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José Apezarena Editor de Confidencial Digital

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Una historia de las que no se cuentan (y si lo haces, prepárate)

“La estadística decía que era imposible recuperar a mi pequeña. Solo cinco de cada cien papás consiguen la custodia compartida en España, el único país cuya ley considera que un hombre es culpable si una mujer lo acusa. De cada cien denunciados por violencia de género, solamente dos lo logran”. Así comienza el relato, titulado “No sin mi hija”, que ha dejado en las redes un viejo amigo, que prefiere no publicar su nombre para no sufrir más problemas.

Además de maltrato, su ex mujer le había denunciado también por pegar palizas a su hija, una niña de cuatro años, “y en esas condiciones, nadie había conseguido recuperar a su hijo. Teníamos que ser los primeros, abrir camino”. Lo cuenta ahora, diez años después, tras haberlo logrado.

Es una historia que me parece estremecedora, leída en sus propias palabras. Por eso me hago eco de ella, porque me ha impactado. No la conocía.

Todo empezó en 2007, escribe, “cuando dormí en un calabozo por una denuncia falsa de violencia contra la mujer. Poco después de salir, fui rematado por otra de palizas a mi hija de cuatro años que tampoco aportaba prueba alguna. Mi niña se quedó sin padre un año entero. El caso fue sobreseído finalmente, pero nadie procesó a mi ex mujer”.

“Me preparé para una larga guerra de trincheras. Cien veces caímos mi hija y yo, ciento y una nos levantamos de nuevo. Una eternidad de denuncias falsas y recursos puestos por una mujer que la veía a ella como un manantial de riqueza, que sabía que siendo honrada no conseguiría vivienda ni dinero. Mi ex se había quedado mi piso y el ochenta por ciento de mis ingresos y contaba con los recursos de su familia de clase alta, que tiene dos pisos y un gran chalé. Yo no compraba ropa ni encendía nunca la calefacción, pero tenía el calor de mi madre y de mis hermanas Ana, Susana, Mónica y María Jesús”.

“También gozaba del cariño de mi hija, pero vivía en peligro permanente: en España, una nueva denuncia por violencia de género que no requiere pruebas paraliza cualquier petición de custodia compartida. De manera que retrasé una década ese intento. Vivíamos en el filo. Todo vale en este albañal inmundo en el que España se ha convertido desde que se implantó la ideología de género, que no juzga a las personas por sus acciones, sino por su sexo. Varón significa culpable y candidato a la cárcel”.

“En el plano público, aquella mujer denunciaba mentiras ante los jueces. En el privado, exhibía ante mi hija ya adolescente listas de hasta cuatro féminas que decía que habían sido maltratadas por mí. Llegó a decirle a mi hijita que yo había sido condenado a varios años de cárcel, pero me había librado de ingresar en prisión porque realizaba trabajos para la comunidad. Intentaba así convertirme en una especie de maltratador en serie para que la niña no dijera que también quería vivir conmigo”.

“Todo fueron absoluciones y sobreseimientos, pero los jueces nunca sentenciaron que la señora estaba mintiendo, de manera que yo vivía sumergido en una novela de distopía y con el agua más arriba del cuello. Cada madrugada, al ir a trabajar, dudaba si por la noche pernoctaría en casa o regresaría al calabozo. Cuando me encontré con mi ex en la calle, llegué a enviar al juzgado escritos preventivos para que no me metieran en la cárcel. Temía que estuviera buscándome para meterme entre rejas. Una vida de terror”.

“Algunos periodistas amigos de mi ex mujer testificaron a su favor sin habernos visto nunca convivir. Once años así. Escuchando que ser prácticamente el único periodista que se arriesgaba a publicar estas cosas me daba muy mala imagen porque eso “sonaba machista”. Pero publicar “estas cosas” equivalía a decir la verdad”.

“Mi pequeñuela y yo comprendimos que lo primero era no rendirse: “Never surrender”, como dice la canción de Corey Hart. Luchábamos contra la injusticia metidos en un grupo incondicional de gente grandiosa. Mis hermanas y mi madre nos regalaron su tiempo y sus muy escasos recursos. Así lograron que yo pudiera seguir viendo a la chiquitina y que el contacto paterno filial no se rompiera cuando yo sufría órdenes de alejamiento. La mayoría de los jueces de género las regala para cubrirse, incluso cuando el padre no ha dado ninguna prueba de peligrosidad”.

“La mujer de mi vida, Tania, también consiguió que hija y padre mantuviéramos el contacto en tiempos de máximo peligro de detención y cárcel, cuando mi ex vio que peligraba su dinero. Resulta imposible citar a todos los soldados de un ejército, pero Mario Arnaldo, Gabriel Araujo, Andrés Inocencio, Andrés Pérez Rubio y Juan del Moral siempre estuvieron ahí, escuchando mi llanto o resucitando mi cuenta corriente”.

 

“Durante todo ese tiempo de pesadilla intenté ayudar a otros. Aprobé dos licenciaturas y un doctorado en guerra de género ayudando al juez Serrano en la lucha contra las denuncias falsas que lo convirtió en un héroe represaliado por la Administración española y rehabilitado por la Justicia después (…). En el escenario judicial, Francisco Serrano fue el jurista de sosiego que encontró la vía que permitió que mi hija regresase a casa”.

“A partir de ahora, la estadística está rota: en algún rincón de Madrid sí que hay un caso de un papá y una niña que han podido volver a vivir juntos remando contra la corriente de una Justicia corrupta”.

“Todo el mundo conoce un caso cercano de varón con la vida destrozada por una denuncia falsa, pero casi nadie lo dice en voz alta. Es como si todos negasen que el sol sale por el este. El Consejo General del Poder Judicial considera nimio el porcentaje de denuncias falsas, pero es juez y parte. Cómo vamos a encargar de denunciar las trampas del feminismo radical… a los propios feministas radicales”.

Mi amigo termina su escrito así: “Dedicado a los que cayeron en esta lucha”.

editor@elconfidencialdigital.com

En Twitter @JoseApezarena

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