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Por la boca... El vía crucis del ciudadano elector

Félix Gallardo |

Confidencial Digital | 04 de junio de 2019

Elecciones.
Elecciones.

Ojalá se tratara solamente de votar después de haber reflexionado el voto. La realidad es que el ciudadano elector pasa por un auténtico calvario informativo, antes de ver a su candidato, o al contrario, ocupar el poder.

Estamos en la vorágine de los pactos, en el tira y afloja de unos y de otros, en lo que se llaman órdagos de algunos y en los faroles de los más y de las reuniones de las ejecutivas de los partidos con sus correspondientes ruedas de prensa y declaraciones posteriores.

Entrevistas de los segundones de cada formación (los líderes,ahora, se guardan muy mucho) anunciando con quién sí y con quién no y, lo que es peor, palpar la seguridad de que ni entrevistas, ni declaraciones, ni ejecutivas, ni faroles ni órdagos, atesoran la más mínima verdad y la sospecha de que a lo mejor todo está pactado y de que nada se resolverá hasta el último minuto del último día.

Ojalá se tratara solamente de votar después de haber reflexionado el voto. La realidad es que el ciudadano elector pasa por un auténtico calvario informativo, antes de ver a su candidato, o al contrario, ocupar el poder.

Primero fueron las encuestas a meses y hasta a años vista del día de las elecciones. Encuestas que bien podrían estar amañadas, ser interesadas y, en cualquier caso, siempre contribuyen al despiste general.

Luego hay que soportar lo del día de reflexión y contemplar cómo los candidatos pasean, retozan con sus hijos en un parque, leen un libro en su terraza, van al cine o juegan al parchís con los vecinos en el bar de la esquina.

Y ya metidos en harina, hay que aguantar las encuestas “a pie de urna” que, como su propio nombre indica, parecen estar hechas con los pies y apenas indican nada de la realidad que vendrá después.

Una estación más, quizás la más penosa de soportar, que son las dos horas largas desde el cierre de los colegios hasta que comienzan los distintos escrutinios, horas en las que los medios de comunicación se dedican al más descarado de los “rellenos”, con comentaristas que conjugan en condicional uno tras otro todos los verbos que emplean en sus comentarios.

Llegará después el tópico tan manido de que “la noche va a ser muy larga”. Los resultados varían con cada porcentaje y, si el sufrido ciudadano votante no se va a dormir, puede acabar esquizofrénico.

Y las panorámicas de las sedes de los partidos con acierto seguro: si los líderes no salen, es que la cosa no va bien; si salen y sonríen humildes, es que puede haber algo de fortuna y si se dejan ver en un estrado o sacan pecho desde una ventana, es seguro que ha habido fumata blanca.

Y otra vez las cábalas de los pactos y los números que “darían para gobernar”. Y de nuevo se da cuenta el ciudadano votante, de que tendrá que esperar semanas hasta ver por quién va a ser gobernado su país, su autonomía o su municipio.

Si a todo esto le añadimos los sucesivos intentos de los presos procedentes del separatismo catalán que están siendo juzgados en el Supremo, por salir a la calle a recoger su acta, a sentarse en el escaño, hacerse la foto con los correligionarios que están libres y sonreír con motivo y sin él (más las consabidas piruetas europeas del fugado y sus intentos por asaltar el Parlamento Europeo entrando por las gateras) tendremos servido el sainete -ante y post electoral- que el ciudadano tiene que sufrir más a menudo de lo deseable.

Y, desde luego, más penoso de lo que cualquier naturaleza normal es capaz de soportar.

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