Opinión

Por la boca… Las caras y el espejo del alma

Si es verdad eso de que 'la cara es el espejo del alma', viendo los primeros planos de las caras de los señores del Comité Olímpico Internacional, se explica uno muchas cosas. Ni Marlon Brando en una de sus mejores caracterizaciones.

Después vinieron las explicaciones, los llantos, las caras compungidas, los razonamientos económicos o las respuestas sobre la 'Operación Puerto', pero viendo a los que preguntaban por el doping, o al 'monseñer' de Mónaco con aquellos rictus, aquellas sonrisas a medias y con ese aire de no haber roto un plato (de jamón serrano se entiende) en su vida, comienza uno a dejarse de sumas y de votos y de centrales nucleares y de revueltas populares, y a comprender lo que no parece tan comprensible.

Pero, explicaciones y llantos aparte, lo que no resulta tan explicable es que nadie de la nutrida representación española estuviera al tanto de aquellas caras tan pétreas o, si lo estaba, que nos vendieran el 'esta vez sí', castillo de fuegos artificiales en el Retiro madrileño incluido.

Cuesta creer que nombres tan señeros en el movimiento olímpico como los que figuran en nuestro equipo, se sientan sorprendidos por votos comprometidos y no cumplidos, por votaciones más o menos interesadas, por alianzas inconfesables o por sonrisas de medio lado. Pero mucho más cuesta creer que se nos diga por los llamados 'expertos' que no saben lo que hay que hacer para que den unos Juegos Olímpicos a Madrid.

Posiblemente hubo muchos políticos chapurreando inglés y el planteamiento tuvo que ser otro. A lo mejor hubo poco jamón serrano del de Jabugo y del procedente de las arcas del Banco de España pero, aun así, las cosas pudieron salir mejor y el resultado pudo ser otro.

Alguien, de los 'enterados' (que haberlos haylos) pudo refrenar en algo el entusiasmo popular, explicar mejor la realidad de lo que son y a lo que se dedican los 'marlonbrandos' del olimpismo mundial. Esos 'enterados' llevan quince años en el asunto y esperaban estar otros siete. Parece que han tenido tiempo de saber qué es lo que se necesita o, mejor dicho, lo que necesitan los de las caras y los espejos del alma.

Raro, raro, raro.

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