José Apezarena

Falsificadores, caraduras y conchudos

Pilar Bernabé

Van a cumplirse siete años. En junio de 2018, Pedro Sánchez tomó posesión como presidente del Gobierno, gracias a una moción de censura contra Rajoy basada en acusaciones al PP de corrupción, y que, paradójicamente, desde el PSOE defendió el hoy multiacusado José Luis Ábalos.

Ese Gobierno le duró a Sánchez menos de cien días, porque antes dimitieron dos ministros. Màxim Huerta, titular de Cultura y Deporte, batió récords: duró en el puesto una semana. Renunció tras divulgarse que era titular de una sociedad interpuesta en la que cobraba sus contratos. Y Carmen Montón abandonó el ministerio de Sanidad al desvelarse que su trabajo de fin de máster había sido copiado al 58%, cuando el máximo aceptado es del 20%.

Sin embargo, esas dos dimisiones fueron un espejismo, consecuencia de unos gobernantes recién estrenados que deseaban lanzar mensajes de honradez y limpieza. No los han vuelto a repetir.

La falsificación de currículos constituye un fraude conocido, que, por lo visto, se da con especial profusión entre dirigentes socialistas. Lo inauguró a lo grande, Luis Roldán, quien afirmó que era ingeniero y licenciado en económicas, cuando ni siquiera había terminado el Bachillerato.

Patxi López llegó a autotitularse en su currículum como ingeniero industrial, cuando no pasó del primer curso. Y en la web del PSOE acabó apareciendo como que tenía “estudios” en ingeniería industrial.

Para algunos, haberse matriculado en el primer curso de una carrera universitaria da derecho a escribir que se “tienen estudios”, cuando en realidad lo que se quiere transmitir es que la ha terminado y ha obtenido el título.

Elena Valenciano presumió de “estudios” de Derecho y Ciencias Políticas, y, en efecto, comenzó esas licenciaturas pero no finalizó ninguna de ellas. José Blanco dijo que “tenía estudios” en Derecho, y a José Montilla, un andaluz que fue presidente de Cataluña, con solo el bachiller le adjudicaron “estudios en económicas”. Carmen Chacón se presentó como doctora pero solo había asistido a un curso de doctorado.

Begoña Gómez, esposa de Pedro Sánchez, afirmaba en su currículo que había logrado una licenciatura en la Escuela Superior de Ingenieros Comerciales, y en realidad hizo estudios en una academia de marketing cuyo título no tiene valor oficial, por lo que su nivel es de Bachillerato.

El propio Pedro Sánchez se vio acusado de haber copiado la tesis doctoral, y de que en realidad la había trabajado Carlos Ocaña (hoy nombrado vicepresidente de Telefónica). Sánchez anunció acciones legales en defensa de su honor para desmentirlo, acciones de las que nunca su tuvo noticia.

En otros ámbitos, Ana Mato, ministra de Sanidad con el PP, se vio envuelta en una controversia sobre la veracidad de su máster (aunque dimitió tras verse implicada en el caso Gürtel), y Cristina Cifuentes no logró explicar cómo había logrado ese título por la Universidad Juan Carlos I, sin ir a clase, examinarse ni entregar trabajos. El máster de Pablo Casado por esa misma universidad llegó hasta el Tribunal Supremo, que sobreseyó el asunto

Vale. Los trapicheos con las titulaciones no son nuevos.

El problema es cuando de esos chanchullos no se derivan consecuencias.

En Europa, el ministro alemán de Defensa, Theodor zu Guttenberg, renunció tras ser acusado de plagiar partes de su tesis doctoral. Silvana Koch-Mehrin, miembro del Parlamento Europeo, tuvo que dejar su puesto por el plagio en su trabajo académico.

¿Qué pasa dentro de un partido político para que, a pesar de demostrarse que una militante destacada ha falsificado su currículo durante años, la mantienen en el cargo y, más aún, la nombran candidata a la presidencia de una comunidad autónoma?

Viene a cuento del descubrimiento de que la actual delegada del Gobierno en Valencia, Pilar Bernabé, afirmaba ser “Licenciada en Filología Hispánica y Comunicación Audiovisual” por la Universidad de Valencia... y era mentira. Ahora, en su currículo únicamente se dice que “inició” esos estudios. Inició.

¿Dónde están la limpieza, la honradez, el sentido de Estado y hasta la vergüenza torera? De los protagonistas directos, pero más aún de quienes los protegen, mantienen y promocionan a pesar de su condición. Y, si es el caso, de los que les votan.

¿Podemos hablar de falsificadores? ¿De caraduras?

Dice el diccionario que caradura equivale a desvergonzado, sinvergüenza, fresco, descarado y conchudo (esto último, en Hispanoamérica).

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