Miércoles 13/12/2017. Actualizado 01:00h

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La verdad, nunca pensé que declararían la independencia

Lo reconozco. Nunca pensé que declararían la independencia de Cataluña. Por eso, todavía casi no me lo creo.

No lo imaginé, porque eran tantas las razones en contra, tantos los obstáculos, tan tremendas las consecuencias, que supuse que allí habría personas inteligentes, sensatas, con sentido común, con los píes en el suelo, en número suficiente como para hacer imposible dar ese paso hacia la autodestrucción.

Creí, por ejemplo, que resultarían disuasorios la soledad internacional que estaban encontrando, las puertas cerradas en todas las cancillerías, y sobre todo los serios avisos desde Bruselas insistiendo en que Cataluña quedará absolutamente fuera de Europa.

Me pareció también que la suma de atropellos legales y democráticos que estaban cometiendo, con leyes aprobadas sin debate y sin permitir hablar a la oposición, con normas permanentemente desmontadas desde los altos tribunales y desde el Constitucional, junto con la mascarada del falso referéndum, harían entrar en razón a muchos.

Consideré un factor casi decisivo, para deshacer el proceso, el aldabonazo causado por la huida de las principales empresas de Cataluña, empezando por sus dos bancos, Sabadell y Caixabank, pero también sin descartar la marcha de Seat. Se está desmoronado el tejido económico e industrial de aquella tierra.

A lo que, en lo económico, se añaden efectos ya amargamente comprobados como los descensos de en torno al 30% por ciento en las ventas de productos catalanes o la baja del 25% en el turismo, una caída que no ha hecho más que empezar.

Sin olvidar el temor a las decisiones de los jueces, que han puesto en marcha todos los resortes legales para castigar delitos tan serios como la rebelión, la sedición y la malversación de caudales públicos, a los que se añaden imponentes multas económicas que algunos tendrán que afrontar con su patrimonio personal y familiar.

Todo ello sumado, se me antojaba munición suficiente como para frenar la deriva secesionista, si quiera fuera en el último minuto.

Pero sobre todo, lo confieso, esperaba que una mayoría de los dirigentes del PdeCat, la antigua Convergencia, harían honor a su historia y comportamientos pasados, a su tradicional pragmatismo y sentido común, y que por tanto frenarían el proceso en el tramo definitivo.

No descarté, por eso, ingenuo de mí, que un número apreciable de sus diputados al final votarían NO a la declaración de independencia, impidiendo así una mayoría suficiente en el Parlament. Y mucho más lo pensé cuando se anunció votación secreta: esos diputados podrían dar marcha atrás sin sufrir una exposición excesiva, sin demasiado coste personal y de imagen.

Pues bien, no ha ocurrido así.

Admito que durante todo este tiempo me venía a la memoria el título de una obra de Jean Giraudoux, “La guerra de Troya no tendrá lugar”, y me repetía un día tras otro: La independencia no tendrá lugar. Me he equivocado de pleno.

Intento ahora imaginar que pasa por las cabezas de esos dirigentes y diputados del catalanismo moderado, es decir, de la antigua Convergencia. No logro alcanzar cómo, por qué y por quién han sido abducidos.

Lo cierto es que van a conducir Cataluña al despeñadero. Si no se dan cuenta, es que están ciegos absolutamente.

Y si, por casualidad, lo imaginan, o al menos lo intuyen, y se han dejado llevar, por desidia, o más bien por cobardía, entonces que es son unos malvados y unos traidores. Traidores al buen sentido. Traidores a su tierra y a sus gentes. Traidores a España, traidores a Europa.

editor@elconfidencialdigital.com

En Twitter @JoseApezarena

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José Apezarena

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