La voz del lector

Índole del aristocratismo, pesimismo y crudeza de Ortega y Gasset en “España invertebrada”

Ortega con el mapa de España en su rostro.
photo_camera Ortega con el mapa de España en su rostro.

Ortega (1883-1955): “Podemos decir de toda España lo que Calderón decía de Madrid en una de sus comedias:”

Está una pared aquí
de la otra más distante
que Valladolid de Gante.

El propio Ortega exprime con extraordinaria y poética concisión el contenido de éste, en términos cuantitativos, su librito,“España invertebrada,” al incorporar esos tres versos calderonianos. Nada de ripio con “distante” y “Gante” para quien posea algún conocimiento de Geografía e Historia del siglo XVII. No importa que algún comentarista haya afirmado que Ortega “hace trampa”, que no tienen el significado de invertebración que él les adjudica.

Fue hace poco más de un siglo (diciembre de 1920) cuando el filósofo madrileño comenzó a publicar los artículos periodísticos que después conformarían el citado libro (publicado no en 1921, como se ha solido indicar, sino en mayo de 1922).

Desarrollaremos sucintamente la tesis de la obra. De lo contrario, serían tantos los autores que habríamos de tocar que el artículo se desbordaría. Igual que Ortega recurre a la metáfora del “Mississipí `de inmoralidad pública´” en EEUU durante los últimos cincuenta años (grosso modo, 1870-1920), nosotros podríamos estancarnos en los Himalayas de negro sobre blanco que suscitó y sigue suscitando la obra, unos Himalayas en parte de cartón- piedra, huecos.

Hemos escrito en el título aristocratismo, pesimismo, crudeza. Veamos: Ortega piensa que no hay nación posible sin una minoría selecta que la dirija y una mayoría que acepte la superioridad de esa, digamos, aristocracia del espíritu, que debe ser ejemplar, y la masa dócil. Así que no se trata de distinguir entre aristócratas de la sangre, burgueses, obreros y campesinos. Para Ortega, en cada uno de esos grupos sociales se encuentran personas mediocres (masas) y personas excelentes (hombres, mujeres). Así lo aclara:

“Precisamente lo que acarrea la decadencia social es que las clases próceres han degenerado y se han convertido casi íntegramente en masa vulgar.”

“Nada se halla, pues, más lejos de mi intención, cuando hablo de aristocracia, que referirme a lo que por descuido suele aún llamarse así.”

Recogemos algunos de los muchos párrafos rotundos de su aristocratismo:

 

“Una nación es una masa humana organizada, estructurada por una minoría de individuos selectos.”

“Así, cuando en una nación la masa se niega a ser masa (esto es, a seguir a la minoría directora), la nación se deshace, la sociedad se desmembra, y sobreviene el caos social, la invertebración histórica.”

“Resulta completamente ocioso discutir si una sociedad debe ser o no debe ser constituida con la intervención de una aristocracia. La cuestión está resuelta desde el primer día de la historia humana: una sociedad sin aristocracia, sin minoría egregia, no es una sociedad.”

Este aristocratismo orteguiano no es un islote. Dentro y fuera de España hay autores que transitan esa vía, antes y después de él (omitimos nombres y citas por no alargarnos). Pero quizá nadie como Ortega haya conseguido que sus escritos se incrusten en las mentes de los lectores de tal modo que les hagan abominar de él o, en el extremo opuesto, susciten en ellos un entusiasmo (en theos) sinónimo de veneración. Tal vez sea culpable el preciosismo de su pluma, porque sus dotes literarias actúan de imán que atrae muchos lectores.

El escalpelo de Ortega rasga la piel y osa penetrar hasta estratos profundos. Y como en esa perforación no deja títere con cabeza, apenas hay “trozo orgánico” de la nación que no se sienta ofendido. “Donosura estilística” llama Darío Villanueva a ese preciosismo en “Actualidad y universalidad de los ensayos de Ortega y Gasset”.

Sucede que hoy la simple palabra “aristocracia” produce repelús en muy amplias capas de la población, súbditas (o no) del empleo de un lenguaje político correcto. Recuérdese que estamos resumiendo muchísimo.

Del aristocratismo caminamos derechos hacia el pesimismo: como la aristocracia, en origen compuesta por los mejores, ha perdido sus virtudes, el país es un caos en el que cada grupo, gremio, etc., vive de espaldas a los demás; digamos, con lenguaje actual, que se impone un autismo gremial demoledor. Es el “atroz particularismo” de los grupos sociales, sus célebres “compartimientos estancos.” Muy peligrosos, pues su corolario es la “acción directa”; es decir, lo contrario de la “acción legal”, que precisa contar con los demás.

Hay quienes le afean (en su tiempo) el diagnóstico pesimista en sus reflexiones sobre España. Él replica:

 “Yo no veo muy claro que el pesimismo sea, sin más ni más, censurable. Son las cosas a veces de tal condición, que juzgarlas con sesgo optimista equivale a no haberse enterado de ellas.”

Siendo el tema la grave enfermedad española, surgida de la aristofobia reinante (odio, rencor, envidia hacia los mejores), advierte el filósofo que “era inevitable que sobre la obra pesase una desapacible atmósfera de hospital.”

Yendo más lejos, nosotros afirmamos que sobre “España invertebrada” pesa, no ya una atmósfera desapacible de hospital, sino de UCI de hospital. No es un pesimismo psíquico el suyo, sino el nacido de su diagnóstico sobre España. Después, a partir de la Guerra Civil (1936-39), e incluso desde mediados de 1931, sí podríamos extender el pesimismo hacia su vida.

Ahora vamos a la crudeza, que clasificamos en dos niveles. El primero, menos duro, dimana del lenguaje categórico, tajante, (antipático si se quiere) que emplea Ortega en su disección de España. De ello, muchos críticos de ayer, pero sobre todo de hoy, han sacado en conclusión que el pensador madrileño es un anti liberal, un fascista, un racista, incluso un nazi y, en cualquier caso, un devoto de la eugenesia. Toda la obra está traspasada de metáforas y otras figuras literarias que remiten a las Ciencias Naturales, especialmente a la Medicina y su hermana la Biología. También esto es muy criticado. ¿Por qué? Porque se considera que introducir “biologismos” en el análisis histórico, social y político es inaceptable.

Vamos a fijarnos en el segundo nivel de crudeza, el más duro, pues conlleva la noción de castigo subsiguiente a la rebelión de las masas contra los mejores. Leamos algunas de sus crudas frases:

 “La angustia, el dolor, el hambre y la sensación de vital vacío las curarán [a las masas]… Más allá de la petulancia descubrirán en sí mismas un nuevo estado de espíritu: la resignación, que es en la mayor parte de los hombres la única gleba fecunda y la forma más alta de espiritualidad a que pueden llegar.”

“Para sanar [la masa] será preciso que sufra en su propia carne las consecuencias de su desviación moral. Así ha acontecido siempre.”

Sólo tras la expiación de sus pecados las masas (de todo tipo) volverán a la docilidad, para vivir una nueva aurora histórica:

“El dolor y el fracaso crean en las masas una nueva actitud de sincera humildad, que les hace volver la espalda a todas aquellas ilusiones y teorías antiaristocráticas. Cesa el rencor contra la minoría eminente. Se reconoce la necesidad de su intervención específica en la convivencia social. (…) Comienza un período en que se va a formar una nueva aristocracia.”

Su discípulo Julián Marías dice que “España invertebrada” es un libro “pertinazmente” mal leído, mal comprendido. Acepta los errores históricos en que incurre Ortega, pero no es que los “disculpe”, como dicen varios críticos, sino que resulta que hace un siglo la ciencia histórica estaba en pañales al particular de muchos de los asertos orteguianos. Es especialmente sorprendente su idea del feudalismo como veta de la que se extraerá después el liberalismo. Como según él los visigodos llegan a España (tras un larguísimo peregrinaje quizá desde Escandinavia) “alcoholizados de romanismo” hubo poco feudalismo, algo que considera una desgracia y origen de las demás desventuras españolas. Acerca de lo estrambótico de este asunto pone los puntos sobre las íes alguien apreciado por el filósofo: Menéndez Pidal. El propio Ortega reconoce su desenfoque en prólogo a una obra de Pidal. Pero ya en “España invertebrada” deja claro que sus pensamientos históricos hubo de desarrollarlos “malamente, con escasísimos conocimientos y materiales, a la manera de Robinsón [sic], (…)”

Tampoco acierta al decir que tras 1580 (unión ibérica) todo es decadencia y despiece territorial: dos siglos después España es soberana de inmensísimos territorios de los actuales EEUU y de extensas zonas del sur de Argentina y Chile que no poseía en 1580.

Acierta de pleno en otras ocasiones. Comentando el “atroz particularismo”, escribe esto tan atrevido y sagaz:

 “Empezando por la Monarquía y siguiendo por la Iglesia, ningún poder nacional pensaba más que en sí mismo. ¿Cuándo ha latido el corazón, al fin y al cabo extranjero, de un monarca español o de la Iglesia española por los destinos hondamente nacionales? Que se sepa, jamás. Han hecho todo lo contrario: Monarquía e Iglesia se han obstinado en hacer adoptar sus destinos propios como los verdaderamente nacionales.”

Se puede afirmar que no son pocos los críticos que han sacado conclusiones incorrectas. Ya sea por lecturas a salto de mata, o por incapacidad, o por encono, han confundido al menos ciertos aspectos. Son muchos quienes destacan que es un ensayo político, cuando el propio Ortega deja claro, tanto en los prólogos como en el libro en sí, que el suyo es un ensayo de ensayo de carácter histórico. Incluso el subtítulo es “Bosquejo de algunos pensamientos históricos.Por supuesto que la política ocupa su lugar, pero desde una perspectiva histórica.

Otros críticos actuales dan un significado inverso al real de varios párrafos. Así, hay quien toma como muestra del rechazo de Ortega hacia los secesionismos catalanista y bizkaitarra las siguientes palabras del pensador, sin darse cuenta de que el sabio madrileño no está afirmando nada personal, sino haciéndose eco de una opinión de muchos españoles, con la que disiente: “Unos cuantos hombres, movidos por codicias económicas, por soberbias personales, por envidias más o menos privadas, van ejecutando deliberadamente esta faena de despedazamiento nacional, que sin ellos y su capricho no existiría.”

Sí, pues tras esas líneas orteguianas y otras quince que le siguen, concluye el filósofo-psicólogo-sociólogo-literato Ortega así:

“Yo no sabría decir hasta qué extremado punto discrepan de las referidas mis opiniones sobre el origen, carácter, trascendencia y tratamiento de esas inquietudes secesionistas.”

El autor que incurre en semejante error de colegial, hemos de decirlo para que se nos crea, es Rafael Narbona, en “Ortega y Gasset al servicio de España.”, “El Cultural” (de El Mundo), 10 de octubre de 2017.

María Zambrano, en “Cuadernos del Congreso por la libertad de la Cultura”, París, enero-febrero de 1956, n.º 16, escribe: “..., España invertebrada unos de los libros más amargos y más esperanzadores que se hayan escrito, pues del fracaso de la España que fué [sic] emerge el imperativo de la España que ha de nacer”. Que es un libro amargo está claro. En cuanto a que también es esperanzador, ella misma lo intenta aclarar con la frase siguiente a la del fracaso.

Lo cierto es que Ortega siente hondamente la preocupación por su país, y acertada o equivocadamente indica los graves vicios que ve en la sociedad española, no para regodearse en la crítica incisiva, destructiva, sino con la esperanza de un mañana mejor para España.

Ya que incluso recurre a terminología de la India (épocas Kitra, de formación de aristocracias, y épocas Kali, de disolución de las mismas), con lo que sirve más en bandeja la crítica acerada a sus detractores (y no sin razón en este caso, pues justifica las castas), terminaremos con una alusión a la diversidad de la India y de España Se dice que la India es un subcontinente pleno de contrastes. También, a escala menor, podríamos afirmarlo de España, tan rica y diversa en paisajes y paisanaje. Si fuera verdad que los visigodos provienen de Escandinavia, tendríamos una nación invadida por germanos boreales y después por árabes y norteafricanos procedentes de ardientes desiertos. ¿Resultado? La España diversa; es decir, las Españas. Pero sin olvidar que tanto germanos como morisma fueron minorías en un país de firme lecho hispanorromano.

Sin espacio para desarrollar el “caso del grupo militar”, sólo añadiremos esto:

“Marruecos hizo del alma dispersa de nuestro ejército un puño cerrado, moralmente dispuesto para el ataque”.

“Desde aquel momento viene a ser el grupo militar una escopeta cargada que no tiene blanco a que disparar”.

Ya encontró blanco interno pocos años después (1936).

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