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Alumnos muy ordinarios

Siempre me ha parecido importante el cuidado de las formas. Porque no es inocente. Educación significa instrucción, cortesía, urbanidad, alejarse de lo salvaje. Que la razón (lo más elevado del ser humano) actúe como guía del comportamiento frente a la barbarie, lo instintivo o lo insensato.

Se dice de un niño que es malcriado (que no ha sido bien educado) cuando es soez, insolente, descortés, grosero o simplemente tosco, poco pulido. Tiene una razón de ser.

Una sociedad es más excelente si sus ciudadanos son educados. De eso hay pocas dudas. Uno agradece un comportamiento cordial en la ventanilla del Metro, en la consulta del médico, en la panadería o cuando el fontanero acude a nuestra casa. De hecho, se califica a una persona de incivil cuando es irrespetuoso o desconsiderado.

Digo todo esto a cuenta de lo sucedido este martes, en el Auditorio Nacional de Madrid. Allí, el ministro de Educación, José Ignacio Wert, entregaba a los alumnos teóricamente más brillantes de la universidad española los Premios Nacionales Fin de Carrera.

Pues bien. En torno a una docena de ellos negaron el saludo al ministro, además de reivindicar con sus palabras y el color verde de sus prendas una educación pública “libre y para todos”.

Se puede discrepar. Aquí mismo he repetido muchas veces que la sociedad civil debe reaccionar y hacerse escuchar, mostrar su descontento. Ante quien consideren que no está a la altura o les defrauda. Adelante.

Pero ahora añado: siempre con respeto y educación.

Estamos cansados de los abusos, de los atropellos y de las indecencias. De los protagonizados por los miembros menos ejemplares de la clase política y empresarial española pero también de los orquestados por aquellos que tiran tartas a la cara, rompen escaparates, destrozan mobiliario urbano, lanzan escupitajos o saquean supermercados.

Son primos hermanos de estos alumnos muy ordinarios. De esos también estamos cansados. Creo que no nos hacen ningún bien.

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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