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Prohibido criticar el suicidio asistido

He visto estos días algunos medios de comunicación haciéndose eco del suicidio asistido protagonizado por Betsy Davis, una norteamericana que decidió invitar a sus amigos a un fin de semana en su finca para pasar con ellos las últimas horas antes de tomar una dosis mortal de fármacos.

Hace tres años le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y su movilidad había quedado reducida al mínimo. No quería morir de insuficiencia respiratoria, ni conectada a unos aparatos, decía.

Un caso impactante y conmovedor, difícil y delicado, sin duda. Sólo puedo solidarizarme con el sufrimiento de esta persona y respetar su decisión. No voy a juzgarla porque no soy quién, ni tengo derecho. Pero sí quiero hacer algunas consideraciones generales. Insisto: dejando a un lado el caso personal de esta señora.

Todavía recuerdo un artículo de hace un par de años, publicado en la revista británica Spiked, que llamaba la atención sobre un hecho realmente sorprendente. Hasta hace muy poco, el suicidio se consideraba un acto moralmente negativo: un gesto nihilista, una acción destructiva, una manifestación de egoísmo que dañaba no sólo al interesado, sino también a su familia, a sus amigos y a la comunidad. Antes era algo patológico. Ahora lo que se considera patológico es criticarlo.

Brendan O’Neill, el director de la publicación, sostenía que el suicidio “revela la incapacidad de la sociedad para afirmar el valor de la vida, el valor de la lucha por la existencia, lo cual puede tener el indeseado efecto de convertir el suicidio en algo normal, posiblemente incluso positivo”.

Es verdad. La sociedad trata el suicidio de un tiempo a esta parte como una legítima opción. Da pena, lógicamente, pero se insiste en el sacrosanto derecho de cada cual a decidir sobre su existencia. Esta postura ha recibido tal respaldo social y gubernamental en los últimos años que la legalización del suicidio asistido o el ‘derecho a morir’ en algunos países occidentales es ya una realidad.

Este posicionamiento no es inocente. Porque presentar el suicidio como algo que está más allá de cualquier crítica moral, contribuye a normalizarlo.

En aquel texto se incluía una cita de Chesterton, que decía:

-- “El hombre que mata a un hombre, mata a un hombre; el hombre que se mata a sí mismo, mata a todos los hombres, porque –en lo que de él depende- elimina a todo el mundo”.

Por eso digo que el caso de Betsy Davis me provoca respeto y solidaridad: a saber lo que esa mujer sufría, por lo que ha pasado, cuánto ha padecido. Pero a la vez me atrevo a decir que el suicidio (analizado así, en general) es una equivocación. Un fracaso de una sociedad que no ama suficientemente la vida. O que no la ama en su totalidad, con sus luces y sus sombras.

En cualquier caso, nunca entenderé esos reportajes idealizadores que presentan algo tan doloroso, traumático e inhumano como un suicidio bajo un velo de romanticismo y simpatía, casi de ensueño. Esto me escama.

Más en twitter: @javierfumero


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Javier Fumero

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