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Cuando votar se convierte en dogma

¿Votar como dogma? ¿Preguntar al pueblo por cada medida o disposición que un dirigente debe tomar? ¿Consultar como objetivo prioritario? ¿Cualquier elección es buena por el mero hecho de proceder de una votación democrática? No lo veo.

El pueblo cuando elige un representante público entiende que escoge a un especialista con dotes para el gobierno, es decir, con conocimientos suficientes para decidir el mejor modo de llevar una ciudad, una región o un país. Delega el poder en unos expertos/as que él controla capaces de estudiar los temas y, entre las diversas opciones, sepan escoger la que consideren mejor para todos/as: la más rentable, útil y conveniente.

Cada cuatro años, al menos, este señor o señora pasa un examen sobre su forma de gobernar. Si se equivoca mucho, se irá a la calle. Si es bueno seleccionando colaboradores que tomen las mejores decisiones entre las diferentes opciones, seguirá al frente del timón. Así, mientras tanto, los ciudadanos pueden dedicarse a lo suyo: a esas tareas profesionales que dominan, al enorme desafío que supone gestionar una familia, a mejorar su entorno, a descansar…

Por todo lo dicho no me parece conveniente esta tendencia, aparentemente democratizadora, de consultar –por sistema y casi todo- a los ciudadanos. ¿Qué se yo cuál es el mejor sistema para gestionar las basuras de una localidad? Para eso elijo al alcalde o alcaldesa.

Por esto que digo, no me parece bien este sistema de consultas que ha implantado Manuela Carmena en Madrid desde que llegó al Ayuntamiento. De hecho el proceso de participación ciudadana ideado por Ahora Madrid está demostrando ser un fiasco.

El pasado mes de febrero se sometieron a consulta las dos propuestas que, después de un año abiertas al apoyo de los ciudadanos, superaron el 1% de adhesiones de los residentes madrileños mayores de 16 años. Votaron 212.000 personas: el 7,85% del censo. El Ayuntamiento gastó 1,1 millones de euros: 426.000 en publicidad y 548.000 en la impresión, ensobrado y envío de papeletas a los tres millones de domicilios de potenciales electores.

En esta consulta se sometían a votación cuestiones relativas al futuro de la Gran Vía (sobre su peatonalización o no) y sobre el llamado “Billete único” para el transporte público.

Alguien podría afirmar que este abstencionismo es culpa de la desidia. Somos unos vagos. Otros pueden argumentar que es fruto de la inercia: los españoles hemos estado demasiados años sometidos al dictado del poder establecido y ahora nos cuesta desperezarnos y bajar a la arena. Puede ser.

Pero también hay otra explicación. No hay que consultarlo todo. Deben decidir los expertos y no frivolizar con los gustos de la gente. ¿Y si a una mayoría le gusta una Gran Vía peatonalizada pero eso colapsa y hace inviable el tráfico en medio Madrid? ¿Es justo que el criterio final sea ‘el gusto’, el ‘me apetece’, el ‘a mí me parece bien’? ¿No es mejor delegar en los expertos?

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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