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Por qué Rajoy ha soltado un discurso soporífero

Si algo tiene Mariano Rajoy, como político, es veteranía parlamentaria. Lleva años calentando escaños en el Congreso, como diputado, como ministro, y ahora como presidente.

Por ello, el discurso soporífero que soltó ayer, en el pleno de investidura, no cabe atribuirlo a un error o un descuido. El primero que sabía que estaba, como suele decirse, aburriendo a las cabras es el propio protagonista.

¿Por qué Rajoy eligió ese tono, bajo, sin acento, sin emociones, una disertación plana que han criticado hasta sus propios socios, los dirigentes de Ciudadanos?

Podemos aportar algunas claves.

El candidato estaba decidido a no encorajinar a los socialistas. Eso explica que ni les citara por su nombre, y que apenas hubiera referencias directas. Y muchos menos críticas y descalificaciones.

¿Por qué? Por dos motivos. El primero, porque, se quiera o no, la investidura pasa por la voluntad del PSOE, es decir, por esa abstención que, por cierto, tantos barones reclaman a Pedro Sánchez; y el candidato no desea enemistarlos más.

El segundo, para que, en el supuesto de que persistan en el “no”, no puedan excusarse en que les ha menospreciado o agraviado, haciéndolo así imposible.

Es más. La intervención insistió, una vez tras otra, en la necesidad de una coalición amplia, que sustente un Gobierno fuerte, de amplio respaldo. Para lo cual resulta imprescindible el PSOE.

Pero, sobre todo, Rajoy no se empeñó ayer a fondo porque sabe que el primer discurso no sirve para nada. Es un simple trámite. Y que donde se van a jugar los cuartos todos, y él en primer lugar, es en la sesión de hoy, en los debates de este pleno.

Así que, para las réplicas y dúplicas, ha escondido el candidato las bazas decisivas, las respuestas contundentes, las descalificaciones, y hasta los menosprecios, una técnica, por cierto, que Rajoy utiliza en algunas ocasiones. Que se lo pregunten, si no, a Rosa Díez.

Otra clave de la pieza presidencial fue la repetida referencia a Ciudadanos y a Coalición Canaria formando una especie de unidad, equiparados, como dando igual importancia a los 32 diputados de C’s que al solitario escaño de la regionalista Oramas. Una sutileza que posiblemente busca bajar un poco los humos a Albert Rivera y compañeros, que se dieron cuenta de que lo estaba haciendo y por eso han dejado traslucir un cierto resquemor.

Rajoy exhibió, en cambio, un punto de apasionamiento cuando habló de la unidad de España, asunto en el que estuvo algo más encendido, dentro de lo que cabe. Tal vez como tributo a los socios de C’s, o tal vez buscando arrebatarles una de sus bazas más claras como formación política.

Y contundente, casi insultante, se mostró con el independentismo catalán, remarcando hasta la saciedad que el único soberano es el pueblo español, que puede y debe decidir sobre los asuntos que le atañen.

Pero, curiosamente, a ese respecto no citó ni a Euskadi ni al PNV. Quizá porque, a pesar de todas las declaraciones, no cierra la puerta a que le presten alguna de las seis abstenciones que necesita.

¿Alguien está dispuesto a que haya otras elecciones?, preguntó a la Cámara dialécticamente, casi teatralmente, el candidato. Atizando así el fuego lento en el que se están cociendo Pedro Sánchez y su equipo de Ferraz, que, si no tienen cuidado, acabarán apareciendo como los culpables de que en España se convoquen de nuevo, lo que acarrearía un desorbitado precio en las urnas. Sin descartar la desaparición.

En realidad, la batalla de la investidura se da hoy. Un combate, sin embargo, que una vez más se escenificará para la opinión pública, para los medios de comunicación. Porque, no nos engañemos, se diga lo que se diga en el hemiciclo, nadie cambiará de opinión por ese debate.

Y, si acaso se produce alguna novedad de cara a la investidura, será porque existen negociaciones secretas, en pasillos alejados y despachos discretos.

El pleno de investidura, en fin, es puro escenario.

editor@elconfidencialdigital.com

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José Apezarena

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