Opinión

Por la boca… Sánchez, se lo cree hasta él

Pedro Sánchez.
photo_camera Pedro Sánchez.

El peligro de los grandes mentirosos, de los disimuladores empedernidos y de los hipócritas patológicos, es que parece –solo parece, porque tampoco es verdad- que acaban siendo engañados por sus falacias.

Cuando un gobernante mezcla las mentiras en público, con la autocomplacencia y ambas, autocomplacencia y mentiras, las lleva al ámbito personal, jaleado por sus mayordomos y corifeos, es que está en plena decadencia.

Con independencia de las acusaciones y las controversias que provoca la gestión de Sánchez y que fueron motivo sobrado para las manifestaciones en su contra tanto en Madrid como en Barcelona, lo que de verdad se está dando en España, en la España normal de cada día, esa de las clases medias y trabajadoras, que tanto utiliza Sánchez para sus aranas, es un rechazo, una aversión y una antipatía de la gente de la calle, sea cual sea su ideología, a la persona de Sánchez.

Sánchez nunca ha caído bien ni siquiera entre los propios socialistas.

En esas condiciones, un político medianamente avispadillo, hubiera prescindido de los aspectos personales, exhibicionismo y pavoneos incluidos, y hubiera potenciado la fuerza de su partido y los auténticos postulados de su ideología. Sánchez ha hecho todo lo contrario y no solamente ha prescindido del PSOE, sino que ha usado el aparato de Ferraz -en la medida en que le ha sido posible- única y exclusivamente en beneficio propio mientras prostituía su ideología.

El “sanchismo” no es una denominación más o menos peyorativa, es una realidad suicida para el propio Sánchez.

La calle siempre es un termómetro que habrá que tener en cuenta a la hora de emitir un diagnóstico de la situación de la sociedad. Todo el que se dedique a la política, además de utilizarla en su beneficio, tiene que saber interpretarla y medirla, no solo cuantitativamente. Sánchez no solamente no hace algo que sería de sentido común, sino que llevado de su sectarismo se permite el insulto y la mentira al hacer un pretendido análisis y valorar a los asistentes a las manifestaciones en su contra de Madrid y Barcelona, lo que además de ser una villanía, es una demostración de su escasa talla personal y política.

En Ferraz tampoco le tragan; y los reproches y las críticas son constantes y cuanto más se acercan las elecciones y se constata su debilidad, los comentarios negativos suben de tono y resultan cada vez más explícitos en muchos despachos.

En los últimos meses la gran acusación que hacen a Sánchez en la mismísima sede del PSOE es que ni siquiera en círculos privados reconoce la mala situación en que está. Un comentario textual: “ni siquiera se sincera ante el espejo y ante su misma cara cuando se afeita”. Sánchez engaña hasta a los más próximos y se engaña a sí mismo.

El peligro de los grandes mentirosos, de los disimuladores empedernidos y de los hipócritas patológicos, es que parece –solo parece- que acaban siendo engañados por sus falacias.

Con Sánchez no reza la consabida frase de “eso no se lo cree ni él.” Sánchez ha llegado a un punto que él mismo se cree su propia irrealidad.

 

Pero lógicamente en Sánchez, tampoco eso es cierto. Sabe perfectamente cuál es la situación aunque pretenda incluso ocultársela a él mismo. Y por eso actúa de manera, rabiosa, desaforada, fuera de toda medida y corre hacia adelante sin sentido alguno.

Cada uno de los que le critican y pretenden echarle del poder, aduce sus razones y, desgraciadamente para España, todas son válidas, pero en cualquier caso subyace la aversión a Sánchez, las ganas de dejar de verle y todo se puede resumir en un “Sánchez vete ya, no te aguanto”.

Todas las cortinas de humo que Sánchez monta cada día -incluidas las barbaridades legislativas que perpetra o las vergonzosas concesiones a  proetarras, separatistas y comunistas, que le mantienen en La Moncloa- no logran ocultar la realidad. Sánchez no goza del afecto personal de la mayoría de los españoles, piensen como piensen. Sánchez no es apreciado ni siquiera por quienes le votan. Sánchez no es bienquisto ni en sus círculos más afines. Ni siquiera es apreciado por los recipiendarios de sus prebendas, que solamente le aguantan mientras duran los beneficios. Y para demostrarlo ahí están las declaraciones y las actitudes de ex ministros o ex colaboradores muy cercanos.

Vamos que Sánchez, con independencia de sus desmanes, cae mal. 

La carcajada: La delegación del Gobierno en Madrid cifra en 31.000, el número de asistentes a la manifestación contra Sánchez.

Comentarios
Somos ECD
¿Quieres ser protagonista del Confidencial Digital?