La España Profunda
Javier Fumero Director ECD

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Que el Estado nos quite las manos de encima

Boletín Oficial del Estado
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Hay muchas familias que han quedado desvalidas, en situación dramática por la crisis económica derivada de esta horrible pandemia. Hay que atenderlas, hay que ayudarlas, no hay que dejarlas en la cuneta. De acuerdo. ¿Dónde hay que firmar? Me apunto sin dudar.

Por lo pronto, se habla de una renta mínima vital que aseguraría un ingreso de unos 500 euros a familias con desempleados y sin ingreso alguno acreditado. Nada que objetar tampoco, si se ponen los medios para que esto no se convierta en una mamandurria: que el dinero de los españoles no vaya a financiar a pillos y caraduras.

Pero hay otra cuestión de fondo, más importante si cabe, y que me provoca cierta prevención cuando oigo hablar de una medida como esta. La posibilidad de que el Estado siga ganando espacio hasta lograr anestesiar a los ciudadanos. Ya lo decía Hölderlin: “lo que hace del Estado un infierno es que el hombre intenta hacer de él su paraíso”.

Que los países deben tener una Sanidad moderna, bien dotada y capaz, es algo que hemos podido apreciar todos estos días críticos. Pero la tentación es que eso derive en un Estado del bienestar omnicomprensivo y totalitario. Y por ahí, no.

En primer lugar, porque es insostenible, ineficaz y contraproducente. No lo digo yo. Basta con preguntarle a los suecos, por ejemplo, que hace 30 años intentaron precisamente esto: dar vida al sueño socialista de un estado protector, estilo ‘gran hermano’, que vele por los desfavorecidos, eduque a sus ciudadanos, los sane y cubra incluso sus necesidades alimentarias.

Suecia decidió construir un nirvana para la ciudadanía mediante decisiones políticas y para ello impuso un estricto monopolio, enormes cargas tributarias para los más ricos, una inmensa seguridad social, una educación impuesta “desde arriba”, una tutela completa sobre niños y ancianos, y restricciones sobre la familia y el individuo.

Intentaron, como digo, implantar el Estado del bienestar como paraíso y durante años el “modelo sueco” dejó boquiabierto al mundo en su titánico esfuerzo por surtir plenamente las necesidades de sus ciudadanos… Hasta que todo saltó por los aires.

Desde hace varios años, en Estocolmo se puede elegir con entera libertad la medicina privada (que ya es subvencionada parcialmente por papá Estado), los suecos pueden decidir a qué canal de televisión abonarse, en qué fondo de pensiones invertir o con qué servicio de correos enviar sus cartas. Aunque parezca mentira, en 1990 cualquiera de estas prácticas era una quimera: el “estado providencia” velaba por ti y uno sólo tenía que dejarse llevar.

Por todo lo dicho algunos seguimos soñando con un modelo de país construido sobre un Estado pequeño (porque no debe ocuparse de casi todo), pequeño –digo- pero fuerte: que obligue a cumplir la ley y esté en condiciones de impartir justicia. Impuestos reducidos, diseñados sólo para solventar desigualdades; unos pocos gravámenes dirigidos a preservar únicamente la seguridad social de aquellos ciudadanos que no puedan costeársela por sí mismos; cheque escolar para que cada cual eduque a sus hijos donde quiera y con el ideario que crea más conveniente; bonos médicos…

El vídeo del día

PP asegura que la ‘Ley Celáa’ “nace muerta”.

Porque el fracasado ‘welfare state’ del PSOE y Podemos tiene un efecto aún más perverso que la injusticia: la castración de toda iniciativa individual que cercena el esponjoso ingenio de los ciudadanos. Se sofocan los estímulos y la responsabilidad personal. Ese es el riesgo que veo ahora en esta renta mínima vital.

Por cierto. Los estudiosos sobre el Estado de bienestar han identificado el motivo de esta insistencia de algunos en implantar estos ‘mega-estados’: el afán de los políticos por perpetuarse en el poder.

Uno mira ahora la vida política española desde esta perspectiva y se entienden muchas cosas. ¿A que sí?

Más en twitter: @javierfumero

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