Opinión

Caspa

Manifestaciones contrarias en la Plaza de Sant Jaume de Barcelona.
photo_camera Manifestaciones contrarias en la Plaza de Sant Jaume de Barcelona.

Debiera llamarse “rancismo” o “caspismo” a la tendencia política obsesionada con el pasado. No con cualquiera, sino con el que procede no volver a recordar. Aunque en el último siglo el mundo haya conocido sus mayores tragedias ligadas a nauseabundas ideologías de la izquierda y derecha radicales, hay quienes siguen empeñados en hacernos revivirlas, blanqueando sus negras consecuencias.

¿Es progresista el que pretende someternos de nuevo a esas pesadillas? Lo dudo. Las primeras formaciones que en la España del diecinueve se bautizaron así surgieron precisamente del liberalismo. Y en el siglo XX, se encarnaron también en opciones moderadas, estatistas e implicadas en la gobernabilidad, sin necesidad de anclarse en desgraciados antecedentes. Ni tan siquiera la moderna socialdemocracia ha tenido la necesidad de encontrar su razón de ser en esos disparatados y siniestros fanatismos que nos condujeron al abismo, borrándolos del mapa desde temprano momento.

Entonces, ¿es conservador quien defiende volver a meternos en dinámicas de hace décadas, igualmente superadas por la humanidad? Tampoco. Como sostuvo con acierto el gran Roger Scruton, sólo es conservador el que busca conservar lo que merece la pena ser conservado, pero no todo lo que ha sido ubicado tradicionalmente dentro de este segmento político lo es. No lo fueron, por ejemplo, los deplorables sucesos protagonizados por la extrema derecha que devastaron Europa a través de sus repugnantes prácticas totalitarias en las que el individuo quedó devorado por la masa, al igual que sucedió con los sangrientos colectivismos de izquierda. No hubo ahí fin alguno que justificara los medios, porque tanto uno como otros resultaron de una iniquidad manifiesta.

Que nos vengan ahora las nuevas generaciones de políticos ultras de una u otra orilla con estos viejos cantares, con estas patéticas historias, no deja de sorprender y de alarmar. Como estremece también que los más jóvenes trivialicen tarareando los acordes de uno u otro signo que nos sumieron en la miseria hace más de ochenta años.

La colosal empresa que España emprendió con su Transición, modélica a ojos de todo el planeta, parece tambalearse, si no la ha hecho trizas la estrategia de aquel gobernante badulaque de cuyo nombre no quiero acordarme. Ese generoso esfuerzo colectivo de convivencia está cediendo ante irresponsables que tratan a diario y a toda costa de reabrir las heridas ya cicatrizadas por nuestra sociedad, por vanos cálculos electorales. Como es natural, a estos impresentables no les importa sino ese rédito inmediato en forma de más o menos escaños en lugar del supremo interés de España, que a una mayoría infantilizada de españoles les parece preocupar hoy bastante poco.

Esos que salen a las calles de nuevo a vociferar, en fin, ni son progresistas, ni conservadores, ni todo lo contrario: solo tratan de devolvernos de forma estúpida y rancia a los peores episodios de nuestra historia. Y tampoco son patriotas, porque si lo fueran proyectarían su foco en aquello que merece la pena rescatarse del ayer y en los medios más adecuados para conseguir un mejor futuro cohesionado para la nación. La prueba y error no solo sirve como método científico, sino también como fórmula para conocer qué es bueno o malo para los países, y aquí sabemos algo de esto.

Desde luego, la caspa que se extiende por la política merece sin duda un tratamiento de choque, porque anuncia una incipiente alopecia en esas lozanas cabelleras que recorren plazas y avenidas rememorando con masoquismo lo que necesitamos enterrar para siempre.

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