La España Profunda
Javier Fumero Director ECD

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Libertad de expresión, una Sociedad algo Limitada

La semana pasada hubo un clamor, prácticamente unánime, contra tres decisiones que, a juicio de muchos ciudadanos, han supuesto un grave ataque a la libertad de expresión. Me refiero al secuestro del libro ‘Fariña’, la retirada de una obra en ARCO que aludía a unos “presos políticos” y la condena a tres años y medio de cárcel al rapero Valtonyc.

Son tres casos algo distintos pero que han suscitado unánimes comentarios, del estilo: “vivimos en un país bananero”, “lo próximo será la legalización de la tortura”, “es la involución más absoluta, el regreso a la época medieval de la inquisición y la hoguera”.

Uno podría felicitarse por estas reacciones, que demostrarían un sano e higiénico deseo de progreso en los derechos individuales, de la apuesta por una mayor libertad creativa y artística, de una profundización en el asentamiento de unos valores que permitan una sociedad más madura.

Sin embargo, yo no lo tengo tan claro.

No lo tengo tan claro porque veo cosas que no me cuadran. Por lo pronto, se defiende la libertad de expresión de un cantante que compone estrofas como estas: “Que explote un bus del PP con nitroglicerina cargada” / “Puta policía, puta monarquía” / “A ver si ETA pone una bomba y explota” / “Bauzá debería morir en una cámara de gas” / “Mataría a Esperanza Aguirre, pero antes, le haría ver como su hijo vive entre ratas”…

¿De qué va esto? ¿Hablamos de arte? ¿Y el derecho de las demás personas a su honor e integridad? La propia creatividad, ¿no tiene límites? ¿Y el respeto?

Por otro lado, observo que hay temas sobre los que no existe la misma libertad para expresarse como uno considere oportuno. Para asuntos como la homosexualidad, el feminismo o la religión veo que se aplican otros baremos. Vale desear que explote un autobús con políticos de un determinado signo pero no manifestar públicamente que, a tu juicio, la adopción de niños por parejas del mismo sexo puede ser un error.

Es una opinión, que puede estar equivocada. Pero ese no es el problema. Lo grave es que si te manifiestas así eres un sucio homófobo y debes cerrar el pico. Da igual que uno de tus mejores amigos sea gay y respetes mucho su elección. Da igual. Te callas y punto. Y como quieras ir a trabajar al Tribunal europeo de Derechos Humanos te monto una campaña de acoso y derribo que lo vas a flipar.

¿Libertad de expresión? Según y cómo. ¿Cuál es el problema de fondo?

A mi entender, hay una colisión entre dos visiones distintas de la libertad de expresión: la de quienes creen que esta forma parte de una concepción más profunda sobre la libertad humana y el bien común de una sociedad, y la de quienes la reducen al mero disfrute de un “individualismo expresivo”.

Para los primeros, la libertad de expresión no es un bien en sí mismo sino que está relacionada con un bien superior: la dignidad humana y la sociedad donde esta se despliega. Eso es lo que hay que cuidar. En Occidente desde hace varios siglos se había entendido así… hasta ahora.

 

Ahora se defiende que estamos ante un bien autónomo. Por eso, cuanto más ilimitado sea, mejor. Por esa espiral, hay quien se intenta ganar la vida ofendiendo, ultrajando, vejando al vecino, al discrepante, a quien no piensa como yo, al que está equivocado. El fin es agraviar.

Por otro lado, como no existe un referente común sobre el que pivotar este derecho, yo decido quién puede o quién no puede ejercer su libertad de expresión. Vamos, que la autonomía de antes no vale para todos: sólo para “los míos”. Quien discrepe de lo políticamente correcto, aunque sea su legítima opinión, debe ser laminado. Que se guarde para sí mismo sus opiniones y no pretenda aspirar a puestos de relevancia. Está vetado por la nueva inquisición.

Una concepción de la libertad de expresión arbitraria y algo limitada. Al menos, así lo veo yo.

Más en twitter: @javierfumero

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