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Que vayan desfilando, todos

No hay un día sin sobresalto. La última sorpresa la han protagonizado, casi al alimón, Eduardo Zaplana y el número dos de Hacienda, José Enrique Fernández de Moya.

El primero fue detenido en Valencia por un presunto delito de blanqueo de capitales, cohecho y fraude contra la hacienda pública. La Guardia Civil considera acreditado que Zaplana cobró comisiones durante su etapa como máximo responsable de la Comunidad Valenciana. Estos pagos sumarían más de 10 millones de euros, que han aflorado ahora por recientes operaciones que Zaplana habría llevado a cabo con dinero oculto en Luxemburgo y Uruguay repatriado a España en los últimos años.

La mano derecha del ministro Cristóbal Montoro, por su parte, ha sido citado a declarar el próximo día 5 de junio por posibles delitos de prevaricación, falsedad en documento mercantil, malversación de caudales públicos, cohecho y tráfico de influencias durante su etapa como alcalde de Jaén.

Vaya por delante que, hasta que no se demuestre lo contrario, estos dos señores siguen siendo presuntos delincuentes, sólo presuntos. Un juez debe declararlos culpables para que se acredite que lo son. Mientras tanto, siguen siendo inocentes.

Sin embargo, voy a ponerme en lo peor. En el caso de que Zaplana y Fernández de Moya sean declarados culpables por un tribunal, estaré del lado de los que exigen que caiga sobre ellos todo el peso de la ley. Y si me apuran, con especial celo.

Lo digo por una obviedad: quienes ostentan cargos públicos tienen especial obligación de velar por su integridad. La corrupción de aquellos que detentan, por delegación expresa de los ciudadanos, un puesto de responsabilidad en cualquiera de los poderes del Estado es doblemente dañina. La Justicia debe tener esto en cuenta y aplicar penas ejemplares.

Añado un dato más. Por lo que parece, tampoco aquí estaríamos hablando de un simple caso de flaqueza, de un delito puntual, de un hecho aislado de perversión. De los indicios que se han presentado contra Zaplana, por ejemplo, parece deducirse que se orquestó una auténtica trama corrupta e inmoral dirigida a desviar, durante años, grandes cantidades de dinero para fines privados.

Uno es comprensivo con la fragilidad, insisto. Con un momento puntual de debilidad. Pero el diseño perfectamente organizado de una estructura creada de forma expresa para el engaño y el latrocinio es deleznable.

Por eso digo, sin complejo alguno, lo de “que vayan desfilando, todos”. Sin excepciones.

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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