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Órdenes de equipo = prostitución

Anda el Dakar conmocionado con la noticia de que la escudería Mini X-Raid ordenó hace cuatro días  a sus tres pilotos que levantaran el pie del acelerador y aseguraran las posiciones, con el español Nani Roma como líder, por delante de Peterhansel y del catarí Nasser Al Attiyah. ¿Cuál era el objetivo? Copar el podio final con los tres vehículos de la marca.

Las órdenes de equipo tienen muy mala prensa porque se suelen adoptar por motivos comerciales, por intereses ajenos al desafío deportivo. Es decir, porque prostituyen el fin propio de cualquier competición: que gane el mejor.

Con un pacto ordenado por pinganillo no gana el mejor necesariamente. Gana quien paga la factura y los sueldos.

No digo que sea un proceder completamente ilógico porque quien pone los cuartos y arriesga su dinero algún derecho tendrá sobre cómo explotar mejor el previsible éxito. Pero lo cierto que, aún así, no es una alternativa bien vista ni de fácil digestión. Todo lo contrario. Más bien se suele percibir como algo obsceno.

¿Qué decir entonces de las órdenes de equipo en la política? Me refiero, claro está, a la disciplina de voto que los políticos españoles deben mantener hacia las consignas señaladas por la superioridad. Yo lo considero otro horror. Fundamentalmente por dos motivos: impide la higiene y desnaturaliza el servicio público que debe ser la política.

La imposición de unas listas cerradas emponzoña todo el proceso. Los líderes colocan en las listas a sus peones, a quienes ellos consideran conveniente. No necesariamente a los mejores; muy probablemente a los más dóciles. Todo por gracia emanada de sus propios estatutos y con la complacencia de todos nosotros, los ciudadanos, que todavía permitimos este bochorno.

De esta manera, un elegido (concejal, diputado, miembro de un comité ejecutivo) deberá pleitesía eterna a aquel que le colocó –por su graciosa benevolencia- en la silla, a aquel que le permitió asegurar un sueldo fijo no pequeño y acceder al foro de los gobernantes.

¿Qué primará entonces en su trabajo diario? ¿Qué guiará su proceder? ¿El bien común, el provecho de los ciudadanos, lo que más convenga a su país, ciudad o pueblo? ¿O lo que le ordene aquel capaz de quitarlo y ponerlo? La respuesta cae por su propio peso.

Cada día que pasa se hace más perentorio cambiar este sistema. Los políticos deben rendir cuentas, única y exclusivamente, a quienes los eligen con su papeleta, a quienes representan, a quienes les pagan el sueldo cada mes. A nadie más.

Por eso, me parece muy mal que se expulse a los diputados del PSC que apoyaron la celebración de una consulta independentista en Cataluña. O que se sancione a Celia Villalobos, si ella considera en conciencia que debe votar a favor del aborto. No comparto los postulados de los unos y de la otra, pero me parece perversa la prostitución que suponen estas órdenes de equipo.

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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