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Alcaldes andrajosos

Me gusta esta sociedad en la que me ha tocado vivir. No es perfecta pero muestra avances con respecto al pasado y la valoración general que hago es positiva. Uno de esos ámbitos de progreso es la defensa de la dignidad de la persona.

Se cometen atropellos, es indudable. Y abusos. Muchos. Pero si miramos un poquito a los siglos precedentes vemos que hemos evolucionado: la lucha por la igualdad de la mujer, la cruzada contra la explotación de menores, la solidaridad y el apoyo a los más desfavorecidos, la defensa de los derechos humanos, la persecución del maltrato animal… son batallas que se están librando y que no tienen vuelta atrás. Antes no era así.

Pues bien. En este marco, sitúo un debate que se ha puesto de moda últimamente: cómo se presentan en público nuestros gobernantes.

Alguien puede pensar que me he pasado tres pueblos, que es una exageración llevar a este terreno una cuestión relacionada con la estética, la vestimenta, el modo de presentarse uno mismo. Pero yo lo tengo claro: es una cuestión muy relacionada con la dignidad humana.

El decoro tiene que ver con el carácter social del hombre. No vivimos solos o aislados. Una convivencia excelente reclama una armonía basada en unas pocas normas. No son dogmas, faltaría más, pero tampoco es una simple cuestión de gusto. En este campo, hay amplios consensos.

No utilizar desodorante, expresarse a gritos, llevar piojos, dar rienda suelta a las ventosidades, utilizar habitualmente palabras malsonantes o ducharse sólo los meses pares son opciones libres, legítimas, pero no por ello incalificables. De hecho, una amplia mayoría social coincidirá en que es indigno. No dice nada bueno de quién así se comporta… por más auténtico que resulte.

Incluso en ámbitos de gobierno se piensa así. Recuerdo que, hace no mucho, tres ayuntamientos catalanes –los de Barcelona, Sitges y Salou, en concreto– prohibieron andar sin camiseta o solo en bañador por la ciudad, a excepción de la playa y las zonas limítrofes. A muchos les pareció algo razonable.

Por todo lo dicho, no entiendo a quienes jalean la actitud de esos alcaldes que faltan al respeto a los ciudadanos al presentarse a determinados actos desaliñados: en vaqueros, con la camisa por fuera, medio despeinados y barba de tres días.

No me parece nada progresista: todo lo contrario. Supone volver a las cavernas, la garrota y el mamut.

Allá ellos.

Más en twitter: @javierfumero

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Sobre el autor...

Javier Fumero

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