La voz del lector

La Legión: valor centenario

Legionarios en formación.
photo_cameraLegionarios en formación.

“De bien nacido es ser agradecido”, dice el rico refranero español y, por este motivo, España ha de mostrar su pleno agradecimiento a La Legión; la del pasado, la de nuestro presente y la de un futuro que, a pesar de los presumibles cambios o la evolución de nuestro Ejército, jamás podrá borrar del mapa la idiosincrasia del puro y genuino sentimiento legionario. Es algo que se lleva dentro, muy dentro, en el corazón y, como es sabido, con estas cosas, como con el amor y la pasión, no se juega.

La Legión es, fue y será. Añora en forma pretérita, actúa en tiempo presente y sueña con un tiempo por venir en el que aquellos espíritus de su Credo Legionario seguirán siendo fiel reflejo de la modélica unidad que el General Millán-Astray creó para servir a una Patria cuando, en 1920, precisaba de lealtad, compromiso, trabajo y el esfuerzo de voluntarios de toda clase, condición y raza que no pidieron nada a cambio. Las recompensas no eran parte del botín reclamado; la aventura y redención de sus almas, sí. Y si a todo ello se le unían valor y desprecio a la propia vida, entonces, eran cartas de una partida, ases bajo la manga, que el legionario estaba dispuesto a jugar con su siniestra novia, la Muerte.

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Ahora, ésta sigue rondando nuestras vidas, guadaña afilada y oculta en una tenebrosa sombra que, de paso, sirve para cubrir el ocaso de una civilización, la occidental, y una cultura venidas a menos.

Es el precio del desprecio, el borde del precipicio, el fruto de la inacción, el resultado de unas maquiavélicas operaciones que, entre otros, ha tenido y tiene a la casi centenaria Legión como objetivo, en el punto de una mira manipulada y distorsionada, por razones que van desde un confeso anacronismo hasta la exaltación de una identidad, la española.

Casi un siglo después, por desgracia, el materialismo, nuestra sociedad y el declive de valores tradicionales han provocado el alarido de un desgarrado y desesperado “¡A mí La Legión!” ante la poco reconfortante situación que atraviesa nuestro país. De ejemplos de esa guisa, que tampoco es para entrar en detalles tras el bombardeo mediático que nos atosiga a todas horas, está repleto el panorama nacional. Por desgracia, es lo que hay.

Sin embargo, no quiero que se me malinterprete y que el grito que se oye se traduzca en modo hostil. Suele pasar, por cierto, cuando se desconocen los entresijos e interioridades del mundo legionario. De hecho, la ignorancia camuflada de presunta paradoja, no hace mucho, ha osado a hacer acto de presencia en un circense Congreso con sonrojantes alusiones al fundador de La Legión. La vergüenza, missing in action, parecía andar buscando su sitio en estrados y foros públicos.

No es cuestión de provocar ni de que se me provoque. Para eso, la propaganda política o esa tergiversada idea del anacronismo que, durante mucho tiempo y con individuos ávidos de protagonismo barato, han intentado vender humo y verter su inmundicia dialéctica sobre una unidad militar cuyas acciones y misiones son vanguardia y referencia no sólo en España, sino también en el exterior.

Y el tiempo pasa, como los 99 años que hoy celebramos por su activa presencia, dentro y fuera de nuestras fronteras, su ausencia de complejos a la hora de acudir al fuego o la sangre vertida por aquellos héroes anónimos cuyas gestas perduran en el recuerdo de los que, a Dios gracias, todavía somos capaces de distinguir el bien del mal; al héroe, del villano, a pesar de la proliferación de éstos últimos en el escaparate social del decadente mundo que nos rodea.

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Es cuestión de códigos, como el del Bushido, de causas; es cuestión de honor, de dignidad, de respeto y disciplina, de sacrificio y entrega, sin esperar recompensa alguna. Es Legión, pura y dura, transfundida en la sangre que riega las venas de aquellos que sirvieron, los que sirven y los que, movidos por esa cadavérica atracción, engrosarán las filas de una legendaria Legión.

Pero también es cuestión de vida, de comprensión por difícil que pueda parecer en este mundo en el que ahora proliferan los “expertos” en historia, en chascarrillos y paradojas con públicas exhibiciones no exentas de ridículo.

Como decía el poeta Charles Bukowski, nacido en 1920 como el Tercio, “encuentra lo que amas y deja que te mate”. ¿Atrevimiento, paradoja, nihilismo? Tal vez, valor para hallarlo, vivirlo y disfrutar del orgullo por el mero hecho de haber sido legionario. La Muerte puede esperar.

Emilio Domínguez Díaz

Licenciado en Filología Inglesa

Doctor Europeus en Humanidades

Antiguo Caballero Legionario

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