La España Profunda
Javier Fumero Director ECD

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Antivacunas

Vacunas Covid
photo_camera Vacunas contra el Covid

Que cada uno tome las decisiones sanitarias personales que considere más oportunas. Faltaría más. Dejando esa idea clara, añado un corolario: no entiendo bien a los antivacunas. He leído bastante sobre la materia y no he encontrado grandes contraindicaciones sobre las dosis aprobadas por las agencias internacionales.

Pero cuando además estas personas comienzan a poner en riesgo a sus semejantes, me echo las manos a la cabeza. Y estos días se han conocido varios casos de negacionistas provocando supercontagios. Me refiero al caso de ese enfermo ingresado en la UCI que admitía públicamente su error en las páginas del diario El País o al preso antivacunas infectado que ha provocado un brote con 77 enfermos por Covid en una cárcel de Gran Canaria.

Este último brote se ha conocido después de que ese recluso que rechazó inocularse la vacuna “porque no se fiaba” presentara la semana pasada fiebre alta. Fuentes penitenciarias cifran en menos de un 3% de los cerca de 47.000 reclusos que hay en España los que han rechazado inmunizarse.

Aquí está el quid de la cuestión: un antivacunas es muy libre de hacer con su vida lo que quiera pero pone en peligro a los demás, pone en riesgo a la población. No es sólo que él mismo se arriesgue a morir, es que facilita la expansión del virus y el contagio de sus semejantes.

No sucede igual en todos los sitios. El pasado mes de julio estuve tres semanas viviendo en Camerún, cerca de la capital Yaoundé. Lo que sucede allí con el Covid es insólito. Ha llegado la enfermedad, por supuesto, y las condiciones de vida son, a priori, un caldo de cultivo perfecto para una masacre con pocos precedentes.

Millones de personas viven hacinadas, sin guardar ninguna distancia de seguridad y en condiciones insalubres. Hablar de potenciales confinamientos de seguridad es inviable: la mayoría de la población tiene que salir cada día de casa para sobrevivir. En las grandes poblaciones el taxi, el mototaxi y los minibuses, los transportes más utilizados, provocan aglomeraciones constantes.

Sin embargo, la incidencia del Covid allí es mínima: apenas hay fallecidos y los pocos contagiados registrados pasan la enfermedad como un resfriado cualquiera. Médicos y enfermeros me explicaron que en Camerún hay posibilidad de vacunarse, porque han llegado algunas dosis, pero no existe el menor interés. En este caso, porque no se percibe un auténtico beneficio de hacerlo.

Los expertos manejan varias hipótesis sobre esta baja incidencia del Covid en Camerún. Por un lado se recuerda que estamos ante una población muy joven. Efectivamente la esperanza de vida en este país africano está en los 58 años (casi 30 menos que en España), es decir, que la pandemia no tiene allí población vulnerable sobre la que cebarse.

Por otro lado, se recuerda que los cameruneses llevan desde pequeños tomando antipalúdicos y distintos fármacos contra la malaria, enfermedades que todavía provocan una gran mortandad infantil. Ellos sospechan que su sistema inmunitario, marcado por estas plagas, les está protegiendo frente a este coronavirus.

 

También escuché hablar de los remedios caseros. Hay una parte importante de la población local que ha heredado de sus antepasados amplios conocimientos sobre el uso de hierbas con fines terapéuticos, con gran éxito. De hecho, estos días circulan por el país algunas pócimas o remedios herbales contra el Covid que, al parecer, han tenido efectos benéficos en algunos pacientes.

Cuento todo esto para explicar que el uso de vacunas no es un absoluto moral. En algunos casos es razonable oponerse. Pero en otros, puede ser una temeridad a nivel personal y un riesgo difícilmente justificable para quienes te rodean. Así lo veo yo.

Más en twitter: @javierfumero

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