Por la boca… Sánchez: El caos soy yo

Con leyes, con decretos leyes, con ucases y manejando a su antojo el BOE, el Tribunal Constitucional, la Fiscalía, una serie de medios de comunicación, empresas públicas y supuestas coaliciones de investidura y fantasmagóricas coaliciones de progreso, Sánchez siembra el caos por donde pasa. La frase que continuamente parece que pronuncia Sánchez es esa de “yo soy el caos”. La tan repetida aseveración de autócratas, dictadores y tiranos, “o yo o el caos”, la transforma cada día en esa otra de, “el caos soy yo”.

Sánchez ha traspasado muchas líneas rojas (esa frase mema que los políticos emplean para censurar a otros políticos por su falta de escrúpulos o su exceso de desvergüenza).

Sánchez, que también ha creado escuela en eso de la falta (presunta naturalmente) de escrúpulos y en la desvergüenza (política por supuesto), podía decir eso que se le atribuye a Luis XIV de Francia, L´État c´est moi; pero Sánchez es más de inglés que de francés y quizás debería aprenderse de memoria la frase del autócrata británico Oliverio Cromwell, que decía que “de lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso”. Claro que se puede llegar a lo ridículo, directamente sin pasar por lo sublime.

Pero la frase que continuamente parece que pronuncia Sánchez es esa de “yo soy el caos”.  La tan repetida aseveración de autócratas, dictadores y tiranos, “o yo o el caos”, la transforma cada día en esa otra de, “el caos soy yo”.

Con leyes, con decretos leyes, con ucases y manejando a su antojo el BOE, el Tribunal Constitucional, la Fiscalía, una serie de medios de comunicación, empresas públicas, supuestas coaliciones de investidura y fantasmagóricas coaliciones de progreso, Sánchez siembra el caos por donde pasa.

De la gestión de la catástrofe de Valencia, a la economía, pasando por las relaciones internacionales o los destrozos en Renfe, o en el propio PSOE, Sánchez ha llegado a su cenit -al menos por ahora- al convertir las pensiones, los sueldos, el transporte público o las subvenciones a los damnificados de la DANA, en un auténtico caos en el que nadie sabe a qué atenerse.

Caos, hasta en el dolor social, ese que se ha sacado de la manga.

Caos en quienes le chantajean, caos en los sindicatos, caos en ciertos medios de comunicación,  caos en los tribunales, caos en la formación de los jueces y en el acceso a la judicatura, caos en el BOE, caos en el CIS, caos en RTVE, caos en los impuestos, caos en los asuntos exteriores, caos en el derecho procesal, caos en la Fiscalía, caos en las ayudas, caos en las relaciones con las comunidades autónomas, caos en el Legislativo (ya avisó que podía gobernar sin las Cámaras), caos en La Moncloa…

Caos incluso en su familia. Caos hasta en la historia de España.

Sánchez no solamente ha creado la máquina de las mentiras, de los ataques gratuitos a los adversarios -eso que él denomina la máquina del fango- también ha puesto en marcha la máquina de crear el caos.

Ahora mismo en España, pocos saben a qué atenerse. Empresas y empresarios piden seguridad jurídica, los inversores demandan unas leyes medianamente creíbles, los propietarios necesitan un mínimo de seguridad, quienes alquilan buscan certezas, los que  compran exigen protección, por todas partes y en todos los ámbitos, se denuncia la falta de confianza, de estabilidad, de tranquilidad, de  fiabilidad.

No se sabe si lo que ocurre causa dolor social. Lo que se sabe es que eso es el caos. Eso es Sánchez.

El problema es que, por definición, quién ha creado el caos no puede arreglarlo. Quien cada día protagoniza la puesta en acción de la máquina del caos no está en condiciones de solucionar el desaguisado, pura y simplemente, porque esa situación solamente se arregla con su ausencia como punto de partida y Sánchez, personalmente, crea el caos y va a seguir creándolo porque esa es la única forma que tiene  de mantenerse en el poder y porque mantenerse en el poder es el clavo ardiendo al que se agarra para salir lo menos escaldado posible de su propio caos mental y político y (presuntamente) procesal.

Con Sánchez todo es posible. Por eso, cuando se especula sobre su marcha, sobre su dimisión o sobre la convocatoria de elecciones, lo menos que cabe es el escepticismo.

La carcajada… Dice Sánchez a propósito de su decreto/popurrí y de sus devaneos para conseguir los votos de quienes le chantajean: “En mis gobiernos sudamos la camiseta y jugamos los partidos hasta el último minuto”.

Lo que pasa es que la camiseta de Sánchez, con tantos sudores, ya huele muy mal.

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metricool