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Cataluña y su magno cabreo

Sorpresa. Resulta que más de la mitad de los catalanes se declaran ahora contrarios a la independencia y partidarios de seguir formando parte de España. Lo ha corroborado el último sondeo de la propia Generalitat, que refleja que el apoyo a la creación de un Estado independiente ha caído 10,9 puntos estos dos últimos años. ¿Qué ha pasado?

Cuando el independentismo catalán se encontraba en su apogeo, escenificado en una espectacular Diada, que de paso provocó la borrachera de Artur Mas y su decisión de apostarlo todo a esa carta, algunos analistas apuntaron entonces que aquella eclosión había que relacionarla también con la dureza de la crisis económica.

Cuando sobrevienen situaciones globales de penuria y hasta pobreza, de paro, de problemas de liquidez, los ciudadanos reaccionan enfadándose, y enfadándose con todo lo que se mueve. Con razón. Expresan ese malestar de fondo protestando en cualquier dirección, apostando por el inconformismo, la revuelta y hasta la ruptura. Romper con todo. Aunque se llame España.

Amplios sectores catalanes, incentivados y convencidos desde el soberanismo independentista, identificaron al Gobierno de España, y por extensión a España misma, como la causa de sus malaventuras. Fue el instante en que triunfó absolutamente el eslogan “España nos roba”. Y el independentismo alcanzó su cuota más alta.

Pero, ¿qué he ocurrido desde entonces? ¿Qué factores han operado para llegar a la nueva situación, con el independentismo en minoría? Estos son algunos.

Primero, que una gran parte de la población se ha dado cuenta de que la culpa de la crisis que sufren ellos hay que atribuirla en gran medida a la penosa gestión económica que ha realizado la Generalitat, empezando por el desastre del tripartito pero continuado con los gobiernos de Artur Mas.

Hoy, la economía catalana, en otro tiempo puntera e innovadora, se ha quedado por detrás del dinamismo de otras regiones, entre las que destaca la comunidad de Madrid.

Se han dado cuenta los ciudadanos de que los recortes en sanidad, en servicios públicos, hasta en educación, los ha ordenado y aprobado, no el Gobierno de Madrid, sino el suyo, la Generalitat. Que, sin embargo, no ha recortado en los múltiples canales que emite la televisión autonómica TV-3, ni en representaciones en el extranjero, las famosas ‘embajadas catalanas’.

Y les ha llegado, aunque sea con dificultad porque el cerco mediático resulta férreo, la noticia de que el Gobierno, el Gobierno de España, está financiando la deuda catalana y el presupuesto de la propia Generalitat, que, en caso contrario, no podría hacer frente a pagos estratégicos, incluido el abono de sueldos a sus funcionarios.

Igualmente, ha calado el nítido mensaje, enviado por las instituciones y autoridades comunitarias, diciendo que en la Unión Europea no cabrá una Cataluña independiente. Ese escenario de exclusión y soledad llena de inquietud a los ciudadanos de a pie. Abonado estos días por la visión del drama que vive la Grecia de Tsipras y Siriza, sin dinero en los bancos y con colas para cobrar las pensiones.

También han escuchado la voz de algunas grandes multinacionales, e incluso firmas nacionales, anunciando que, en caso de una hipotética independencia, abandonarán inmediatamente Cataluña.

Por si fuera poco todo esto, se añade de manera destacada el tsunami de la corrupción de políticos catalanistas e independentistas, encarnado dramáticamente en la figura del ‘padre’ del soberanismo, Jordi Pujol, junto con todos sus hijos. El mensaje de que esas figuras históricas se envolvieron en la senyera para hacer negocios personales turbios resulta demoledor.

Todo eso ha ocurrido. Y ha acumulado un sumatorio que explica, en gran medida, el derrumbe espectacular del independentismo.

A todo lo cual conviene sumar la percepción, todavía somera e insuficiente pero real, de que la situación económica de España (y por tanto de Cataluña) empieza a cambiar. La economía crece sólidamente, se exporta más que nunca y se está creando empleo, aunque sea todavía de baja calidad. Es decir, que aquel gran cabreo básico y radical, el enfado por la crisis que fundamentó los movimientos que confluyeron en la Diada, ha transitado a cotas menos extremas. Y no pocos catalanes se están bajando de aquella reacción de ruptura que llevó el independentismo a cotas máximas en las encuestas.

Por supuesto, el independentismo sigue siendo una realidad, y muy numerosa, en Cataluña. Pero el dato es que hoy ya no son mayoría.

editor@elconfidencialdigital.com                                                                

Twitter: @JoseApezarena


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José Apezarena

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