pero nada madurado o sublime.

Si buscan hondura, apaguen el móvil y abran un libro de Aristóteles. No se conformen con sucedáneos. Si quieren cambiar el mundo, dejen de retuitear, de hacerse fotos o de grabarse haciendo un challenge. Opten por sonreír al vecino. Es un buen comienzo. No sigan al intelectual pop que hace un tiempo se limitaba a escribir los 140 caracteres de un tuit, y que ahora regurgita ocurrencias más espaciosas e incluso las concatena en hilos profusos y oraculares propios de Sibila de Cumas.

El que avienta sus prontos de sagacidad con tanto frenesí y se siente conminado a opinar de todo sin interrupción -piensen un momento en esta semana: el lío del voto telemático, la geopolítica en el tablero de Ucrania, las elecciones en Castilla y León, Rivera, las mejores series, el fútbol, la pandemia y la curva, las mascarillas y hasta la deriva de la iglesia alemana- es probable que no pueda arañar minutos en su horario para el laborioso trabajo del espíritu.

El intelectual pop, como un cantante, se debe a su público y tiende a ser reactivo. No es como el pensador genial que mira a largo plazo. Al primero le escriben el guion los rumores y las preocupaciones -altas o bajas- de la muchedumbre. Es paternalista y condescendiente.

A nadie se le escapa, sin embargo, que lo que se escribe en el ardor virtual está condenado a la irrelevancia. Es verdad que las editoriales, las fundaciones, los periódicos e incluso las universidades van a la zaga del intelectual pop que tiene muchos seguidores -del famoso, en definitiva-, pero es porque, en nuestro presentismo, hemos olvidado que el pensamiento sigue otro tempo.

Así, mientras nosotros, simples mortales, perdemos las horas buceando en opiniones ajenas, enorgulleciéndonos incluso de nuestros intereses intelectuales -a pesar de que no hay nada más parecido al guirigay de ‘Sálvame’ que el contrabando de ideas al que nos avenimos en las redes-,otros, con vocación por lo eterno, escudriñan textos imperecederos, cincelan una obra definitiva o se esfuerza, con la humildad del monje, en el arduo arte de familiarizarse con la verdad.

No sé si Gal Beckerman, periodista de The New York Times, estará de acuerdo conmigo, pero en su último ensayo, TheQuietBefore, expone ideas análogas. Allí, sin esconder su ideología progresista, explica que las redes sociales, donde explosionan las ideas, no son adecuadas para suscitar el cambio social. O sea que, aunque hay muchos canales radicales que promueven la transformación de los valores y la lucha por un mundo más justo, las ideas que brotan en ellos son apresuradas y mudan constantemente, por lo que no se traducen en nada práctico.

El ensayo de Beckerman peca de ingenuidad y concede demasiado a la filosofía revolucionaria. Tampoco son acertados los ejemplos que aduce para apuntalar sus tesis. Pero contribuye a desmitificar el poder de una esfera pública no mediada por la reflexión. De hecho, el análisis de Beckerman-salvando distancia, enorme- recuerda a lo que un jovencísimo Habermas, allá por los sesenta, escribió sobre la opinión pública.

El pensador alemán comparaba los salones, los cafés y la prensa ilustrada con la deriva posterior, más publicitaria, de la discusión social. A diferencia de lo que ocurre en un marco culto, en donde operan filtros reflexivos, en la vorágine virtual no hay ni tiempo ni espacio para las ideas profundas porque estas normalmente requieren una digestión más difícil y lenta pausada. Puede que entre el estiércol anide una semilla, pero que entre eslóganes y tautologías florezca algo parecido a la verdad resulta extraño.

Del estudio de Beckerman se concluye que ha habido una evolución de las ideas radicales. Se ha pasado del laboratorio de ideas, de la antesala intelectual de la revolución, a un radicalismo frenético con escasas propuestas. Hay tantas distracciones, tantas batallas que luchar, tantas banderas que empuñar que el compromiso con una causa se sucede, sin solución de continuidad, con el de otra. Ocurre, un poco, como con las pulseras conmemorativas: no tenemos brazo suficiente para mostrar nuestro compromiso.

El consumo activista posterga el cambio en beneficio de una actitud radical… vacía. Sin embargo, el progreso no es fruto solo de ideas. Hay que accionar la palanca. Siendo cuestionables muchas de las afirmaciones del libro de Beckerman, pone de manifiesto una de las fallas de la opinión pública contemporánea, interesada no tanto en reflexionar como en el mercadeo fútil de valores e ideologías, lo que, a la larga, no es nada satisfactorio.

 

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