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Qué le pasa al director de El País con los confidenciales

El director de El País participó este jueves en un desayuno informativo en Madrid y arremetió, como suele ser habitual en los directivos del Grupo Prisa, contra los medios de comunicación que trabajamos en Internet con fuentes propias.

Antonio Caño se refirió a los confidenciales como esos medios “que se saltan todas las reglas del periodismo”. También censuró el trabajo de los tertulianos: “esos colegas periodistas que no tienen reparo en convertirse en modernos inquisidores a la hora de criticar a otros”.

Es curiosa la falta de encaje que demuestran los ‘popes’ de la prensa tradicional. No están acostumbrados a que una pequeña empresa periodística, con muchos menos medios que sus grandes trasatlánticos, les coman la tostada. Entonces, recurren a la descalificación.

Me parece un error. Por varios motivos.

Para empezar porque no parece muy inteligente calificar de estúpidos a los millones de lectores que se informan habitualmente a través de confidenciales como éste. Se les trata de masoquistas, personas sin criterio o lo suficientemente atolondrados como para empeñarse en perder su tiempo leyendo falsedades. Algo no cuadra.

Sobre todo porque los ciudadanos cada vez tienen menos tiempo, más criterio y una oferta informativa cada vez mayor. Es decir, cada vez toleran menos las trapisondas y los atajos. El que no ofrece información de calidad acaba arrinconado y sin futuro: sin lectores, sin relevancia, sin notoriedad y, por tanto, sin ingresos publicitarios.

Sin embargo, la realidad demuestra que algunos confidenciales –le pese o no al señor Caño- forman parte ya del universo periodístico de nuestro país. Han venido para quedarse.

Pero además, el director de El País mete la pata al actuar como un inquisidor más de actuaciones ajenas cuando haría bien en ser crítico primero con lo que sucede en su propia casa.

Sólo voy a recordar un caso, bastante reciente, desvelado precisamente por El Confidencial Digital el pasado mes de septiembre. Dos periodistas abandonaron la redacción que dirige Antonio Caño acusando a El País de censurar un artículo sobre Soraya Sáenz de Santamaría y Telefónica.

Manuel Altozano y Rafael Méndez, periodistas del equipo de investigación, atribuyeron a la dirección del diario la modificación de una noticia sobre la vicepresidenta del Gobierno y su marido Iván Rosa para no molestar a Moncloa. Una vergüenza.

A la vista de lo sucedido, mi conclusión es que la queja de Antonio Caño proviene de un deseo inconfesable, muy del gusto, por cierto, de todo aquel que siente especial aversión a la transparencia, al aire limpio, a la luz y a los taquígrafos: para el director de El País y el Grupo Prisa su vida sería mucho más placentera si no existieran los confidenciales.

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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