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El horror de unas ráfagas de kalashnikov

Un horror. Lo sucedido este miércoles en París es un horror. Doce personas asesinadas a sangre fría en la redacción de la revista humorística que logró fama mundial tras publicar una viñetas burlándose de Mahoma y el Islam es sobrecogedor.

He escrito varios artículos posicionándome públicamente contra la sátira transgresora y faltona. El humor sí debe tener límites. Porque eso mejora a la sociedad. No es ni cortedad de miras, ni dictadura, ni un ataque a la creatividad o al arte.

El recurso a la zafiedad es muy poco inteligente. Los chistes que mentan a tu madre o atentan contra las creencias religiosas demuestran una gran intolerancia. ¿Por qué? Porque esas bromas suponen un atropello a la persona. Son vejatorios y denigrantes. Nos hacen un flaco favor como sociedad.

Es precisamente este argumento el que me permite hoy rechazar, también con total contundencia, el uso de la violencia contra los viñetistas de Charlie Hebdo.

Este acto terrorista es una vileza brutal porque supone la mayor falta de respeto hacia el discrepante.

Por eso la violencia nunca está justificada. En ninguna circunstancia y bajo ninguna forma. En democracia no hay atajos ni excusas que valgan. No se puede utilizar la violencia como medio para la obtención de un fin. Nunca.

Por eso me parecen abominables los tiros en la nuca, las ráfagas de ametralladora, los escraches en la puerta de casa, los zarandeos y empujones a la salida de un juzgado, las pintadas o cócteles molotov en las sedes de partidos (de cualquiera), los bates de béisbol en manos de hinchas, los adoquines o tirachinas con rodamientos...

Ningún hombre de bien puede defender el recurso a ninguna de estas prácticas.

Sólo se mostrarán disconformes, entiendo, los que tengan precisamente como objetivo cargarse el sistema, la democracia, la concordia, la propia estructura social.

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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