Miércoles 13/12/2017. Actualizado 13:33h

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España no debe empezar 2015 lloriqueando

Comienza un nuevo año. Son días de hacer balance y tratar de establecer un pronóstico sobre lo que viene. Y es curioso constatar el miedo a pasarnos de frenada, a ser demasiado optimistas. Nos sucede también como país. Creo que España tiene graves problemas de autoestima.

Somos analfabetos emocionales y eso nos lleva a infligirnos daño. Nos reprimimos minimizando los aspectos de nuestra vida que van bien y contenemos los argumentos esperanzadores.

Es probable que sea un mecanismo de defensa: ponernos en lo peor para evitar sufrimientos, desengaños o frustraciones innecesarias. Pero la estrategia tiene efectos perversos: una persona pesimista trabaja peor y reduce sus expectativas; quien se atreve a menos, cosecha menos.

Por eso cuando refrenamos los sueños, justificamos nuestra actitud fustigando a quienes ven las cosas de manera más positiva. Confiar en que nos irá mejor, por más que las circunstancias confirmen que es un planteamiento razonable, es –gritamos- de gente utópica, insensata, inmadura. Leña al cándido confiado.

Y mientras tanto la vida sigue.

Hace año y medio uno de los comentaristas económicos más reputados del Reino Unido afirmó lo siguiente:

-- “España es oficialmente insolvente: saquen su dinero mientras puedan”. Firmado: Jeremy Warner, director adjunto del Daily Telegraph.

Meses antes, desde ese mismo país se había articulado una iniciativa para diseñar un plan de evacuación dirigido a los miles de británicos expatriados en España y Portugal. Debía ponerse en práctica en caso de colapso financiero.

Aquello provocó una tormenta increíble en España. Nos hizo polvo, nos dejó por los suelos, lamiéndonos las heridas. “Fíjense qué mal estamos”. “Lo que dicen de nosotros”. “No somos nada”. “Vamos de mal en peor”. “Esto no tiene remedio”.

Sin embargo, la realidad es tozuda. Años después, provoca risa cotejar con lo que ha sucedido, con la vida real, tanto aquella declaración como la propuesta. Pero mirando hacia atrás comprobamos que estos sucesos no nos llevan a sacar conclusiones, a madurar como nación.

Son los síntomas propios de esa enfermedad que llamamos falta de autoestima: priorizar el “cómo nos ven” al “cómo somos realmente”; volcar todos los esfuerzos en que los demás nos conozcan, nos comprendan, nos acepten y nos quieran. Así es como esperamos muchas veces recuperar las buenas sensaciones.

Esto explica, según los expertos, el sufrimiento de las personas cuando se creen peores de lo que son. Van por la vida rotos por dentro, cada vez más vulnerables a las circunstancias que les rodean y mucho más indefensos ante el entorno familiar, social y profesional. Lo que piensen los demás empieza a ser más importante de lo que piense uno mismo.

España tiene grandes retos que afrontar este 2015. Cosas que no van y que exigen remedio urgente. Sobra corrupción y sobran muchos mangantes, hay mucha desconfianza, faltan referentes sociales, crecen los focos de violencia brutal, la democracia brilla por su ausencia, hay mucho fraude y escasez de tolerancia.

Sin embargo, también hay cosas que funcionan mucho mejor que antes. Hay mejores resortes para hacerse escuchar. Se investigan los delitos y vemos entrar en la cárcel a los delincuentes: quizás no a todos, pero sí a una buena parte. La crisis ha demostrado que los empresarios españoles tienen creatividad y recursos abundantes.

Por si todo esto fuera poco, España ha dado muestras de tener un gran corazón: nunca se habían visto estas cotas de solidaridad entre los ciudadanos de nuestro país. Tenemos compañías pujantes y talento para dar y tomar.

Qué quieren que les diga. Quizás peque de utópico, insensato o inmaduro pero yo creo que hay razones para el optimismo. Lo pienso sinceramente.

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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