Opinión

Por la boca... Celaá: mala, mala, mala

Isabel Celaá.
photo_camera Isabel Celaá.

Solo una mala persona puede protagonizar la miserable respuesta que dio, no a un diputado concreto, sino a todos los padres con un hijo que tenga problemas y que necesite, ineludiblemente, una educación acorde con esos problemas.

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Los socialistas siempre han tenido entre ceja y ceja la educación porque son conscientes de que las posibilidades de poner en pie sus políticas pasan, en gran parte, por una masa vacía de principios, lega en pensamiento crítico e ignorante en el más amplio sentido de la palabra.

Celaá cumple con dedicación, con aire despótico y sectarismo, las expectativas de quien la aupó a la mesa del Consejo de Ministros, tras la falta de escrúpulos ideológicos que evidenció a su paso por el Gobierno de Euskadi.

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Celaá es mala, mala, mala. Mala en la acepción de maldad, mala en el significado de incompetente como gestora pública y mala cuando pretende explicar lo que hace.

Solo una mala persona puede protagonizar la miserable respuesta que dio, no a un diputado concreto, sino a todos los padres con un hijo que tenga problemas y que necesite, ineludiblemente, una educación acorde con esos problemas.

Y solo una mala política, una gestora más que deficiente y una inútil total, puede dar a luz una ley de educación tan ayuna de propuestas que puedan arrojar soluciones para la multitud de problemas que tiene nuestra educación y una ley permisiva que no exige esfuerzo y que reparte títulos sin discernimiento alguno.

Mala por miserable en lo personal, mala por inane en el desempeño de sus competencias en un área tan sensible como es la educación y mala como “vendedora” de sus desafueros.

Celaá es un blanco fácil para la broma y el sarcasmo. Si sus intervenciones como portavoz eran dignas de ocupar lugares de honor en los monólogos del Club de la Comedia, sus explicaciones del bodrio de ley que ha pergeñado sobrepasan todos los momentos hilarantes de sus comparecencias.

Celaá presenta el currículo que se deriva de su ley y dice: “Una certeza probablemente compartida por todos, es que ya no es suficiente el aprendizaje memorístico y acumulativo; por eso apostamos por una propuesta competencial que contempla ámbitos curriculares en los que se trabaje de forma interdisciplinar aprendizajes de varias materias” (???)

Divertido si no fuera porque esta vez, aunque parezca mentira, se le entiende todo. Nada de conocimientos y de saberes académicos que puedan alimentar espíritus críticos, libres e independientes; aprendizaje de competencias, de rutinas, de carriles ovejeros y de destrezas, desprovistas de bases teóricas que fomenten mentes analíticas y que puedan optar por la búsqueda de la verdad, en vez de quedar aherrojadas por supuestas habilidades colectivas.

Mala como persona y despreciable en sus respuestas como parlamentaria; sectaria como política y muy mala como “hacedora” de procesos educativos para nuestros niños y jóvenes.

Pero muy eficaz en cuanto a los objetivos de su ideología se refiere por cuanto con su ley, Celáa, conseguirá jóvenes votantes, sin ideas, sin convicción alguna, sin creencias firmes y, lo que es peor, sin tener conciencia de sus propias carencias intelectuales y de su falta de libertad para pensar.

La carcajada: Dice Castells que, “si este Gobierno colapsara, que no lo hará, España se desintegraría”.

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