Incendio en un garaje en Alcorcón. Dos bomberos fallecidos
En este país, donde las tragedias se lamentan cuando ya han hecho su destrozo, y donde la rutina hace que nos olvidemos de lo esencial, ayer nos topamos con la cara más amarga del fuego. Y no hablo solo del fuego físico, sino del fuego que devora almas: el que arranca a dos hombres jóvenes de sus familias, de sus compañeros, de su deber. Dos bomberos. Dos valientes. Dos héroes de carne, hueso, y una vocación que no cabe en palabras. Sergio B. y Jesús A. No eran políticos, no salían en televisión, no repartían promesas. Ellos entraban donde nadie quiere entrar: en la boca del lobo, en el humo denso, en el infierno de un garaje en Alcorcón que se convirtió en una trampa mortal.
Todo empezó con un estruendo. Un coche eléctrico —un Porsche Taycan, que no estamos hablando de un utilitario de los de antes— estrellado en un subterráneo. Un error humano, un pedal equivocado, quizás el pánico. Pero lo que vino después fue un cóctel explosivo. Deflagraciones, humo, fuego. El pánico que se adueña del subsuelo. Vecinos que bajan —como si fuera sensato— a salvar coches. Y el caos, amigos. El caos.
Y ahí llegaron ellos. Los bomberos. Los que no lo piensan. Los que no dudan. Entraron. Como entran siempre. Y dentro, el infierno. Explosiones. Temperaturas que hacen derretir el alma. Y ya no pudieron salir. Uno de ellos murió allí mismo, otro resistió unos minutos más en la acera, mientras trataban de devolverle el aliento con lágrimas y desesperación. Un tercero, herido crítico. Quince personas atendidas por inhalación. Vecinos rotos. Policías desbordados. Y un cuerpo de bomberos que se abraza sin consuelo, con los ojos inundados y los cascos tirados al suelo con rabia.
Incendios en un garajes y la importancia de los extintores para coche
Y ahora viene la pregunta incómoda: ¿cuántas veces nos subimos al coche pensando que nada puede pasar? ¿Cuántas veces bajamos al garaje —ese lugar que se convierte en horno en cuestión de segundos— sin pensar que una chispa puede cambiarlo todo? ¿Cuántos llevan un extintor coche? ¿Usted lo lleva? ¿No? Pues ya va siendo hora.
Porque, amigos, un extintor para coche no es un trasto. Es un salvavidas. Es el primer gesto sensato. Es la diferencia entre contener el fuego en segundos o dejar que se lo coma todo en minutos. No ocupa más que una mochila. No cuesta más que una cena. Pero puede evitar una desgracia como la de Alcorcón. Un pequeño cilindro rojo que puede marcar la frontera entre la vida y la muerte.
Vivimos rodeados de litio, baterías eléctricas, combustibles, plásticos, cauchos… y seguimos creyendo que eso no va con nosotros. Hasta que va. Hasta que estalla. Hasta que explota. Hasta que envuelve en llamas el garaje, el coche, el edificio, la esperanza. Hasta que dos bomberos tienen que entrar y ya no vuelven.
Hoy Alcorcón llora. Y con razón. Hoy los bomberos visten de luto. Hoy las familias de Sergio y Jesús se quedan con un vacío imposible de llenar. Pero si algo podemos hacer —usted, yo, todos— es no mirar hacia otro lado. Piense. Reflexione. Mire su coche. Mire su garaje. Y ponga un extintor. No porque se lo digan los de arriba. Hágalo por ellos. Por respeto a quienes dieron su vida por apagar lo que usted puede evitar que se encienda.
Y cuando vea ese pequeño cilindro rojo atado al maletero, recuerde dos nombres: Sergio B. y Jesús A. Ellos ya no están. Pero su recuerdo sí.