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El PP, un partido al borde del ataque de nervios

El PP se ha convertido en una auténtica olla de presión, a punto de estallar por los cuatro costados. Parece, recurriendo a la ayuda de un conocido título, un partido al borde del ataque de nervios. Más aún, yo diría que en pleno ataque. Tanto, que casi habría que hablar de histeria colectiva.

Sucede que la digestión de los malos resultados cosechados en las elecciones locales y autonómicas está siendo mucho más pesada de lo calculado.

Y lo original es que los problemas serios no vienen de fuera, no proceden de críticas externas o de presiones de la opinión pública, sino que surgen sobre todo desde dentro.

Así, en las últimas horas las tensiones se han desatado casi sin control. Como si hasta aquí todo el mundo hubiera estado conteniéndose, callando, tragando, y en cuanto ha aparecido el primero que se ha atrevido a alzar la voz, siquiera sea levemente, otros más se han envalentonado y empiezan a descalificar en todas direcciones, pero sobre todo hacia arriba. Alguno lo ha hecho en público, casi todos los demás en pasillos y en corros mediáticos.

Un comportamiento, dicho sea de paso, que se me antoja muy poco gallardo. Porque, si estaban tan disconformes, si eran tan contrarios y tan críticos con la línea impuesta por la dirección nacional, y más en concreto por Mariano Rajoy, oportunidades han tenido antes, en no pocas ocasiones, de manifestarlo a la claras. Y no lo han hecho. Han callado como estatuas de sal.

Lo que está aconteciendo decepciona un poco. Porque uno esperaría de políticos y dirigentes algo más de cuajo para aguantar el mal momento, incluso más oficio y veteranía para capear temporales de este tipo sin perder la compostura. No es la primera vez que una formación política resulta vapuleada en un cita electoral, ni será la última.

¿Qué les ocurre? Que, además de las elevadas cuotas de poder (y de ingresos) que han perdido este domingo, además han visto las orejas al lobo. Las orejas de un posible mal resultado en las elecciones generales, y eso ha sembrado definitivamente el terror en las filas populares.

Pero hay algo más. Eso que suele contarse que ocurre en las manadas de tiburones, que nadan juntos y conviven pacíficamente, hasta que uno de ellos, por el motivo que sea, resulta herido y su sangre salta al agua del mar. En ese momento los compañeros se lanzan sobre el ejemplar malherido, que resulta víctima instantánea de la voracidad del resto.

El problema es que no solamente ha quedado malparado el tiburón macho, el jefe de la manada, sino que hay sangrando varios otros ejemplares más. Y los 'compañeros' se están esmerando en cumplir el ritual devorador.

Es, en resumen, lo que viene aconteciendo, en estas horas, dentro del principal partido del país, sin que hasta el momento nadie haya querido, sabido o podido cortar la sangría.

editor@elconfidencialdigital.com

Twitter: @JoseApezarena

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José Apezarena

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