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La confidencia de Soraya sobre su hijo

Me ha impresionado una anécdota que narró la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría a la directora de Yo Dona, cuando la entrevistó para el número de la semana pasada. Describía la vice lo difícil que resulta a los políticos conciliar la vida profesional con la familiar, adecuando por ejemplo su agenda al calendario escolar.

Hay días, explicaba, que el Ministerio de Presidencia se llena de niños, también de los funcionarios varones, que deambulan por las dependencias con toda la naturalidad del mundo.

-- Mi hijo, cuando lo dejo atado en la sillita para que lo lleve su padre al colegio, me dice: ‘Vuelve prontito, mamá’”.

Y añade el siguiente relato:

-- “La verdad es que yo soy poco de cenas. Me pasa como al presidente del Gobierno: siempre muy limitadas. Pero por casualidad mi marido y yo habíamos tenido algunas, y también viajes. Y llega mi hijo, que ahora tiene cuatro años pero entonces dos y pico, y dice: ‘Vamos a jugar a algo, a que yo me voy de cena y tú te quedas en casa. Y lloras’. Y pensé, ¡tela!”.

Buf.

No sé qué pensarán ustedes: a mí me parece bastante duro.

Hay otro ejemplo de esto mismo, relativamente reciente. Carme Chacón fue ministra de Defensa durante el Gobierno Zapatero y tuvo que criar un bebé mientras acudía al consejo de ministros. En un artículo publicado por El Mundo hace unos meses, explicó lo siguiente:

-- “Al comienzo, los primeros meses que me separaba de mi hijo, tenía un sentimiento casi de dolor físico, hoy transformado ya en la habitual culpa. Sentía un desgarro. Pero pronto descubrí que mi sentimiento era el mismo que el de mi hermana, que es dentista, o el de mis amigas de la facultad de Derecho, hoy abogadas. El mismo que sienten la cajera de un supermercado y la profesora de instituto. Lo hablaba con ellas y todas sentíamos lo mismo, la tarea política no genera un sentimiento distinto, ni una culpa especial. Te sientes como todas las demás”.

Y añadió:

--  “Vas a echarlo de menos, lo vas a dejar dormido, o llorando, y lo vas a encontrar dormido o despierto y dándote un inmenso abrazo reparador. Da igual cuál sea tu profesión, te irás preocupada si tiene fiebre, y contenta si se queda jugando y no te hace ni caso. Y todos esos sentimientos son buenos y naturales, tanto si tienes que operar a corazón abierto o si tienes que defender una ley en el Parlamento. Nadie es sólo cirujano o político, todos somos algo más, algo con lo que acudimos dándole vueltas en la cabeza a nuestro trabajo, pero sólo las mujeres somos madres, y ese es un milagro al que ninguna debería verse obligada a renunciar”.

Es cierto que media España sufre este tipo de situaciones. Y es peor cuando no cobras un buen sueldo (como sucede en los dos casos citados aquí arriba) y, por lo tanto, ni tienes con quién dejar al niño, ni opción de pagar una guardería. Eso lo complica todo mucho más.

Pero esto no quita para que en el análisis general que hacemos sobre la vida que lleva la clase política, incluyamos también este tipo de hechos. Hay corruptos, hay trepas, hay vagos, hay mediocres, hay caraduras… pero también entre los políticos españoles hay profesionales que dejan a jirones su vida personal por servir a un país.

Más en twitter: @javierfumero


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Javier Fumero

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