Opinión

Por la boca… Dignos e indignos. Dignidad e indignidad

Amancio Ortega.
photo_camera Amancio Ortega.

Se puede aceptar una limosna con toda dignidad y lucrar una subvención, cobrar un sueldo por un trabajo ficticio u obtener una prebenda bancaria, con absoluta indignidad.

La dignidad de una democracia -que no deja de ser algo colectivo, formado por las dignidades individuales de las personas que la integran- difícilmente puede medirse por la aceptación o rechazo de una donación, o por muy multimillonario que sea el donante.

Por principio todas las democracias son dignas, siempre y cuando su origen y el ejercicio del poder, que de ellas se deriva, sean legítimos. Origen y ejercicio legítimos de los que algunos regímenes que se llaman democracias, por muy populares que se definan, difícilmente pueden sentirse depositarios.

Como la dignidad o indignidad de una democracia no la otorgan los votos por mayoritarios que sean, habrá que acudir, para poder emitir esos calificativos, a las realidades que diariamente se viven en el seno de esos regímenes que son, o pretenden ser, democráticos. Y en esas realidades, los protagonistas son los individuos.

Se puede aceptar una limosna con toda dignidad y lucrar una subvención, cobrar unos dineros por un trabajo ficticio u obtener una prebenda bancaria, con absoluta indignidad.

Apoyar causas nobles y ayudar a la consecución de fines en beneficio de la sociedad es digno. Es indigno respaldar dictaduras que matan la libertad, sean del color que sean y estén en la geografía que estén.

Es digna la laboriosidad que consigue honradamente crear puestos de trabajo y empresas que contribuyen al florecimiento de la economía. Es indigno pretender justificar persecuciones políticas, discriminaciones ideológicas o cambios repentinos de estatus personales.

Aunque el concepto de la propia dignidad o de la indignidad personal es algo subjetivo, existen parámetros y valoraciones objetivas que están en la mente de todos los demócratas y que permiten un juicio más o menos acertado de colectivos y de la propia sociedad, en el seno de la cual, se dan ciertos hechos que algunos pueden llegar a calificar de indignos desde una óptica populista y sectaria.

Por suerte la dignidad de una democracia, se basa en las actitudes y en los valores de la persona y va mucho más allá del pobre concepto que algunos puedan tener de lo digno y de lo indigno.

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