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José Apezarena Editor de Confidencial Digital

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Pedro Sánchez no es (ni de lejos) Angela Merkel

Sánchez y Merkel
photo_camera Sánchez y Merkel

Escribe Josep Maria Fonalleras, en El Periódico, que con el Covid-19 hemos oído mensajes “que van de la chulería a la sensiblería”, y a “científicos que o bien transmitían serenidad o bien inoculaban en la población aún más temor”.

La pandemia habrá servido también para entender de qué material están hechos los políticos. Ahí -afirma- hemos visto de todo: “El llanto incontrolable, la estatua más hierática, el exceso notorio, la displicencia, el afán de notoriedad, el desconcierto visible, las ganas de convertirse en un salvador del pueblo o de pasar a la historia con una frase memorable, acuñada por un gabinete de expertos en frases memorables”.

Y también nos hemos encontrado -añade- con Angela Merkel, capaz de construir un relato creíble y de mantener a distancia, tanto la suficiencia de quien es responsable de una Administración, “como la emotividad de quien habla a través del corazón. Determinada, sí, pero no desde la imposición, sino desde la advertencia severa de quien contempla un panorama devastador y avisa al caminante crédulo de los peligros inminentes”.

En efecto, la actuación de la canciller alemana, ya a las puertas de su retiro político, está impactando. Primero, por la firmeza en la toma de decisiones. Y, segundo, por esos últimos discursos advirtiendo a sus compatriotas con toda seriedad de que no cabe tomarse a la ligera las consecuencias de la pandemia.

En el solemne escenario del Bundestag, proclamó: “Si de aquí a Navidad tenemos muchos contactos y finalmente esta es la última Navidad que celebramos con los abuelos, habremos fallado en algo, y eso no puede suceder, señoras y señores diputados”.

En algunos momentos, hasta se emocionó, diciendo que el país no puede permitirse que todos los días, cada día, fallezcan cientos de alemanes víctimas del virus. "Duele de verdad en el corazón" -dijo- ir contra las tradiciones navideñas, pero "no son aceptables si el precio a pagar es que la cifra diaria de muertos alcance las 590 personas".

¿Imaginamos algo así en el caso de Pedro Sánchez? Un presidente que parece buscar que esta lluvia no le moje. Y que se ha quitado de en medio a la hora de tomar decisiones, pasando la pelota a otros, a las comunidades autónomas.

Un presidente del Gobierno frío, hermético, que parece no tener sentimientos, que no muestra empatía alguna. Como si no sufriera. Que se fue tranquilamente de vacaciones a Lanzarote mientras el país seguía derrumbándose.

En los peores momentos de la pandemia, no se le ha escuchado una palabra sentida de acompañamiento, y, en lugar de reconocer los errores, que los ha habido y hasta son inevitables, se atrevió a afirmar que él había salvado a 450.000 españoles.

 

¿Dónde está un llamamiento solemne, enérgico, definitivo, del presidente del Gobierno dirigiéndose a la nación para advertir de forma radical, de los comportamientos que no se pueden tolerar?  ¿Que adopta cuantas medidas sean precisas, sin miedo a quemarse?

Desde luego, Pedro Sánchez no es, ni de lejos, Angela Merkel. Y así nos va.

editor@elconfidencialdigital.com

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